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LIMÓN & VINAGRE | Joan Manuel Serrat

El viaje de la despedida

El cantautor catalán Joan Manuel Serrat el 15 de octubre de 2011en Lomas de Zamora, a las afueras de Buenos Aires (Argentina).

El cantautor catalán Joan Manuel Serrat el 15 de octubre de 2011en Lomas de Zamora, a las afueras de Buenos Aires (Argentina). / EFE/Leo La Valle

Se marcha a pie sin irse del todo, con la guitarra al hombro, silbando por el camino cuesta arriba: "Però no vull que els teus ulls plorin: digue'm adéu. El camí fa pujada i me'n vaig a peu"

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Esta sección de retaguardia, compartida con estupendos colegas, se intitula Limón & Vinagre porque su misión en la vida consiste en verter alguna sustancia cáustica sobre las fisuras del protagonista en cuestión. Una gota de aguarrás en el lagrimal. Guindilla, salfumán, wasabi. Una colleja. Un pellizco de monja. Y en esas estábamos cuando llega el día en que Joan Manuel Serrat dice adiós a los escenarios, y apetece locamente pronunciarse al respecto, despedirlo como se merece, sin que se le ocurra a una en qué líquido corrosivo macerarlo.

Ni en un tarro de formol siquiera. Imposible: Serrat es el hermano mayor, el amante platónico, el papi benevolente, el colega que ha envejecido contigo, el tito Juan de todas las casas. Si acaso, una gota de enrabietado limón mediterráneo: ya no quedan entradas ni en el WiZink Center de Madrid ni en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Ni en Las Palmas, ni en Valencia, ni en Málaga, grrrrrr. Por clavar alguna otra banderilla, también le han reprochado que el transcurso del tiempo lo haya convertido en un cantautor "instalado"… Bah, que ladren.

Pues sí, resulta que se nos va. "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". Ese atorrante universal, charnego y trashumante, como canta el pájaro Sabina, se apea de la noria con una última gira, bautizada como El vicio de cantar 1965-2022, que arranca mañana en el Beacon Theatre de Nueva York y concluirá en diciembre, cuando haya cumplido los 79 años. Una tournée para despedirse de su público, el de América y el de aquí, con seis meses por delante para ir haciéndose a la idea. "No hay nada más bello, nada más amado, que lo que perdí…".

Decidió plantarse durante la diabólica pandemia, en aquellos días de encierro, soledad y papel de váter, cuando comenzó a darle vueltas a quién soy, qué hago, adónde voy. Y dado que a este hombre siempre lo zahirió la lucidez, lo tuvo claro enseguida: o te retiras o te retiran. Después de todo, ya es un tótem, ya puede quedarse plantado. "Nano, qué va a ser de ti lejos de casa. Nano, qué va a ser de ti".

El otro día entrevistaron a Serrat en el programa de RTVE La noche en 24 horas, y Juan Cruz, mente avizora, reparó en la cantidad de canciones suyas (o que ha hecho suyas) que hablan del viaje y la despedida, de la partida, de la travesía que viene a ser el vivir. "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". "Jugando con la marea, te vas pensando en volver…". ¿Y si se marcha para regresar, como hizo Miguel Ríos?

Juan Cruz intuyó la carga eléctrica de esta aventura, la gira final, y así le hizo confesar a su tocayo: "Lo que más temo en estos conciertos es que la emoción vaya más allá de lo deseable y, por tanto, vaya contra mí mismo". Cada vez la última vez en cada camerino. "Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia, pero su tren vendió boleto de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas…".

El Nano del Poble Sec, obrero y menestral, hijo de maña de Belchite y anarquista catalán, niño del exilio interior, de la Barcelona y la España derrotadas en una posguerra interminable, "gomas y lavajes, Quintero, León y Quiroga, panellets y penellons (sabañones), Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón". El culé Serrat, vecino de Estambul y rey de Algeciras —esto también es del de Úbeda—, se las pira sin irse del todo porque, con su inmenso instinto melódico, ha escrito la banda sonora de varias generaciones, su memoria sentimental, desde aquel 1968 en que no le dejaron cantar el La, la, la en catalán en el festival de Eurovisión.

El cantautor siempre ha sido un hombre coherente o, por lo menos, lo ha intentado, que no es poco: subrayó las torpezas del procès, pero también cargó contra los desproporcionados golpes de porra y atropellos durante el doloroso 1 de octubre de 2017.

Observando fotos de ayer y de hoy para garabatear un retrato, se advierte la desaparición de los lunares que adornaban de la mejilla, así como las patillas de hacha canalla, y que la gravedad ha hecho de las suyas. El cabello también ralea ("no la educó, ya me hago cargo, pa’ un soñador de pelo largo, qué le va usted a hacer, señora").

Sin embargo, los ojos conservarán durante mucho tiempo la luz de pillo de barrio. Juanito es nuestro, y nosotros le pertenecemos también, tanto que suyos son el perro, el Scalextric y los amantes. Se va pero se queda. Se marcha a pie sin irse del todo, con la guitarra al hombro, silbando por el camino cuesta arriba: "Però no vull que els teus ulls plorin: digue'm adéu. El camí fa pujada i me'n vaig a peu".          

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