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The Chemical Brothers desata su fiebre del sábado noche en el Sónar 2022

El tándem británico revivió sus grandes noches de épica e himnos electrónicos mezclando sus hitos, como ‘Hey boy hey girl’, con el material de su último álbum, ‘No geography’

El espectáculo de The Chemical Brothers, este sábado, en el Sónar.

El espectáculo de The Chemical Brothers, este sábado, en el Sónar.

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Si hay un nombre fetiche que bien puede simbolizar las locas noches de fiebre sabatinas en el Sónar es el de The Chemical Brothers, tándem fiel a nuestros escenarios que pisó el festival por primera vez en 2005. Al grito de ‘Block rockin’ beats’, uno de sus primeros hitos, el dúo de Manchester puso en danza el recinto de Fira Gran Via por la vía más expeditiva, apelando a aquel subgénero llamado ‘big beat’, que contribuyó a inventar en los 90 y que en su día atrajo a ‘indies’ y rockeros a la emergente liturgia techno.

Tom Rowlands y Ed Simons se saben gurús del ramo, y sus celebradas bravatas (“superstar dj’s, here we go!”, advirtieron en otro ‘hit’ palmario, ‘Hey boy hey girl’) se correspondieron con la realidad: sesión arrolladora, la suya, ‘mascletà’ electrónica de autor, con riqueza de ‘tempos’ y texturas, derivando hacia el trance, el disco-funk o el punto de fuga psicodélico, siempre con sus maneras imperiales e invasivas, atando corto al público. Y con sofisticada cobertura audiovisual, una compleja obra de ‘mapping’, espectáculo en sí mismo, firmada por su cómplice histórico Adam Smith en tándem con Marcus Lyall. Y ahí, en las sombras, entre esas pantallas gigantes que capturaban las miradas, los discretos ‘brothers’, refinando su rol de operarios maquinales ajenos al glamur.

Rumbo a los clásicos

Vinieron esta vez con las credenciales de ‘No geography’, un álbum publicado en 2019 cuyo recorrido resultó saboteado por la pandemia. No abundaron en ese material, si bien ‘Eve of destruction’ deslizó simpáticas líneas de bajo disco-funky y ‘MAH’ aceleró los ‘bpms’ en modo terrorista. Respecto al repertorio de otras citas europeas de esta gira, en Barcelona hubo menos material reciente y una mayor atención por el catálogo. Ahí estuvieron las aparatosas repescas de ‘Dig your own hole’, ‘Setting sun’ (su primer éxito, de 1996, en el que contaron con Noel Gallagher, de Oasis, como cómplice) y ese ‘Galvanise’ con purpurina exótica. Temas graníticos que desataron el ambiente de ‘rave’ en el pabellón ferial bautizado como SonarClub, con afluencia multitudinaria, en la noche de cierre de esta 29ª edición del Sónar.

Si la velada arrancó con poderío techno, antes, en la sesión de tarde reinó una propuesta sutil y con halo místico, la de Maria Arnal i Marcel Bagés, estrenando en el festival ‘Hiperutopía’, que viene a ser un enfoque enriquecido de su laureado último álbum, ‘Clamor’ (del que recorrieron todas las canciones excepto una, ‘Alborada’). Las voces, ingredientes troncales del disco en roce con la electrónica, se multiplicaron por 36, tantas como integrantes del Cor de Noies de l’Orfeó Català, dirigido por Buia Reixach Feixes. Medida XXL que realzó no solo la amplitud polifónica hasta cotas celestiales sino también el efecto escénico de tragedia griega: largas túnicas, gestos y aspavientos en tensión matemática con Arnal, dando cobertura dramática a cada una de las canciones.

Holy Herndon en modo virtual

Música ultramoderna que hizo resonar un eco antiguo, invocando el “incendio que arde por dentro” y apelando al cambio social con sus metáforas cósmicas de meteoritos heridos. Acercamiento profundo al ‘Cant de la Sibil·la’, tras el cual Arnal, jefa y ángel danzante, advirtió, en modo coloquial: “Ara flipareu”. Y llegó un diálogo mágico, en ‘Murmuri’, con la amiga gringa Holly Herndon a través de su ‘alter ego’, la herramienta informática Holly+, antes de agitar mentes y cuerpos con los estribillos de ‘Ventura’ y ‘Fiera de mí’ a golpe de ‘beat’ maquinal.

Ni Bagés ni el tercer pilar del tándem, el artificiero David Soler, tocaron guitarra alguna y se atrincheraron en sus mesas de trabajo frente a las pantallas de ordenador. Pero ese cruce de pureza vocal y tecnología bien puede marcar el rumbo de la música. En esta última jornada del Sónar tuvimos ambas cosas también por separado: la tropa de raperos lúdico-deslenguados Locoplaya, entreteniendo al ‘village’, y en el lado de la máquina, la propuesta electrónica-‘ambient’, con gestos tribales, de Craig Leon.

Es este un probo veterano del punk neoyorkino (producción de iniciáticos álbumes de Ramones, Suicide, Blondie y Richard Hell, ahí es nada), que en el repaso a su ‘Anthology of interplanetary folk music’ se mostró muy desinteresado por estribillos y ‘riffs’ de guitarra. Los mitos transgresores de ayer evolucionan, y el Sónar siempre ha estado ahí para acogerlos. Fiesta y ciencia encontraron de nuevo el camino en el festival, que tras quemar las naves esta madrugada ya piensa en 2023.

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