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Putzi, el pianista nazi que susurró al oído de Hitler a ritmo de Wagner

El historiador y periodista francés Thomas Snégaroff novela la vida de Ernst Hanfstaengl, a quien el entorno nazi consideraba un bufón y que fue confidente y amigo del Führer antes de caer en desgracia

Ernst Hanfstaengl, ’Putzi’ (izquierda), junto a Hitler y Göring, el 21 de junio de 1932. 

Ernst Hanfstaengl, ’Putzi’ (izquierda), junto a Hitler y Göring, el 21 de junio de 1932.  / ARCHIVOS FEDERALES DE ALEMANIA

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Anna Abella

¿Quién había tras el culto pianista y melómano intérprete de Wagner, tras el bufón, como lo definía el entorno de Hitler, tras "el hombre de bien que hizo cuanto pudo por domar a la bestia", como se definía a sí mismo en sus discutibles e interesadas memorias Ernst Hanfstaengl, un nazi y antisemita de casi dos metros de estatura, de apodo Putzi, que en bávaro significa hombrecito? "Ni agente del mal ni payaso", opina el periodista e historiador francés Thomas Snégaroff, que se inclina más por definir a este poco conocido personaje como un "ideólogo en la sombra, un hábil marionetista" que movió los hilos que le ataron al Führer hasta que cayó en desgracia. 

"Fue la única persona que trabajó personalmente para Hitler y le susurró al oído, pero también lo hizo al oído de Roosevelt", el presidente estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, contándole lo que sabía del líder nazi, hecho que pareció colocarlo "en el lado bueno de la historia y que lo salvó durante la desnazificación", señala Snégaroff. Autor de diversos ensayos, ha optado por una muy documentada novela, Putzi. El confidente de Hitler (Seix Barral), para recorrer la vida y la psicología de este hombre, nacido en el seno de una rica familia de marchantes de arte.

Putzi decía que Hitler era asexual, que le gustaba atraer a las mujeres pero que a la vez le asqueaba el contacto con el cuerpo físico de la mujer

Putzi (Múnich, 1887- 1975), añade el historiador, "mantuvo su potente vínculo con Hitler hasta el final. No dejó de esperar una palabra de afecto suya a pesar de que este le abandonó". Desde los años 20 estuvo muy presente en la vida del futuro líder del Tercer Reich, desde que escuchó uno de sus discursos en una cervecería muniquesa y quedó cautivado por su oratoria antisemita. Para él, hijo de madre estadounidense y padre alemán, y estudiante de Harvard que dirigió la sede en Nueva York del negocio familiar y fue amante de la escritora Djuna Barnes, la relación entre ambos países era muy importante y vio en Hitler "el agente de la reconciliación de Alemania y EEUU frente al enemigo común: judíos y bolcheviques". No perdía la esperanza de que acabara forjando una alianza con los americanos para "defender la gran raza nórdica" aunque el Führer no estuviera por la labor. Tampoco le hizo caso, por cierto, cuando le aconsejó aprender inglés y afeitarse el bigote.

"Tenía, gracias a su familia, muchos contactos, y le aportó muchas cosas a Hitler, como redes financieras y dinero, con el que convirtió la revista del partido nazi en una máquina de guerra gracias a la propaganda", constata Snégaroff, o financió la publicación de Mein Kampf. Tras el fallido putsch de la cervecería de Múnich de 1923, prosigue, fue en la residencia familiar de Putzi, donde había pasado agradables veladas, donde Hitler buscó refugio. Allí, Helene, mujer de su mecenas, "convenció al líder nazi, que tenía a punto una pistola para suicidarse, de que no lo hiciera: le dijo que el mundo dependía de él". Y mientras estuvo en prisión por el golpe de estado, Putzi jugó "un papel importante, le visitó a menudo, fue su confidente y le dioa leer a autores americanos". 

Destaca el periodista que Putzi había dejado "en shock a Hitler" cuando una noche en una boda le oyó interpretar a Wagner al piano. Acabó tocando para él cuando se lo pedía, con urgencia, de día o de noche. "Vio en él un vínculo que lo llevaba a su admirado Wagner, también ideólogo del antisemitismo y del supremacismo blanco". 

Buscarle esposa a Hitler

Se hace eco también el libro de la teoría de Putzi que considera a Hitler "asexual". "No creía que fuera homosexual, pero él y otros historiadores decían que le gustaba atraer a las mujeres pero a la vez le asqueaba el cuerpo humano, el cuerpo físico de la mujer -relata-. Eso explicaría la relación un tanto conflictiva con las mujeres. A Putzi se le metió en la cabeza encontrarle esposa y le ofreció a mujeres inglesas o americanas, como las hermanas Mitford, una de las cuales acabó suicidándose, o Martha, hija del embajador estadounidense William Dodd, porque así lograría su fantasía de unir de manera biológica Alemania con el mundo anglosajón. Pero fracasa, porque aunque Hitler hace grandes declaraciones de amor a las mujeres, incluso a la mujer de Putzi, no hay contacto carnal".  

Hitler y su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, en 1943.

/ ARCHIVO

Fue su jefe de prensa de Hitler ante la prensa extranjera, decidiendo quién podía acercarse o no a él, pero a partir de 1934 empezó a caer en desgracia. Su influencia sobre un líder nazi cada vez más poderoso se interrumpió por el no menos ambicioso círculo que rodeaba al Führer, con el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, a la cabeza, que percibiéndole como un rival maniobró para eliminarlo orquestando una macabra, "peligrosa y tragicómica broma de mal gusto".

Amenaza de asesinato

Es en 1937, cuando desde la cancillería le ordenan que suba a un avión que le llevará a España en plena Guerra Civil para que se ocupe allí de los periodistas alemanes. A bordo le hacen creer que el piloto lo lanzará sobre las líneas comunistas, pero acaban aterrizando en Leipzig. Le dicen que fue "una broma sin maldad" que a "Hitler le pareció desternillante". Pero para él fue un serio aviso de que querían asesinarle. Huyó a Suiza, exiliándose luego a Londres y acabando en Estados Unidos, preso pero gozando de privilegios, porque Roosevelt, a quien había conocido en 1917, le convirtió en su informante. 

Las raíces del trumpismo

Detalla Snégaroff que el libro aúna tres lecturas: "la de la figura alucinante de Putzi, del fascismo contado de otra forma; la del fascismo en países como España, Inglaterra y Estados Unidos, donde también había personas tan antibolcheviques que creían que Hitler era la solución; y, el contar cómo se transmite la memoria alemana, ver cómo el tiempo puede hacer un trabajo de olvido en casos como este".  

Para el historiador, "hay un hilo entre las leyes de Núremberg contra los judíos y las leyes raciales y supremacistas de Estados Unidos. Es en ellas donde hay que buscar para comprender las raíces del trumpismo, las del miedo a la disolución de la raza blanca. Roosevelt ya tenía ideas horrorosas respecto a los inmigrantes del sur, decía que iban a manchar la raza blanca americana". 

‘Putzi. El confidente de Hitler’

Thomas Snégaroff  

Traducción:  Isabel González-Gallarza

Seix Barral

398 págs. 20,90 euros


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