TEATRO

Eduard Fernández: “Mi radicalidad consiste en hacer un monólogo, aunque no sea político ni de izquierdas”

El actor se despide de su madre, fallecida en la pandemia, con ‘Todas las canciones de amor’, un texto de Santiago Loza cuya gira no ha sido contratada en Barcelona

Eduard Fernández se despide de su madre, fallecida en la pandemia, con ‘Todas las canciones de amor’.

Eduard Fernández se despide de su madre, fallecida en la pandemia, con ‘Todas las canciones de amor’. / ALBA VIGARAY

9
Se lee en minutos

Va descalza y se mueve con pasitos pequeños, rápidos. Su cuerpo tiembla ligeramente. Lleva puesto un camisón azul y una bata rosa por encima. Tal vez se haya despertado en mitad de la noche, algo desorientada, y haya acabado en esta cocina que no es sino ese espacio mental en el que se dan cita sus recuerdos desordenados, su memoria confusa. Explica que la otra mañana, al lavarse los dientes, se le partió́ en la mano el mango del cepillo, se quebró́ como si se rompiera una rama pequeña, hizo crac, y se quedó perpleja, con la boca llena de espuma, mirándose en el espejo, sin empezar a vivir. Ella cree que ese quiebre en su rutina diaria, uno más, alude a un estado de las cosas, aunque aún no sabe cuál es. Y mira al público y dice: “No se asusten, voy a ir despacio, para que no se pierdan. Yo los acompaño. De la mano los iré́ llevando, como llevaba a mi hijo en los primeros años. No me suelten, por favor”.

Y ese hijo, que de niño tenía los pies planos y tardó en caminar y estaba tan lleno de miedos que no podía atravesar el pasillo sin luz es el actor Eduard Fernández, que ocupa esa cocina con el cuerpo y la voz de su madre, Ana María, fallecida en 2020, enferma de Alzheimer, en esta obra llamada Todas las canciones de amor, dirigida por Andrés Lima y estrenada el pasado sábado en el Teatro Calderón de Valladolid, antes de llegar este viernes a los Teatros del Canal de Madrid.

Eduard Fernández, en el Parque del Oeste de Madrid.

/ ALBA VIGARAY

Eduard Fernández llevaba cinco años sin pisar un escenario, nunca había hecho un monólogo y nunca había trabajado a las órdenes de Andrés Lima, pero fue a él a quien llamó, antes de que su madre muriera, para decirle que quería que trabajaran juntos. Después, el actor viajó a Buenos Aires, vio en una sala El mar de noche, una obra del argentino Santiago Loza que le dejó impactado, y compró un libro suyo en el que estaba incluido el monólogo Todas las canciones de amor. Llegó la pandemia, su madre murió en Barcelona y él, que estaba en Madrid, no pudo despedirse de ella. El actor le dijo entonces a Lima que aquel texto de Loza sería su despedida y que quería que él lo dirigiera. El dramaturgo viajó a Madrid para incorporar a su monólogo retazos de la biografía del actor, aquello de los pies planos o su miedo a la oscuridad, y Fernández mandó hacer una especie de camafeo de plata con las iniciales de su madre grabadas, metió dentro sus cenizas y con esa medallita en el bolsillo de su bata color rosa construyó el cuerpo y la voz de una mujer cuya realidad “ha sido tomada por el asombro".

“Yo me acuerdo mucho de cómo hablaba ella”, explica el actor en una entrevista realizada junto al Parque del Oeste de Madrid, días antes de que la obra llegue a los Teatros del Canal. “Es algo sutil, se trata de tener presente cómo hablaba ella, y son mis agudos, pero no solo eso, es el timbre y una cierta distancia que ella tenía con las cosas. Y eso, sin haberlo vivido, puede ser artificioso”, cuenta el actor, “pero yo siempre he intentado hacer las cosas de manera normal. Hacía teatro y siempre se me acercaba alguien que me decía cómo has hecho eso, le has dado la vuelta, y yo decía no, no, yo solo intento hacerlo bien. En la construcción del cuerpo de mi madre, creo que se nota que he estudiado mimo y que no me gusta el naturalismo, sino expresar las cosas de otra manera. Y si lo tienes amarrado, te atreves y te dirigen bien, es bonito”.

La muerte, con naturalidad

“En este momento, Eduardo estará pensando en mí", dice Ana María en escena y esa frase, como otras muchas a lo largo de la obra, revela un juego de espejos en el que se producen varios diálogos al mismo tiempo: el que Eduard Fernández mantiene con su madre desde que decide convertirla en un personaje teatral, y ese otro en el que esa madre habla de su hijo en escena, del niño que fue el actor que la interpreta. Sobre las paredes de esa cocina veremos a niños jugando en una playa de Castelldefels, imágenes en Super 8 grabadas por su padre cuando eran críos que cimentan ese espacio emocional en el que se coloca Eduard Fernández: “De entrada pienso en mi madre, pienso en mí cuando era niño y, a partir de ahí, no me cuelgo, porque podría colgarme en una emoción que a veces está muy clara, pero en mi casa hemos sido muy honestos en ese sentido, hemos hablado de la muerte con naturalidad y, sin embargo, cuando había un beso en televisión nos turnábamos los hermanos para ver quién tapaba los dos rombos. En la obra hay una cierta distancia porque puedo ir al humor y reírme de ella, y al mismo tiempo veo la poesía en muchas partes”.

Andrés Lima y Eduard Fernández huyen de la pornografía emocional y llevan a escena un texto delicado, cargado de una cotidianeidad narrativa a la que dotan de acción y salpican con canciones que les gustaban a sus madres y también a ellos, canciones de amor como Nosotros, de Los Panchos o Il mondo, de Jimmy Fontana, canciones que invaden el patio de butacas para ser escuchadas con cierta calma mientras Ana María conversa o baila con la imagen de su hijo. Y esa obra, en un tiempo tan bronco y hostil como el que vivimos, se convierte en un canto a la fragilidad: “Sí, sí, total”, dice Fernández, “y también a la mía, la fragilidad de su hijo, que soy yo, cuando dice que yo no podía estar solito, que éramos uña y carne, con todo lo bueno y lo malo que tienen esas relaciones de tanta cercanía con la madre. Hay que cuidarse de eso, pero una vez superado lo ves solo con cariño y amor”. El actor explica que, aunque no estuvo a su lado cuando falleció, vivió la enfermedad y el deterioro de su madre, y eso también resuena en la obra: “Recuerdo un día en que vi la locura dentro de ella y pensé que ya no era mi madre, quería morderme y pensé que era como un animalito, pobrecita. Ella se quería morir, tenía todos los motivos del mundo, era consciente de su deterioro, pero era muy humilde porque se atrevía a ser mirada, lo compartía, te podía mirar y decirte mira cómo estoy”.

Y en esa decisión de mostrar el deterioro de alguien cuya memoria va y viene, que confunde el presente con el pasado, no hay pornografía, pero tampoco pudor: “He madurado bastante y te das cuenta de que los pudores son solo una vergüencita íntima y que, si te los quitas, todo el mundo te reconoce, se reconoce, y te dice que le pasa igual”. Lo que sí hay, admite, es miedo: “Miedo a todo, a hacerlo como el culo, al blanco, a estar pasado. Te metes en un viaje como este, paras, y piensas que a lo mejor es una mierda eso que estás haciendo. El momento de las tablas da mucho vértigo, yo le tengo un respeto semi religioso al teatro, son palabras mayores, hay que tener mucho respeto a eso que es muy ancestral”. Una vez afrontado ese miedo, Eduard Fernández dice ser consciente de estar asumiendo un reto “personal y actoral que me apetecía e igual que me gustaría volver a hacer un Shakespeare -un Ricardo estaría bien-, había un impulso que me pedía hacer esto, este homenaje, aunque hay días que me digo qué complicado es esto y cómo me lo he puesto de difícil. Pero me parece muy bello a la vez”.

Eduard Fernández está rodando las últimas escenas de 'Mano de hierro', la nueva apuesta de Netflix.

/ ALBA VIGARAY

No llegará a Barcelona

Noticias relacionadas

El actor compaginará las funciones y la gira de esta obra, a partir del 12 de febrero, con las últimas sesiones de rodaje de Mano de hierro, una serie para Netflix dirigida por Lluís Quílez y, en octubre, con una nueva película de la que aún no quiere dar muchos detalles, solo que “tiene un buen guion, buenos personajes y buenos directores, y con ese plural ya estoy diciendo mucho”. Y esa gira, que ya tiene cerrados bolos en Granada, Sevilla, Alicante, Murcia, Vitoria o Pamplona, no llegará a Barcelona. “En Cataluña solo voy un día al Prat de Llobregat”. ¿Por qué? “No tengo la respuesta. Hay cosas que simplemente no pasan y hay quien hace política también a través de eso que no pasa. Es una obra en castellano, con un actor catalán, cuidado. Yo no pude despedirme de mi madre porque estaba en Madrid y ella en Barcelona y ahora, que hago esta obra para poder despedirme de ella, me sabe muy mal que no me hayan dado la oportunidad de hacerlo en mi ciudad. Es verdad que en Barcelona ocurren cosas que me hacen sentir incómodo algunas veces, cosas muy a la catalana, que no son explícitas y, simplemente, no vas o si vas a TV3 y te cortan un fragmento de lo que dices en una entrevista”.

“Lo último que me dijo el obispo Pere Casaldàliga, al que interpreté (en la serie Descalzo sobre la tierra roja), fue: tienes que ser radical. Y mi radicalidad es esta: hacer lo que quiero, hacer este monólogo, aunque no sea político ni de izquierdas, porque creo que la intimidad y la teatralidad ya son revolucionarias”, explica Fernández y recordamos que hace unos días, en este mismo diario, el director de escena Mario Gas se lamentaba de que el teatro esté “perdiendo energía para enfrentarse al poder”, una idea que conecta con el hecho de que ese poder esté usando la cultura como arma arrojadiza en sus propias batallas políticas: “Creo que los políticos nos usan y, a la vez, precisamente esos que están siendo usados lo utilizan a su favor, para tener poder. Creo que estamos en una época en la que la política está muy adentrada en la cultura y, en general, la cultura no ha de ser favorable al poder y ni siquiera estar en contra, sino al margen. Siento que la cultura está preocupada por qué hay que hacer, cómo hay que hacerlo y qué hay que decir. Estamos un poco domesticados. A mí me gusta estar al margen y, claro, cuando estás ahí, hay bolos que no te salen”.  

Temas

Teatro