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MÚSICA

Jorge Drexler: "Quien tenga una visión crítica del amor romántico será una persona muy infeliz"

El músico uruguayo publica ‘Tinta y tiempo’, un álbum de amplio espectro sónico en el que conjura las angustias pandémicas invocando al amor desde un ángulo "biológico y evolutivo" y como "una estrategia que ha funcionado"

El músico uruguayo Jorge Drexler, en Barcelona.

El músico uruguayo Jorge Drexler, en Barcelona. / RICARD CUGAT

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Pudimos verle la otra noche como invitado de C. Tangana en el Palau Sant Jordi. ¿Qué le pareció su espectáculo?

Una genialidad. Ahí, lo que pasa en el escenario se parece mucho a la vida misma. Ya me llamaron la atención sus letras para el disco de Rosalía, ‘El mal querer’. La colaboración en el tema ‘Tocarte’, del nuevo disco, es la primera que hicimos. Es una canción pandémica con la obsesión por el contacto físico, que era lo que necesitábamos. La melodía y la estructura son de él. Yo solo escribí la segunda mitad de la letra.

‘Tocarte’ es una pieza muy percusiva y minimalista, pero el disco es de amplio espectro, con temas orquestales refinados, y funk un poco marciano, y todo ello en un repertorio conciso, de diez canciones.

El disco dura 35 minutos, como ‘Revolver’, de los Beatles. La gente me dice que es corto, pero no hace falta mucho más. Di lo que tengas que decir y sigue tu camino. ‘Tocarte’ es madera y guitarra, con esa cosa ‘funky’ carioca, minimalista, que es también la clave del candombe. Las programaciones las hizo mi hijo Pablo, que viaja mucho a Uruguay.

Y que firma como pablopablo.

Ha publicado algunas canciones, con la sabiduría de evitar situarse en la sombra de su padre. Yo no tengo nada que ver con su proyecto. Soy un admirador externo y feliz. Me parece maravilloso que no trabaje para mí, que es algo muy tentador, porque a los padres nos gusta ofrecer trabajo a los hijos.

Lo más parecido a un semidiós que tengo en la agenda telefónica es Rubén Blades

‘Tinta y tiempo’ hace pensar en las circunstancias del confinamiento, con todas las horas del mundo para llenar el folio en blanco.

La visión con que lo cuentas es positiva, pero la mía es bastante negativa: en ese tiempo me di cuenta de que la interacción social era un ingrediente de la composición. Mi segundo disco se llamó ‘Radar’ porque me di cuenta de que era tan importante lo que yo enviaba como lo que volvía, cómo rebotaba. Y cuando cortas ese hilo y no vuelve nada… Mi manera de escribir era inspirarme yo solo, frente a la hoja en blanco, y un día aparece algo y terminas teniendo una protocanción. Luego, esa noche, pasa un amigo a tomar una copa a tu casa y se la muestras, y cosas que habías dejado sin resolver, un 20%, se muestran en el acto de cantarla. Pero ahora debe ser la primera vez en mi vida que en los conciertos toco el disco entero, las diez canciones. Y funcionan.

En el primer tema dice que “el amor es el plan maestro”. Ahora se habla del amor romántico en un sentido muy crítico. ¿Comparte esa visión?

En absoluto. Quien pueda tener una visión crítica del amor romántico será una persona muy infeliz. Lo que a mí me interesa es cambiar el ángulo: la visión biológica y evolutiva del amor. El amor es una estrategia que ha funcionado, como me dijo mi prima científica Alejandra Melfo, coautora de ‘El plan maestro’, porque aumentó la biodiversidad en el momento en que dos células, en lugar de mutarse a sí mismas, decidían juntarse y mezclar materiales genéticos. Ahí vi que había algo que me permitía hablar de una cosa tan trillada como el amor desde un ángulo diferente.

Rubén Blades canta ahí una estrofa sobre el origen de la vida.

Es una décima, una forma de verso que yo venero, y que en Panamá se llama Canto de Mejorana. Rubén me permitió introducir ahí un rol como de coro de tragedia griega. Pensé que esa parte la tenía que cantar alguien con una autoridad omnisciente, de persona respetada en la tribu. Un semidiós, como si estuviera con una túnica y la lira. Y lo más parecido a un semidiós que tengo en la agenda telefónica es Rubén Blades. Y Caetano (Veloso), pero él no canta en décimas.

Una cosa es lo que decimos que nos gusta, y otra, nuestro historial de búsquedas en Google

En ‘¡Oh, algoritmo!’ canta con mofa a otro ‘semidiós’, el tecnológico que captura nuestros gustos y los determina. “¡Dime qué debo cantar, oh algoritmo!”. Una cuestión que da que pensar al oyente. ¿También al compositor?

Quería hablar de eso. El protagonista, irónicamente, decide renunciar a su libre albedrío y se pregunta qué debe cantar. Ya hay canciones que son escritas por algoritmos.

Y artículos.

Y poesía. El algoritmo se ha metido en nuestra vida de una manera que diría que nos conoce mejor que nosotros mismos. Porque una cosa es lo que decimos que nos gusta, y otra, nuestro historial de búsquedas en Google.

La condición judía es incómoda, complicada

Ese tema lo canta con la cantante israelí Noga Erez. ¿Está atento a la escena de ese país?

Circunstancialmente. Viví un año en Israel, cuando tenía quince, y entiendo y hablo hebreo. Me interesa el conflicto identitario. Es muy bueno para escribir canciones. Por eso Puerto Rico es el lugar donde salen esos ritmos urbanos que han tomado el mundo por asalto. Vienen de un país que no sabe qué es, si norteamericano, o qué. Hay una incomodidad de base.

¿Usted la siente?

Fíjate, sí, tengo una incomodidad identitaria muy grande. La condición judía es incómoda, complicada. Me crie en un entorno que puede parecer bucólico, pero tenía tensiones. Y hay un común denominador en todo lo que hago: toda mi vida he intentado hacer compatible lo incompatible. Como al tener que elegir entre ser músico o médico. Me pasé a la música llevándome la medicina conmigo, y la biología está en este disco. Siempre he intentado establecer puentes. Intergeneracionales también: con C. Tangana. Trato de pensar “el otro puede tener la razón”.

Y es un músico que se ha colado en el ‘mainstream’ y que a la vez experimenta. ¿Siente que ha alcanzado la cuadratura del círculo?

El intento de compatibilizar lo incompatible. Soy una persona golosa, curiosa, que siempre piensa que hay algo muy bueno en el lugar donde no está. Italo Calvino hablaba del mito de la Gorgona, que es el éxito, la consagración. Si Perseo la miraba a los ojos se convertía en piedra. Con el éxito, si te lo crees, te conviertes en estatua de ti mismo. Estás muerto. Yo quiero estar en un equilibrio inestable y le tengo mucho miedo a la consagración. Ahora la veo más cerca, por la edad y porque te la ofrecen en bandeja, y un poco te gusta, y dices sí, gracias. Pero me interesa ponerme en riesgo, y dejar que C. Tangana elija las melodías y darle los arreglos a un tipo que los lleve lejos.

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