MÚSICA

El día que Orson Welles puso voz a dos canciones de la banda de 'heavy metal' Manowar

Orson Welles, en la película ’F de Fraude’. 

Orson Welles, en la película ’F de Fraude’.  / ARCHIVO

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En 1982, los cuatro musculosos jóvenes que formaban una desconocida banda metalera estadounidense osaron pedirle al genial actor, director, productor y guionista Orson Welles que grabase para ellos en el estudio una narración para dos de sus canciones. Y él… aceptó.

Joey DeMaio tocaba el bajo. Estaba mazao, como se dice ahora para describir a quienes expanden sus músculos en las largas sesiones de gimnasio. Tenía el pelo largo, liso y oscuro, y una mirada que imponía. Vestía una simple camiseta blanca y un vaquero negro, nada que ver con los pingajos que se pondría más tarde en la sesión de fotos del grupo Manowar, que preparaba su primer disco. Aún no había cumplido los treinta.

A DeMaio se le aceleró el corazón cuando escuchó los pasos de un grupo de personas por el pasillo del estudio discográfico Media Sounds, en la calle 57 de Nueva York. Esperaban a alguien importante. Ellos, un incipiente grupo de heavy metal llamado, con el tiempo, a inspirar a cientos de bandas norteamericanas que verían en ellos un referente del power metal y de las canciones de dioses, mitos, batallas y un particular sentido de la virilidad servido a borbotones.

–Vamos, chicos, Orson está aquí–, anunció Bob Curry, el productor.

–Joder, tíos, es Orson, Orson Welles–, exclamó Eric Adams, el pequeño pero fortachón cantante con dotes líricas y unos agudos centellantes, todavía hoy la voz de Manowar después ya de cuatro décadas.

La banda estadounidense de heavy metal Manowar (1984). 

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Desde el final del pasillo emergió la figura de un hombre alto y ancho, muy ancho. Una especie de Platón contemporáneo, grande físicamente, colosal en sus creaciones cinematográficas. Llevaba un pequeño can en sus brazos y una especie de bufanda oscura al cuello. Welles lucía la característica barba grisácea de sus años de madurez y se mostraba inseparable de un gran habano, que humeaba llevando el aroma a todos los rincones de la estancia.

Uno de los más grandes directores de cine de todos los tiempos había aceptado colaborar con cuatro músicos desconocidos, y por entonces humildes, que preparaban Battle Hymns, un disco que sería la primera piedra de una sólida carrera de éxitos y prologaría cientos de conciertos por todo el planeta. Pero, por entonces, Manowar no era más que un proyecto, una apuesta y, como todas, una especie de tirada de dados que aguardaba la intervención del azar, el complemento indispensable que debe acompañar al talento para hallar el triunfo y el reconocimiento en el terreno de la música, sea del género que sea.

Precisamente, que el director de Ciudadano Kane acabara metido en un estudio de grabación junto a aquellos jóvenes músicos podía deberse, en parte, al azar, pero, probablemente en mayor medida, al descaro de la banda y sus productores. Fuere como fuere, lo cierto es que aquel sorprendente encuentro tuvo lugar en Nueva York, en 1982, cuando el corpulento actor, de casi metro noventa, aceptó narrar dos pasajes de sendas canciones de una formación de heavy metal, que aún hoy recorre los escenarios con su contundente sonido y sus épicas canciones, basadas muchas de ellas en la mitología nórdica.

Orson Welles a esas alturas era un monstruo del cine, una figura polifacética y consagrada que había firmado obras geniales, pero, en parte, también, un juguete roto. Fue un genio precoz, un prodigio de la creación, que en 1938, con tan solo 23 años, desató el pánico en miles de ciudadanos de Nueva Jersey y Nueva York con su narración radiofónica de La guerra de los mundos, basada en la obra homónima de H. G. Wells. Fue capaz de hacer creer a muchos oyentes que la tierra estaba siendo invadida por los extraterrestres. Aquel episodio le abrió las puertas de Hollywood.

Con tan solo 26, dirigió Ciudadano Kane (1941), aún hoy considerada por muchos la mejor obra del séptimo arte. Pero su carrera se vio truncada en EEUU por el macartismo, al ser acusado de ser comunista. Welles se marchó a Europa, donde comenzó a cosechar éxitos, antes de regresar y firmar otra obra maestra en su país natal: Sed de mal (1958). En los años 80, Welles era ya un auténtico mito viviente.

Mientras, Manowar era el nombre que habían escogido cuatro jóvenes neoyorquinos de Auburn para llamar una banda que acabaría siendo un referente del género en EEUU. Cuarenta años después, acumula tantos éxitos discográficos como polémicas. Ataviados de armaduras y aceitando sus músculos en sus primeros días, a lo largo de su longeva carrera han sido capaces de hacerse una foto con Bertín Osborne en la recepción de un hotel (todavía hoy sigue siendo un enigma saber cómo se gestó tan ecléctica instantánea), no han dudado en criticar la blandenguería de otros grupos como Bon Jovi, y su bajista, Joe DeMaio, ha alardeado impúdicamente de "haber hecho felices a 20.000 mujeres".

En 1982 aún se encontraban buscando una imagen y un sonido propios. Tenían claro, eso sí, que su estilo debía ser potente, sólido, rocoso. No en vano, con los años llegaron a figurar en el libro Guinness de los récords como la banda más ruidosa del mundo en sus directos, rozando los 130 decibelios.

También ha habido en su historia ruido de sables: dos de sus fundadores, DeMaio y Ross The Boss, llegaron a las manos y la cosa acabó con el segundo abandonando la formación. Y tragedias. Scott Columbus, que había sido batería de Manowar en más de una decena de trabajos durante dos etapas diferentes, falleció en 2011, a los 54 años. Sus excompañeros lo anunciaron en la web del grupo, refiriéndose a él como "un talento y una persona especial, un padre, un amigo y un hermano del metal". La hija de Columbus declaró después que su padre se había suicidado.

Más reciente es el escándalo protagonizado por el guitarrista Karl Logan, que después de 26 años en la banda fue despedido tras ser arrestado por posesión de pornografía infantil. El pasado 15 de julio fue sentenciado a 5 años y medio de prisión, según informó el diario The Charlotte Observer.

El grupo Manowar, de izquierda a derecha: Eric Adams (cantante), Scott Columbus (batería), Karl Logan (guitarra) y Joey DeMaio (bajista).

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Pero en 1982, todo era diferente. Aún no habían llegado la fama, los éxitos de ventas, los cientos de conciertos multitudinarios. Manowar era apenas un proyecto que aspiraba colarse entre las grandes formaciones del heavy metal, influidos por una estética algo cavernaria y un culto desmedido al músculo.

Nada que ver con Welles. Por eso aún hoy cuesta entender cómo se produjo aquella insólita reunión y la consiguiente colaboración en la que uno de los grandes de la historia del cine iba a prestar su voz a dos temas. La música y las letras de las canciones de Manowar siempre han buceado en la mitología y la hechicería.

En realidad, habían pensado antes para ese trabajo en el actor Vincent Price, pero el caché de este era demasiado alto para el presupuesto de la banda. La voz de Price era tan carismática y profunda que podía despertar a un muerto. Dicho y hecho. Suya es la voz que aparece en el tema Thriller, de Michael Jackson, que sí pudo costearse el capricho, e incluirla justo en el pasaje en el que, en el videoclip, los moradores de tumbas salen a la superficie andrajosos y desmejorados para marcarse una coreografía sublime.

Así que Manowar descartó la opción de Price, y surgió entonces el nombre de Orson Welles. Lo que en principio podía parecer una simple ocurrencia se convirtió pronto en un reto. El productor Bob Curry dijo que lo intentaría. No tenía nada que perder. Se puso en contacto con el manager de Welles, le envió las letras que debería narrar y…bingo: obtuvo el de su agente. Los jóvenes metaleros no daban crédito.

Lo cierto es que, inicialmente, antes incluso de pensar en Price, los chicos de Manowar se habían planteado que el pasaje de la narración de las dos canciones en cuestión, Dark Avenger y Defender, corrieran a cargo del vocalista de la formación, Eric Adams, pero aquello no funcionaba. Aunque el cantante era capaz de llegar a registros de barítono, era algo arriesgado concebir una canción en la que el intérprete debía saltar de un papel a otro, de un tono a otro. Probó y el resultado no satisfizo a nadie.

Ahora, con Orson Welles aceptando poner voz a sus letras, todo cambiaba. Habían previsto que él se desplazase hasta Florida, donde la banda se encontraba grabando el disco, sin embargo, el encuentro acabaría teniendo lugar en Nueva York, en el estudio Media Sound.

Ya en la Gran Manzana, Welles leyó los textos siguiendo las indicaciones de Joey De Maio, para quien pedirle al coloso cinematográfico que lo hiciera un poco más lento le supuso un mal trago. Orson, sin embargo, se mostró afable y acató las indicaciones con toda naturalidad, sin divismos. Grabaron el pasaje narrado de Dark Avenger, que se incluiría en el disco debut de Manowar Battle Hymns (1982). "He was met at the gate of Hades / By the Guardian of the Last Souls / The Keeper of the Unavenged / And He say to him / 'Ley you not pass / Abandon / Return to the world / From whence you came…"

Todos alucinaron. La voz de Welles sonaba magnética, grave, épica. Su cadencia se acopló a las exigencias del grupo. Apenas hacía falta tocar nada en el ecualizador.

Después llegó el turno del fragmento de Defender, una canción que finalmente no aparecería en el disco, sino unos años después como sencillo para, finalmente, ser incluida en una versión con algunos cambios en el álbum Fighting The World (1987), dos años después de la muerte de Welles.

En esta otra narración, Welles se metía en la piel de un padre que lee una carta a su hijo explicándole por qué tuvo que dejar el hogar y no volver a verle. Su voz sonaba como con sigilo, con la calma de un prólogo solemne, recio. "When you are old enough / To read this words / Their meaning will unfold / These words are all that's left / And though we've never meet, / My only son, I hope you know / That I would have been there / To watch you grow / But my call was heard and I did go".

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Era como una voz que caminaba al son de las notas, como si se mantuviera en equilibrio sobre las cuerdas del bajo, decidida, repleta de valor, de un enorme magnetismo. Podría ser la voz de un actor, pero era mucho más: era la voz de un maestro de la narración, la voz de un contador de historias que nació para ser contador de historias y contarlas como nunca nadie antes lo había hecho. Era la voz de un genio, y a un genio se le puede menospreciar por muchas cosas, pero su voz siempre suena a la voz de un genio.

La aspereza de las guitarras eléctricas, el poderoso bajo de DeMaio y la percusión marcaron una especie de rito ceremonial que acompañaban a Adams, intercalándose esta vez con la voz de Welles, quien había manifestado en cierta ocasión: "Conozco la teoría de que la palabra es secundaria en el cine, pero el secreto de mi trabajo es que todo está basado en la palabra". Y Orson Welles un buen día decidió regalarle unas cuantas a Manowar y al heavy metal