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La casa de Vicente Aleixandre, que ha sido escenario de protestas para defender su valor como patriomonio a proteger.

La casa de Vicente Aleixandre, que ha sido escenario de protestas para defender su valor como patriomonio a proteger. / J.L. Pino - EFE

La reciente incoación del expediente para la declaración como Bien de Interés Patrimonial a la casa de Vicente Aleixandre por la Comunidad de Madrid, provoca una serie de interrogantes. Lo son, en principio, aquellas derivadas de las alegaciones presentadas, tanto por los herederos como por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, estos últimos manifestando su rechazo sobre el nivel decidido para la protección de la casa. Si los primeros dudan de que Velintonia “en sí” tenga algún valor cultural, los segundos estiman que la protección como BIP (Bien de Interés Patrimonial) resulta insuficiente. Todo conduce a la necesaria reflexión sobre la naturaleza de lo que la teoría emanada en torno a la cultura de la tutela y la tipificación de las categorías patrimoniales determinan sobre el concepto de valor.

Si la lengua es la casa del Ser habrá de antemano que interrogar al lenguaje, a fin de comprender la diferencia entre los valores denominados como culturales o patrimoniales. Desde las definiciones de la Ley vigente en la Comunidad de Madrid se desprende con claridad de que se trata de una distinción destinada a establecer una jerarquía basada en ese valor en sí respecto a la cosa u objeto considerado. De hecho, el Interés Patrimonial queda limitado a aquellos Bienes que “sin tener valor excepcional”, pueden poseer “una especial significación histórica o artística”: una contraposición entre los adjetivos especial y excepcional, que no resultan en sus significados algo demasiado distinto. Si lo especial es aquello que se diferencia de lo común, o que está por encima de lo habitual, lo excepcional no deja de ser lo que se aparta de lo ordinario, una excepción en lo común. Sin embargo la utilización por la Ley de estos términos tiene sin duda el objeto de diferenciar el grado de su valor patrimonial, algo tan difuso desde el lenguaje como las definiciones distintivas del Interés Cultural y el Interés Patrimonial, ya que no dejan ambos de estar englobados en la categoría del considerado Patrimonio Cultural. Un indudable forzamiento del lenguaje provocado por el dominante valor en sí.

Sin embargo, en la génesis de la teoría de lo patrimonial, la idea de monumentum se refería a las fuentes escritas que reunían los anticuarios, y con un papel secundario, se van aceptando los vestigios de la escultura y la arquitectura por su poder de recordatio, por evocar la presencia de los antiguos hombres ilustres en determinados lugares. “Voy a cantar los rituales y las fechas señaladas, y los nombres antiguos de los lugares”, escribe Propercio, porque entiende que todo ello se inscribe en la topografía romana. Del mismo modo que los Mystagogicon, en el sentido que les atribuye Cicerón, reunían la descripción de los monumentos, y, de manera equivalente, las inscripciones de las que son soporte material.

La noción de valor, tan determinante en la formación del núcleo discursivo de lo patrimonial, tiene su indudable fundamento en el dominio de la teoría económica constituida en los siglos XVII y XVIII, con la doble consideración de la moneda, en cuanto signo de lo intercambiable y marca de equivalencia en sí misma. El valor absoluto es el que se basa en la utilidad de una cosa sin necesidad de compararla con ninguna otra, pero también es relativo en cuanto que el deseo o la necesidad de los hombres puede modificar su aprecio, con lo que esta relatividad, sólo fijada en el cambio, nos ofrece la dimensión subjetiva de un valor apreciativo. Sólo en el análisis posterior de Adam Smith, y más tarde en el de Ricardo, el valor se libera de su función de signo para hacerlo residir en la formación de las cosas; es decir, en cuanto producción, disociado por tanto de la idea de representación del valor.

De la misma manera es como lo social, entendido ahora como medida de subjetividades, pasa a constituirse en la principal referencia para la determinación del valor, y se traslada así al discurso patrimonial: una teoría de los valores sistematizada que expresa la fragilidad de aquel valor objetivo que la tradición artística había encontrado en la consideración de la obra bella. Aloïs Riegl redacta, en el inicio del siglo XX, una detallada axiología basada en la historicidad y en el convenio social. En su El culto moderno de los monumentos reconoce, de forma explícita, que: “La denominación de monumento no puede ser comprendida en un sentido objetivo, sino únicamente subjetivo. No es por su destino original por lo que se les confiere a estas obras la significación de monumentos; somos nosotros los sujetos modernos, quienes se lo atribuimos”.

Vicente Aleixandre, tercero empezando por la derecha en la fila de detrás (justo delante de Lorca), rodeado de otros miembros de la generación del 27, muchos de los cuales pasaron por Velintonia.

/ ARCHIVO

El desplazamiento que origina la nueva axiología en el concepto de “valor” está determinado por los límites del carácter finito del hombre y por la naturaleza empírica de la experiencia. No sólo en la indiferenciación entre los valores artísticos y documentales, sino en la puesta en cuestión del clásico Kunstwert, (valor artístico), como un valor atemporal y objetivo, al sustituirlo por lo que se ha traducido como valor de contemporaneidad, con el sentido de estar justificado en su dimensión histórica y social. Lo que tendrá su definitivo epílogo en la Carta del ICOMOS Australia para Sitios de Significación Cultural, en cuanto esta denominada Carta de Burra (1979, actualizada en 1981, 1988, y 1999), supone la atención al significado como prevalente al significante en el patrimonio cultural.

Por tanto, volviendo sobre el caso inicial, la casa de Vicente Aleixandre, -donde se concentró la presencia de lo más significativo de la poesía en los años 30, como fue narrado en su libro Los encuentros, donde incluye a Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Gerardo Diego, Manuel Altolaguirre, entre otros, y ahora reivindicada por poetas como Seamus Heaney y Antonio Gamoneda, o escritores como Vargas Llosa-, posee mayor consideración en su significación cultural que la que aparentemente le niega la torpeza administrativa, aferrada a aquél obsoleto significante material del “valor en sí”.

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