AHORA QUE NO NOS OYE NADIE

Juan José Millás: “Siempre he admirado la vida de la clausura: orar y trabajar”

El escritor Juan José Millás (Valencia, 1946).

El escritor Juan José Millás (Valencia, 1946). / José Luis Roca

Maestro de la invención y el humor, que despliega en columnas y novelas, el autor de 'La soledad era esto' o 'El mundo' rememora sus inicios como escritor existencialista mientras trabajaba en Iberia, habla de la hipocondria con la que ha revestido al personaje que es y reconoce cómo los libros, propios y ajenos, han sido siempre su refugio

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Juan José Millás lleva décadas en la misma casa. En las afueras de Madrid, de donde va y viene en metro, esa casa es como la consecuencia de una paz, la que comparte con Isabel Menéndez, su mujer, la madre de sus hijos, la abuela de sus nietos. Él está instalado, como el escritor de la familia, en una buhardilla que es, como decía Jorge Luis Borges de los muchos libros leídos, un lugar fatigado, lleno de historia.

Los libros ajenos que va leyendo están apilados, en desorden, pero él es ordenado también en este caos, pues sabe qué libros ya fueron leídos, cuáles quedaron a la mitad. Las estanterías que sí tienen cierto orden mantienen a la vista algunos de los reyes de su baraja de leer, como Juan Carlos Onetti, de cuya prosa y ocurrencias, es decir, de sus invenciones, es también heredero.

Como su padre en otro aspecto más práctico, en el sentido de inmediatamente útil, él también es un inventor, en este caso de palabras y de metáforas, con las que acude cada día a la prensa (por ejemplo, en este grupo, Prensa Ibérica, donde colabora desde hace décadas) o a los libros propiamente dichos, que son especiales o insólitos desde que decidió, a partir de Tonto, muerto, bastardo e invisible, publicado a principios de los años noventa, iniciar una etapa que dejó atrás cierto existencialismo para convertir su literatura en una invención perpetua que convirtió la soledad, muchas veces su asunto, y el ensimismamiento, que habitaba sus primeras novelas, en un desafío a la realidad en favor de los sueños. Entre aquellos que preceden a una etapa en la que el humor no ha sido ajeno a sus invenciones de escritor de soledades descollaron Visión del ahogado, El jardín vacío, La soledad era esto o Papel mojado, éste último un libro de encargo, un éxito insólito que se lee en las escuelas.

Es muy trabajador, y no cesa. A sus 76 años, habla por la radio, jamás falla en su cita con los lectores de diarios, y tiene tiempo para compartir aventuras literarias, por ejemplo con el científico Juan Luis Arzuaga, con el que ya lleva dos libros singulares (La muerte contada por un sapiens a un neandertal, La vida contada por un sapiens a un neandertal, ambos en Alfaguara, como muchos de sus libros) en los que se explica la prehistoria de la manera de ser, e incluso de pensar o sobrevivir, de los hombres.

Millás en la buhardilla de su casa donde convive con sus libros.

/ José Luis Roca

De una fase de aquella prehistoria a partir de la cual salió un Millás reconstruido, por así decirlo, se cuenta una anécdota. Estaba el escritor con unos compañeros de oficio en una de las tabernas del Madrid viejo cuando, de pronto, se le produjo una lipotimia. Lo llevaron a una silla en medio de la calzada, hicieron que le diera el aire, y al cabo de un rato revivió, pronunciando mientras se despertaba la siguiente frase: “Ya está”. Dicen que a partir de entonces nació el, por así decirlo, Nuevo Millás, este que ustedes escuchan o leen como si cada día estuviera reinventando su manera de leer la realidad o de reconstruirse a sí mismo.

En esta entrevista él está sentado en lo hondo de la buhardilla, sobre mullidos asientos, más flaco que habitualmente, dispuesto con una batería de metáforas que salen primero de sus ojos y que luego se convierten en fábulas, de las que sobresale, en lo que lleva publicado, un libro autobiográfico que está entre los más celebrados y leídos, el impar El mundo, su autobiografía con familia, con el que ganó el premio Planeta en 2007.

Hablar con él es leer sus libros, así que el periodista intenta preguntarle por el mundo que lo habita, aparte de por el mundo que lo rodea.

P. Ya estamos al final del verano, una estación que es para usted parada y fonda de energía e ideas. ¿Cómo suele ser su tiempo de veraneo?

R. Pues un periodo lleno de lectura y escritura. Hay quien deja de escribir en verano, pero yo no. Me daría vértigo. Lo que pasa es que yo selecciono muchas lecturas, las voy acumulando y las leo en verano. Tengo la suerte de poder retirarme a una casa cerca del mar y ahí llevo una vida de monje de clausura. Me acuesto a las 10, me levanto pronto, camino, leo, escribo. Yo es que siempre he admirado la vida de la clausura: orar y trabajar. Mi modo de oración es la lectura y la escritura, y mi trabajo es caminar. Y mientras camino, pienso. ¿Sabes?, creo que yo hubiera sido un buen monje, sólo me ha faltado creer en Dios.

Yo tengo fama de hipocondriaco. Pero creo que no lo soy. Lo que pasa es que me muestro así porque a la gente le gusta esa imagen y, bueno, es por no decepcionarlos"

P. Esa vida de monje tal vez contribuya a la buena salud.

R. Yo tengo fama de hipocondriaco. Pero creo que no lo soy. Lo que pasa es que me muestro como hipocondriaco porque un día me di cuenta de que a la gente le gusta esa imagen y, bueno, es por no decepcionarlos. De lo que sí me he dado cuenta es de que he llegado a una edad en que he tenido que cambiar algunos hábitos. Me he puesto a dieta, por ejemplo, con ayuda de una nutricionista, y me siento mejor.

P. ¿Los libros le han dado salud?

R. Me han dado vida. Yo no imagino mi vida al margen de los libros. Desde que los descubrí, eh. Y los descubrí tarde, a los 15 años. En mi barrio había una biblioteca pública y, a veces, por protegernos del frío, nos metíamos ahí. Pero, claro, ahí no podías hacer más que leer. Un día cogí Cinco semanas en globo y… ¡me caí dentro del libro! Recuerdo que llegó la hora de cierre y, como no era socio, no me lo pude llevar. Pues al día siguiente, a primera hora, volví. Luego vi que había libros de Verne y Salgari y, oye, me empezaron a gustar mucho. Y también la Enciclopedia Espasa, que me hizo muy feliz.

P. ¿Por qué le dio tanta felicidad la Enciclopedia Espasa?

R. Es que a esa edad encontré ahí palabras raras, escabrosas, casi prohibidas. Como la palabra muerte. O la palabra mimetismo. Y, bueno, también me gustaban mucho las estampas que tenía la enciclopedia, eran muy bonitas. De ahí pasé a los prospectos médicos, porque en mi casa había mucha medicina. ¡Qué bien redactados estaban, oye!

P. Y cuando la enfermedad empezó a ser común en su entorno, ¿cómo entendió la vida a partir de entonces?

R. Pues, frente a todos los desastres internos y externos, mi refugio fueron los libros. Y luego la escritura. Yo empecé a escribir en torno a los 18 años. Escribía poesía, como descarga emocional. Pero a mí me gustaba mucho la preceptiva literaria y eso me ayudó a educar el oído. A los 23 años o así empezó a rondarme la fantasía de escribir prosa, una novela. Pero luego hice unas oposiciones a Iberia, porque todos los escritores tenían un trabajo que no tenía que ver con la literatura. Eso era así en mi generación. Uno no pensaba en vivir de la escritura. La escritura era una afición y ya.

El último libro publicado por Millás es 'La muerte contada por un sapiens a un neanderthal', coescrito con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga.

/ José Luis Roca

P. Pero ha logrado vivir de ella. ¿Eso le parece un milagro?

R. Pues sí. Pero yo no tenía prisa. Fue un proceso. Lo fui estirando y, cuando tuve que dejar Iberia, no tuve más remedio y me dediqué sólo a escribir. Empecé a tener buenas críticas y empezaron a encargarme o a sugerirme libros y a aceptarme propuestas y luego empecé a colaborar en prensa y así ya me instalé en la escritura. Descubrí que yo tenía habilidades para la ironía y el pensamiento paradójico, y como que eso le gustaba a los lectores. Con El desorden de tu nombre tuve buena repercusión entre la gente, quizá porque con esa novela yo ya era un escritor sin corsé. Ahí ya soy dueño de unos recursos, que había experimentado en Papel mojado, que tienen que ver con la ironía y la paradoja.

De joven yo era muy dramático, porque el existencialismo tenía mucho drama. Estaba muy atormentado y, bueno, hoy he dejado de ser joven pero no he dejado de ser un atormentado"

P. En ese momento había quien lo catalogaba como un escritor existencialista. ¿Pero usted cómo se veía?

R. Yo me veía con mucha inseguridad. Con los años vas ganando seguridad, pero en esa época yo era muy inseguro y por eso leía muchísimo. Es verdad que el existencialismo me influyó. Y esa etiqueta me vino bien. Le gente pensaba que yo ironizaba sobre mis problemas mentales y me reía de ellos. Y eso les gustaba. Pues, mira qué bien. Es que de joven yo era muy dramático, porque el existencialismo tenía mucho drama. Estaba muy atormentado y, bueno, hoy he dejado de ser joven pero no he dejado de ser un atormentado. Pero con eso soy capaz de guardar una distancia crítica, incluso sarcástica.

P. La vida y la escritura siempre han ido juntas. Pero hubo un tiempo en que la vida lo tenía perplejo. ¿Cómo salió de las preguntas que la vida le obligó a hacerse?

R. A mí la vida me ha tenido perplejo siempre. Lo que pasa es que he aprendido a disimular la perplejidad. Pero crecer consiste en eso: en fingir que entiendes. En general la gente habla de cosas de las que no sabe mucho, simplemente porque tiene más cosas que hacer y no sólo ocuparse de entender.

P. ¿Y cuándo supo que la vida iba en serio, como diría Jaime Gil de Biedma?

R. Muy pronto. Porque yo me fui de casa muy pronto. En la adolescencia ya supe que la vida iba en serio. Porque, en una familia con nueve hermanos, en los duros años de la posguerra, en un Madrid gris e inhóspito, pues… ya me dirás.

P. ¿Y le dio miedo?

R. Sí. Lo que más miedo me daba era saber cómo me ganaría la vida. Porque a mi ganarme la vida me parecía una tarea imposible.

Me daba miedo vivir de la literatura. Porque para mi generación era importante tener un trabajo seguro. Y, sí, cuando me fui de Iberia me dio muchísimo vértigo"

P. Quizá por eso se le vio preocupado cuando dejó su empleo en Iberia. Como que se sentía desamparado desde el punto de vista laboral.

R. Claro. Porque yo no dejaba Iberia para irme a otra empresa. Tenía varias fuentes de ingresos: libros, colaboraciones en prensa, conferencias… Pero me daba miedo vivir de la literatura. Porque para mi generación era importante tener un trabajo seguro. Y, sí, cuando me fui me dio muchísimo vértigo. Porque ya no iba a tener un contrato fijo e indefinido. Es que yo decía: ‘y si un día me vuelvo tonto y no tengo ideas para hacer libros y artículos, ¿qué pasa?’

P. Pasó que creó un personaje. El Millás que escribe es un personaje.

R. Pues… sí. Puede ser. Pero, fíjate, el primer año después de salir de Iberia, me di cuenta de que yo ya no tenía que salir de casa. Y eso me aturdió. En esa época coincidí en una cena con Eduardo Mendoza, que también había dejado su trabajo de funcionario para ser escritor, y me dijo: ‘lo que debes hacer es levantarte, ducharte y vestirte como si fueras a salir de casa y no estar en pijama hasta las 12.’ Y seguí su consejo, pero… me sentía un poco absurdo: mi mujer se iba a trabajar, los hijos al colegio y yo me quedaba solo en casa. Bueno, pues tuve que adquirir la disciplina de escribir siempre. Pero de repente empezaba a sonar el teléfono. Alguien de una revista me pedía un artículo, otra persona te invitaba a tal sitio… y como yo tenía pánico de no ganar lo suficiente, decía a todo que sí. Y el primer año gané muy bien. Pero después tuve que aprender a organizarme y a rechazar algunas cosas para centrarme en otras. Algo que me costó mucho. Pero no tuve más remedio.

Juan José Millás y Boris Izaguirre reciben respectivamente sus galardones como ganador y finalista del Premio Planeta 2007 de manos del ya fallecio José Manuel Lara Bosch, entonces presidente del Grupo Planeta.

/ Julio Carbo

P. Su libro El mundo tuvo también el poder de señalarle una época decisiva en su vida.

R. Sí. Y, mira, ese libro no estaba en mis planes. Jamás había pensado en escribir una novela autobiográfica. Nunca. Pero intervino el azar. Yo estaba haciendo unos reportajes para El País Semanal, acompañando a determinadas personas para saber cómo eran su vida y sus oficios. Y me dijeron que para acabar contara cómo era mi vida. Me senté a escribir y todo me salió muy rápido y me di cuenta de que aquello no era un reportaje sino una novela. Escribí el libro con mucha facilidad y me dio muchas satisfacciones: el Premio Planeta, el Premio Nacional de Narrativa... Y luego se tradujo mucho. Y fue una novela muy terapéutica.

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P. ¿Le hizo mejor persona?

R. Puede ser. Me alivió mucho. Está escrita después de una experiencia analítica, que me vino muy bien, porque ahí haces un relato de tu vida y eso me ayudó mucho.