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MUERE JAVIER MARÍAS

El chico que salió de “los dominios del lobo” y halló después éxitos extraordinarios

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Javier Marías.

Javier Marías.

Durante años, muchos años, hasta después de que fuera ya un veterano con éxitos mundiales, premios literarios que fueron más abundantes en el extranjero que en su propia tierra, Javier Marías fue “el joven Marías”, como se llamó a sí mismo cuando le hicieron, en el diario Pueblo, una de las primeras entrevistas de su vida literaria. Se la hizo Andrés Aberasturi, periodismo de prensa y de radio, bajo la rúbrica Ante mi próximo libro, pues en ese momento, cuando tenía diecinueve años, el autor que arrasaría en la literatura española (y mundial) con Corazón tan blanco en 1994, publicaba Los dominios del lobo en Edhasa. Tenía otra pendiente, titulada La víspera, escrita cuando tenía dieciséis años pero que andaba metida en un cajón después de haber sido presentada por él al premio Sésamo, entonces el centro en el que se entrenaban (como ocurrió con Juan José Millás, que ganó ese premio) autores noveles que esperaban rubricar ahí vocaciones nacientes.

En aquella primitiva entrevista con Javier Marías no había, por su parte, tan solo congratulaciones por el inminente debut, sino un reproche a la editorial, que en ese instante en que Aberasturi iba a dar noticia de su primer libro, aún no tenía ejemplares en las estanterías, que acaso estarían en la inmediata Feria del Libro de Barcelona. Esa primitiva entrevista tiene ingredientes que luego han sido marcas del modo de ser de uno de los grandes escritores de la última parte del siglo XX y, además, uno de los más influyentes intelectuales de este país, dentro de España, en Europa y en el mundo.

En ese momento tenía diecinueve años, estudiaba Filosofía y letras, se quejaba de la tardanza de que un libro suyo, el inaugural, tardara en salir, y ya se consideraba lo que fue, en realidad, enseguida que su nombre y su obra se fueron consolidando. El periodista Aberasturi le preguntó entonces si se consideraba integrado en algún grupo de escritores, y como luego sucedería también, en ese momento Javier Marías respondió “Sinceramente, no”. En ese recorte que ahora podría ser como el incunable inaugural de una obra completa impresionante, que ha dado de sí, además, material para llenar multitud de hemerotecas, esa sinceridad era la antesala de las actitudes que luego le llevaron a rechazar premios, singularmente los que dieran las autoridades, y a escapar de agasajos oficiales que celebraran sus éxitos literarios, muchos de ellos cosechados en el extranjero, donde hasta el Nobel lo tuvo en seria consideración.

En aquel momento, cuando ya sentía que el suyo era un territorio propio, también se distanciaba de la literatura que aún se mantenía como la propia de la larga posguerra, que practicaban, de una manera u otra algunos de sus maestros, singularmente Juan Benet (que fue el que se movió, según el propio Marías, para que saliera Los dominios del lobo) y Juan García Hortelano, dos de sus mejores amigos. En concreto, la primera novela estaba “intencionadamente dentro del tipo de cine que se hacía en América en los años cuarenta-cincuenta y tal vez recuerde a algunos escritores americanos”. El tiempo fue consolidando ese carácter extraterritorial de la escritura de Marías, traductor de grandes de la literatura anglosajona y editor, en su editorial Reino de Redonda, por ejemplo, de las mejores entrevistas que se le hicieron al gran maestro que también tuvo, William Faulkner.

Las ideas claras

Cuando, como es leyenda, salía con los amigos de generación (Félix de Azúa, Vicente Molina-Foix, Antonio Martínez Sarrión), y se juntaba con ellos y con los citados Benet y Hortelano para hacer cabriolas (él las hacía) por la zona de Colón, Marías tenía claras algunas cosas sobre el mundillo que pisaba. Hijo de un hombre prominente en la cultura española, el filósofo Julián Marías, no se dejaba encandilar por el éxito tan temprano (publicar un libro a los diecinueve años), así que le decía a Andrés Aberasturi cuando éste le preguntó si le servía de algo el apellido para que, al contrario de lo que les pasaba a otros jóvenes, él tuviera facilidades para publicar. En esa respuesta, que sigue completa, es cuando a sí mismo ya se llama “joven Marías”, como sería llamado ya para siempre, hasta cuando peinaba edades veteranas y éxitos mundiales. Dijo así:

“… No, no es mi caso, pero que Los dominios del lobo salga a la luz se lo debo a Juan Benet, que la leyó y empezó a moverse para que fuera publicada. Por supuesto que siempre llama más la atención una obra del joven Marías que del joven Pérez, pongo por caso. Se publica, siendo joven, gracias a los contactos que se tienen”.

Aquel Marías que se autoimponía el mote ya no se le quitó nunca, el joven Marías, tampoco se atribuía méritos de sufrimiento, pues escribir para él era un placer, y de hecho siempre ha sido así, pues ninguno de sus libros, ninguno, ni aquellos más difíciles de llevar a término, como Negra espalda del tiempo, de una dramática raíz autobiográfica (pues trata, básicamente, del drama familiar que vivieron sus padres al morir, aún infante, el niño que le precedería en la familia), no expresa ni atosigamiento ni cansancio, sino, al revés, siempre ha sido su escritura la expresión de una música muy particular, muy de Marías, capaz de cautivar como una melodía que sólo él podía ejecutar con esa tesitura. Ahí se lo avanza al propio Aberasturi, como si estuviera adivinando el futuro, tarea que forma parte muy importante entre las ocupaciones secretas de su héroe de Tu rostro mañana, Jacobo Deza, capaz de adivinar el rostro que mañana podría tener este o aquel individuo de interés para sus pesquisas.

Así que, en cuanto a la raíz de su facilidad, al contrario que lo que sucedía con sus jóvenes contemporáneos, que escribían y dejaban de hacerlo, Javier Marías explicaba su facilidad, que era también su gusto:

--“Siempre me ha gustado escribir; escribo desde pequeño. Tal vez el ambiente que me ha rodeado ha sido, y es, bastante propicio. Por otra parte, no tengo ninguna dificultad en hacerlo; esta novela la escribí en cuatro meses. También me interesa el cine y he escrito algo sobre ese tema”. A propósito, le dice el periodista, “has tenido que ver con la edición española de ese extraño caso llamado Love story”…

Sin pelos en la lengua siguió siendo, temible y medido, siempre sujeto a sus códigos, los códigos de Javier Marías

Respuesta: “Hace un mes y medio me llamó Alianza para que revisase la traducción de esta novela. El trabajo estaba bien pagado y por eso lo hice”. Sin pelos en la lengua siguió siendo, temible y medido, siempre sujeto a sus códigos, los códigos de Javier Marías. El Marías que luego ha animado polémicas y ha generado las suyas, batallas en las que ha sido siempre guerrero sin antifaz, le explicó así a Andrés Aberasturi aquella incursión que sería, por otra parte, el principio de una de las más importantes carreras que un traductor de su talla ha tenido en España, entre cuyos éxitos más renombrados estuvo su versión española del inglés de Tristran Shandy, la novela de Laurence Sterne cuya primera edición con la citada traducción publico Jaime Salinas, uno de los más ilustres protectores de la vida y de la vida literaria de Javier Marías.

Javier Marías

/ EFE

"¿Y, por cierto, qué le pareció el éxito del tal Love story?", le repregunta el periodista. No hay en estos párrafos que le arranca Aberasturi al futuro autor de Los enamoramientos (una de sus novelas más bellas, más contemporáneas, más duras y más dulces) ningún desperdicio para quien, como Deza, quisiera saber entonces cuál sería el rostro posterior del hijo de Julián Marías: “Bueno, es una novela monstruosa, y me parece más monstruosa por el éxito que ha tenido. No termino de explicarme esa aceptación masiva y universal; me parece un caso parecido al de la película Un hombre y una mujer. Es una novela llena de trucos, cuenta la historia de siempre, me parece muy falsa, muy oportunista. No creo, ni siquiera, que sea romántica, es más bien cursi”. Aquel joven hecho ya hombre para la literatura aceptó luego preguntas que, a lo largo del tiempo, lo atosigaron ya sin la intención benévola de Aberasturi, que entrevistaba a un chiquillo. De la última tacada de preguntas al autor de Los dominios del lobo (novela de la que hasta fecha reciente Javier Marías no ha querido saber nada), esta fue la primera: “¿Resulta positivo o negativo ser hijo de un escritor famoso?” Dice JM: “Para los demás no sé, ni una cosa ni otra. A mi padre no le gusta demasiado esta novela mía; le gustaba más la que presenté al Sésamo. En cuanto a su lanzamiento, se mantuvo al margen”. Más: “¿No piensas seguir la línea de tu padre?” JM: “Lo mío es la novela. No, no pienso ir por su camino, no me va, no me interesa”. “¿Qué opina él de tu carrera literaria?” “Piensa que tengo posibilidades, pero que aún estoy muy verde”.

Y, finalmente, esto es lo que cree el joven Marías de su todavía no tan anciano padre, a la pregunta final de Aberasturi sobre la opinión de su progenitor como escritor: 

“--La verdad es que apenas lo conozco, no he leído casi nada de él, sólo algunas cosas que publica sobre cine”.

'Tu rostro mañana'

Años después, en el que quizá es el libro más poderoso y monumental de los que ha escrito, Tu rostro mañana, reivindica la figura de un padre, represaliado por Franco y menospreciado por los académicos universitarios de la posguerra, que lo empujaron a ser un profesor en Norteamérica, adonde se llevó a sus hijos, que compartieron todos una educación anglosajona que benefició la cultura de la familia y que marcó a Javier Marías como un narrador que sería universal…

Por refrescar la memoria de quienes hoy pueden recordar (y añorar) sus opiniones contundentes, recogidas en sus colaboraciones en el diario El País y recopiladas en libros, me permito recoger estas preguntas y respuestas:

Uno de los problemas de nuestro tiempo es que, cosas que pueden tener cierta razón de ser, sacadas de madre, pierden razón

-Muchos lectores acuden a ti en busca de sentido común. ¿En qué estado está en España el sentido común?

--En un estado un poco comatoso, según mi punto de vista. Uno de los problemas de nuestro tiempo es que, cosas que pueden tener cierta razón de ser, sacadas de madre, pierden razón. Si resulta que esto es machismo y esto también, y aquello es racismo o las dos cosas a la vez, y esto es una blasfemia y aquel chiste es incorrecto… ¿Entonces qué digo? Ahora en Ucrania, por ejemplo, están derribando estatuas de Pushkin, de Tolstói… sólo porque son rusos. Pero, bueno, ¿la gente está loca? ¿Qué tiene que ver un poeta extraordinario con Putin y con la actualidad? Lo mismo con las estatuas de Colón por toda América. Entonces, como hay esa tendencia a medir todo con los parámetros de hoy, lo cual es un disparate y uno de los mayores atentados contra el sentido común, pues enseguida se cae en la exageración y en la muerte del sentido común.

--También hablas de un fenómeno paralelo a esa cultura de la cancelación: el Me too. ¿Es un elemento pasajero o qué?

--Yo creo que algún día esto tiene que cambiar. En el Me too hay una parte de razón de ser. Pero en el momento en que se desmadra y se exagera, pues… A ver: Quevedo mató a un hombre, por tanto alguien lo califica de asesino. ¿Por eso hay que dejar de leerlo? Una estatua se le hace a alguien no por lo malo que hizo, sino por lo bueno. Es como si un solo delito borrara toda una obra trascendental para la Historia. Está todo tan desquiciado que yo creo que tiene que llegar una época en que se empiece a diferenciar la obra de lo que hizo una persona o de cómo se porta en casa.

--¿Qué juicio te merece hoy la política de este país?

Pues la verdad, Juan, se puede decir algo muy parecido a lo que te he dicho sobre el periodismo. Mi vida ya es larga y… estamos en el nivel más bajo, ramplón, histérico y falso de la política. Un político pone verde al adversario, sólo por eso: por ser su adversario. Es una época muy mala. Hasta hace relativamente poco yo podía haberte señalado a algún político decente, sensato. Hoy… hoy no encuentro ninguna figura equiparable en ningún partido.

--Hablas de la cursilería, de los tópicos, del ternurismo de la pandemia.

--Esto sí que ha ido cambiando, a medida que la pandemia se ha ido apagando. Ya no escuchas eso de ‘vamos a salir mejor’ y no sé qué. Ya no hay frases bonitas para quedar bien. Bueno, pues ni hemos salido mejor ni la gente ha recapacitado. Nada ha cambiado. Simplemente es como si todo el mundo, o casi todos, estuvieran esperando a que esto pasara para volver a sus chorradas. Lo siento, qué palabra: ¡chorradas! Pero es así. Lo lamento, pero es así como yo lo veo.

--Una última cuestión. Los de nuestra generación nos estamos acostumbrado a despedir a los amigos. ¿Te da la sensación de que la soledad progresiva es el futuro?

--Bueno, sí. Me temo que diría eso, sí. Yo recuerdo que mi propio padre, que murió con 91 años, estaba echando de menos a cada vez a más gente. Renovaba las amistades, no se aislaba, pero su mundo iba a desapareciendo antes que él mismo. Yo era joven, lo veía y pensaba: ‘Qué triste debe de ser verse envuelto en eso.’ Luego fui cogiendo años y sí, ya tengo la sensación de que mi mundo va perdiendo valor porque ya no tengo a ciertas personas. Me consuelo pensando en los que me quedan, claro. Pero todos seremos pasado, esto es así. Todos seremos pasado y ya no presente.

Esta entrevista última se hizo en mayo de este año, 2022, acerca de un libro que recogía una selección de sus artículos publicados semanal en El País Semanal. La entrevista, recogida telefónicamente, fue publicada en distintas ediciones de los periódicos de Prensa Ibérica de los días 24, 25 y 26 de mayo del indicado año. Hablar con Javier Marías, en persona, escucharlo en público, leerlo, era como leer o escuchar a un hombre que jamás perdió la calidad que lo mantuvo como un hombre sabio e inconforme, un escritor de mérito y alcance imborrables. Fue, además, de las personas más emocionantes que he conocido en mi vida

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