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CRÓNICA DE UNA FIESTA

Paraíso, el festival de los 1.000 bailes

La cita madrileña con la electrónica de calidad se consagra como el evento musical más disfrutable de la capital, con actuaciones memorables como las de los nacionales John Talabot y Pional o la de la británica Shygirl

Ambiente nocturno en el festival Paraíso.

Ambiente nocturno en el festival Paraíso.

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Emocionaba este pasado fin de semana ver las caras sonrientes de los asistentes a Paraíso, el festival de electrónica que, concluida su tercera edición y después de esos dos años de obligado parón que nos condenaron a sendos veranos de aburrimiento sonoro, se está ganando a pulso el título de evento más divertido de la temporada estival madrileña. Sin renunciar a la calidad artística pero apoyado en nombres más exquisitos que célebres, y con esa máxima de mimar a su público para disfrutar de la mejor experiencia posible, sin agobios y en un recinto de pequeñas dimensiones, los esfuerzos del festival se concentraron en lo importante: que sus asistentes bailaran como si se fuera a acabar el mundo. Una posibilidad que, al fin y al cabo, tampoco parece tan lejana. Y qué vía más directa que esa puede haber hacia la felicidad. Si además conseguir una cerveza era una operación en la que se empeñaba un minuto, en lugar de competir en esos 'Juegos del hambre' que se ven a menudo en citas similares, la partida estaba ganada. 

Al recinto de la Complutense se venía, entonces, más a bailar que a contemplar, y la atención se repartía a partes iguales entre lo que sucedía en el escenario y lo que pasaba entre el público. Porque aquí el baile tenía más de acto social, como en las verbenas de los pueblos, que de esas pruebas de fitness hacia las que se escora tantas veces la música de club. Las pandillas se entremezclaban, el ligoteo se disparaba y con solo dos palabras se hacían nuevos amigos. El paseo entre el escenario Club y el Jardín tenía algo de calle mayor de provincias, con su bulevar flanqueado por árboles en el que tanta gente se reencontraba después de un par de años sin verse. Como si Madrid, en lugar de tres millones de habitantes, tuviera los alrededor de 8.000 que asistieron a la cita cada uno de los dos días. 

Ambiente de día en el escenario Jardín del festival Paraíso.

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Que la nota principal fuera la diversión no resta un ápice a la dimensión artística de lo que se pudo ver sobre los escenarios. El viernes arrancó con varios conciertos que demostraron la calidad incontestable de una serie de nombres femeninos todavía muy jóvenes y con el futuro abierto de par en par. A la francesa Crystal Murray le tocó todavía lidiar con el sol en la cara, pero a pesar de todo no paró de mover su cuerpo de bailarina, dando cuenta de una excelente voz en un concierto que a veces se escoraba hacia el soul y a veces hacia el acid jazz, como en un viaje al Londres de los primeros años 90. Poco después le llegó su turno a Shygirl, quizá lo más deslumbrante de toda la jornada. La rapera británica se ha convertido en una especie de disco diva que despacha himnos entre el grime y el hiperpop completamente sola en el escenario, porque no necesita más. En lo que vino a continuación se impuso la música disco, muy presente en las sesiones de Danilo Plesow y CC Disco, preparando las diferentes pistas para los shows algo más rugosos pero muy efectivos que llegaron después, los del alemán Roman Flügel y el francés Iván Smagge, dos veteranos con mucha noche a sus espaldas.

Actuación de Shygirl en el escenario Club, el más grande del festival.

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El sábado reunía los que quizá eran los dos directos más esperados del festival, ambos de músicos nacionales. El de Baiuca despejó cualquier posible duda sobre su presencia en un festival de electrónica pura y dura creando una especie de trance que parecía llevar la foliada gallega a los moldes de un club berlinés. Y el b2b de John Talabot y Pional, una sesión a cuatro manos entre los dos gigantes de la electrónica española, cumplió las expectativas convirtiéndose en el momento con más público, y con este más entregado, de todo el festival. Los excelentes visuales y la bola de espejos que presidían el escenario Club ayudaron a convertir su despliegue sonoro en una fiesta inolvidable. La jornada había empezado en ese mismo escenario con las canciones en castellano y más cercanas a los sonidos urbanos de Rusowsky & Ralphie Choo y de Chico Blanco, y había tenido su momento más luminoso con un sueco, Axel Boman, muy influido por los sonidos baleares.

John Talabot y Pional en plena acción: el encuentro entre la electrónica de Barcelona y Madrid.

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Las últimas dos horas de un festival que nadie quería que se acabase eran las de la duda: cómo rematar, si en el Londres underground y de ritmos más rotos de Ben UFO, al amparo de un Seth Troxler que tomó la ruta disco para acabar pinchando incluso el Upside Down de Diana Ross o con Flaca, la argentina residente en Madrid que despachó una impresionante sesión de perreo en el escenario Nicho. Este era el dedicado a los artistas locales, y alumbró algunas sesiones memorables como las de Javi Redondo y Álvaro Cabana, el dúo femenino Two Ex o el trío masculino Ears On Earth, todos ellos habituales de los clubs de la ciudad. Si otro de los objetivos de Paraíso era demostrar el buen momento de la electrónica en la capital, esta misión se puede considerar, también, cumplida.   

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