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ESPEJO DE PAPEL

Tráfico de influencias en el confesionario

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Fernando Delgado.

Fernando Delgado. / EPC

Desde hace muchos más años de lo que sería recomendable recordar conozco a Fernando Delgado, que ha sido en el oficio del periodismo casi todo lo que se puede ser en poco más de setenta años, que son los que tiene ahora este tinerfeño de mi quinta (él hizo el cuartel, yo me libré por asmático). La literatura, a la que se asomó como poeta cuando era un muchacho que, además, trabajaba como locutor en Radio Juventud de Canarias, le dio la bienvenida algo antes, y esa ha sido, primero en forma de poesía, la primera de las artes que abrazó.

Lo recuerdo improvisando versos cuando se dirigía a algunos de sus trabajos radiofónicos, y lo recuerdo especialmente, emocionado, en cada uno de los momentos graves o felices de su vida, que hace unos años viró de ser madrileña con acento canario a ser plenamente valenciana, sin dejar que la isla de Tenerife le dé vueltas y vueltas. En Valencia se casó, ha sido diputado en las Cortes, ha escrito algunos de sus libros y es feliz porque, como en sus buenos años tinerfeños, tiene en Faura el mar a un tiro de deseo. Canarias está en su corazón, que ahora comparte con los motivos del Turia.

Es, pues, un amigo, un escritor comprometido con su país y con sus territorios más queridos, pues en ninguna de sus novelas, especialmente en sus novelas, ha dejado de ocuparse de lo que ha visto o de lo que ve, tanto cuando es la lírica su inspiración para contar La mirada del otro (así se titula su Premio Planeta, de 1995) o para narrar, como ahora, la tremenda corrupción que afectó a un territorio que podría parecerse al suyo de ahora, donde han ocurrido cosas que los periódicos han contado, los jueces han dirimido, la televisión y la literatura han narrado, y que ahora conocen, gracias a Fernando Delgado, un nuevo tratamiento, el de la ficción sobre la corrosión que ha saltado de lugar en lugar hasta convertirse en una costumbre nacional, la de dilapidar el tesoro común de la democracia.

Desde muy joven, en sus artículos, y ya más maduro, en las novelas, pero también en la conversación cotidiana, Fernando Delgado ha combinado en dosis eficaces la ternura con el sarcasmo, y en esta novela que ahora ve la luz (Todos al infierno, Planeta) le ofrece al sarcasmo una casa entera en forma de libro de 260 páginas en la que nos ilustra sobre lo que es capaz de hacer la gente con la hacienda pública que se le confía. Los que lean en Valencia, por ejemplo, pueden pensar que el conjunto de disparates que se han hecho para dilapidar la democracia que es suyo el territorio señalado. Pero en todas partes, en Madrid, en la tierra de la que él es natural, en cualquiera de los lugares y de los acentos, es posible que haya ocurrido este festival depredador que Fernando cuenta con la gracia con que nos ha alertado a sus amigos sobre lo que ha vivido o vive como periodista y como observador de las costumbres de quienes simulan ser buenos cuando son más malos que la quina.

Todos al infierno debe su humor a su propia historia de hombre que ha vivido tanto (como periodista de radio, de televisión, como ciudadano asociado a la política), pero también a una imaginación que, en las noches de su juventud y en las otras noches de su vida peninsular, siempre nos asombró con su dominio de la caricatura. Ahora que he leído este libro recién hecho, que él ha puesto a circular como si lanzara un dardo cuyo origen conoce muy bien y cuyo destino está en el diccionario escrito por golfos muy reconocibles, me parece escuchar su voz imitando a curas y monaguillos, y también a gente muy principal, del coro y de más arriba, capaces de vestirse de limpio para acudir a saraos políticos, mientras con la otra mano recogen el estipendio de la corrupción.

Es ficción, claro, pero de esas ficciones que llevan escritas en la frente la naturaleza que es imposible de ocultar. Hay una frase en concreto, de las muchas que ayudan a navegar por este mar de los sargazos que es la corrupción que describe, que de golpe identifica a algunos de los bandidos de su colección de corruptos. Escribe Fernando, disfrazado como el narrador que viste ropas eclesiales: “A Neus Martínez Sabater –una hermosa mujer escasa de finura y tan ambiciosa como vengativa—la conocí en aquel confesionario en el que yo dispensaba, más que el perdón, el tráfico de influencias”.

Hay, por supuesto, curas, políticos, periodistas, amigos de lo ajeno, excesivos ciudadanos sin escrúpulos, algunos de los cuales hacen el mal, como el narrador, desde la sacristía… Si no fuera porque los nombres propios son inventados, ahora mismo les diría, pero no puedo, la identidad de la mayor parte del elenco… Lean, háganme ese favor. 

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