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CRÓNICA

Matar a Belle and Sebastian

El grupo escocés actuó en Madrid como parte del ciclo de conciertos Noches del Botánico

El grupo de Glasgow Bell and Sebastian durante su concierto en Madrid el sábado.

El grupo de Glasgow Bell and Sebastian durante su concierto en Madrid el sábado. / V. C.

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Voro Contreras

No querer a los Belle and Sebastian es como matar a un ruiseñor: es inútil, es cruel, es incluso pecado. No se puede no querer a una banda que ha hecho del pop consciente y honesto una misión, una aspiración en la vida. No puedes despreciar a quien aparece en escena con la concentración del operario especializado en fabricar canciones redondas que cubren algunas necesidades esenciales del ser humano como la alegría, la melancolía o la observación provechosa de las cosas. No puedes mirar por encima del hombro a quien canta con la naturalidad del que de todas maneras sabe que lo que está haciendo es bueno. Todo debería ser tan sencillo y asequible como una canción de Belle and Sebastian.

No se puede no querer a los Belle and Sebastian aunque se te hagan cortos sus conciertos y al acabar se te quede un poco cara de coitus interruptus, como ocurrió el sábado en las Noches del Botánico de Madrid. Los ves marcharse del escenario y que las luces del recinto se encienden y que los fans se miran unos a otros con cara de extrañados y dices: Ostras, pues aquí me ha faltado un Nobody’s empire, un Piazza New York Catcher, un Sleep the clock around... Ay, pero ¿y todo lo que ha pasado antes? Claro, claro, no se puede tener todo.

Antes de con Belle and Sebastian nos dimos la alegría de reencontrarnos también con Beth Orton, aquella artista que a mediados de los 90 logró colar entre el desafuero testosterónico del brit-pop ese canto espléndido que sorprendía en sus colaboraciones con los Chemical Brothers y ese delicado equilibrio entre el folk y la electrónica que guardaban discos como Trailer park o Central reservation.

Aunque acaba de lanzar Weather alive, un tema de largo desarrollo y digestión, y presentará de aquí a unos meses disco nuevo, la cantante inglesa tuvo que luchar contra algunos elementos como la constante desafinación de su guitarra y tiró de clásicos particulares como She cries your name, Call me the breeze, Concrete sky o la maravillosa Stolen car que a más de uno del público haría pensar que ya ves tú lo bien que estábamos todos en los noventa y míranos ahora. Un espejismo nostálgico, claro. Agradable y engañoso como todos los espejismos y todas las nostalgias.

Si uno se descuida, también la música de Belle and Sebastian puede llevarte al espejismo y la nostalgia. Pero eso, descuidarte, evidenciaría no haber entendido lo que el grupo lleva proponiendo desde que empezó: el pop no se crea ni se destruye, pero hay que ir transformándolo con dedicación en canciones a poder ser tan bonitas como The state I am in o I’m a Cuckoo con las que iniciaron su actuación del sábado en Madrid.

Belle and Sebastian montan en el escenario una pequeña factoría popera en la que sus nueve empleados van operando y tomando uno u otro instrumento según la ocasión lo requiera. Un poco por delante de los demás, pero sin pasarse, Stuart Murdoch saluda al público y da las gracias en nombre de sus compañeros, baila de forma un tanto desgarbada e interpreta canciones que, en conjunto, forman una especie de repaso de casi todo lo bueno que nos ha ofrecido la música en los últimos 40 o 50 años.

La factoría fue elaborando y empaquetando en el Botánico su repertorio de forma vertiginosa y bailable -Unnecessary drama, Young and stupid, She’s losing it, I want the world to stop...- hasta que se produjo el oportuno cambio climático con The fox in the snow. “Qué bonita”, decía la gente tras escucharla, evidenciando así que este no era un concierto de rock como los demás. El parón rítmico vino la mar de bien para que el público se fijara en la importancia de lo que se había recorrido hasta ese momento y afrontar a continuación clasicazos como Like Dylan in the movies, Dear catastrophe waitress, Get me away from here, I’m dying o The boy with the arab strap con un teclado que en un puñado de notas encierra toda la tradición soulera, folk-rockera y brit-popera que una persona pueda necesitar.

Parecían a gusto los Belle and Sebastian. Tanto que, de cara al impepinable bis, Stuart se acercó a los fans para aceptar sugerencias. La cosa corría el riesgo de convertirse en karaoke, pero nadie se hubiera quejado. De hecho, es lo que ocurrió felizmente con The blues are still blue y Judy and the dream of horses con las que la banda dio por concluida una actuación que estuvo la mar de bien pero que con un par (o diez) de himnos más también nos hubiera hecho bastante felices.

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