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MÚSICA

Hablemos del amor, Diana Krall

La artista canadiense cierra la sexta edición de las Noches del Botánico con un concierto milímetro, aunque no falto de emoción

Diana Krall, acompañada por Robert Hurst en un momento del concierto.

Diana Krall, acompañada por Robert Hurst en un momento del concierto. / VÍCTOR MORENO | NOCHES DEL BOTÁNICO

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Hablemos del amor, Diana. Pero no del que te arranca la respiración, sino del que te la agita. Ese que hace vibrar, bailar, fantasear. Que te eriza la piel y te traba la lengua en el momento menos pensado. Ay, ese amor. El más bonito, el más dulce. Y, sin duda, el más deseado. Ese que impregna las palabras que no sangran y marcan el sendero por el que cualquiera querría transitar alguna vez en su vida. Un camino iluminado, en parte, por aquellas canciones que un día alguien compuso con el corazón en el puño. Tú lo sabes bien, Diana. Cuando te sientas frente al piano, no hay coraza que resista. Tu jazz es así de terco. Es verdad que la elegancia que llevas por bandera, a veces, lleva a imaginarte sobria e imperturbable. Sin embargo, la realidad es distinta: le cantas al amor desde el respeto y la calidez. Por eso tus conciertos son tan intensos. A tu voz rasgada e insinuante hay que sumar la valentía de los versos que paladeas. Así lo demostraste anoche: Madrid cayó rendida a tu pedal, pero sobre todo a ese particular modo que tienes de entender la música.

Acompañada por Robert Hurst (bajo), Karriem Riggins (batería) y Anthony Wilson (guitarra), te plantaste en las Noches del Botánico. Nunca has sido una artista de muchas palabras. La superficialidad no va contigo. Tú eres de llegar y dar lo que el público espera de ti: un recital donde los dictados del jazz se licuan con estilos cercanos al pop. Ese amor del que hablábamos también está aquí: en la manera en la que tratas tu arte y en la que acercas a la multitud. Con I Don’t Know Enough About You lo dejaste claro desde el principio. El clásico de Peggy Lee y Dave Barbour es implacable cuando se interpreta a pecho descubierto. A diferencia de la versión original, la tuya tiene ese puntito de esperanza que la vuelve insólita.

Los temas que sonaron forman parte de lo que los estadounidenses llaman american songbook: un puñado de joyas que han inspirado tu carrera de los inicios. De hecho, tu último álbum es un homenaje a algunas de ellas. Con This Dream Of You, has aportado una visión exquisita a estas historias imperecederas. “Qué noche más bonita", reconociste enfundada en uno de tus ya habituales vestidos oscuros. Con ese sonido limpio y envolvente que llevas décadas perfeccionando, te mostraste relajada, dando paso continuamente a tus compañeros de escenario para que realizasen sus solos. Como el que se marcaron en All Or Nothing At All, una delicia compuesta en 1939 por Arthur Altman que Frank Sinatra grabó de la mano de Harry James. Mientras Hurst, Riggins y Wilson hacían de las suyas, tú te volviste cómplice. Conoces de sobra lo que implica hacer algo así. De ahí que te mantuvieras respetuosa: en ocasiones, llevando el ritmo con el pie derecho; en otras, levantando tu melena rubia al compás. Este ejercicio de intimidad se extendió a la totalidad del recinto, que se mantuvo en perfecta comunión durante la velada.

Es cierto que no hubo sobresaltos. Tus actuaciones parecen milimétricamente estudiadas. Todo está bajo control en un concierto de Diana Krall. No hay margen de error, pero tampoco de sorpresa. Esa es una de tus virtudes: cumples siempre. Aunque, a veces, falta ese puntito de pasión extra que tan bien sentaría a tu discografía. Lo que no quiere decir que sea aburrida. Para nada. Durante las casi dos horas de show, hubo cambios de registro que imprimieron frescor e impidieron que la masa quedase anestesiada. Como muestra: Devil May Care, de Bob Dorough. Con ella, los graves de tu voz cobraron una nueva dimensión. Al ahumado de tu garganta se sumó esa capacidad que tienes para relatar la vida. "No te preocupes por mí, soy tan feliz como puedo ser. He aprendido a amar y a vivir", cantaste en inglés. El amor otra vez.

Nudos en el esternón

El silencio es otro de tus grandes aliados. La tensión que éste provoca tras un arsenal de notas es despiadado. Incluso más que las propias letras. El amor no sólo se muestra con palabras, también se siente, se huele, se ve… Algo que se percibió en las miradas que compartías con la banda, en la delicadeza con la que presionaba las teclas, en los guiños que lanzabas a los asistentes… En definitiva, una elegantísima expresión del jazz internacional impulsada por ese sentimiento que provoca nudos en el esternón. No hizo falta nada más. Ni siquiera la puesta en escena se salió de lo normal. Tu gran poder es el mismo que llevas ejecutando desde 1993, cuando debutaste con Stepping Out: hacer música de dentro para fuera. En ese proceso, es imposible filtrar emociones y reflexiones. Por eso resultas tan cruda sobre las tablas. Este domingo, cuando recuperaste Jockey Full Of Bourbon (de Tom Waits) y Love (de Nat King Cole), lo dejaste patente: a pesar de tu evidente timidez, la entrega es superlativa cuando la formación comienza a tocar.

Esta virtud para abrirse en canal en el instante adecuado es marca de tu casa. Y posiblemente la razón por la que 21 millones de personas han comprado alguno de tus 18 elepés. Los tres Grammy y los ocho Juno son otra prueba más de tu valía. Sin olvidar las giras mundiales que conectan personas muy dispares en torno a tu peculiar ciclón. Esa energía es otra manifestación más del amor que sólo tú eres capaz de generar. Pues además de narrarlo, tienes el don de administrarlo. En la dosis que quieras, pero siempre con la calidad que se espera de ti. Hablemos del amor, Diana. Otra vez. Que tú lo practicas bien. Pero no del que te extirpa el alma, sino del que la mima. Ese que hace saltar, volar, crear. Que te eleva los pies del suelo y te pone vidriosa la mirada. Ay, ese amor.

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