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35 MILLONES DE OBRAS, EN EL FOCO

El hospital de libros: piel de cabra y cera de abeja para salvar la historia de España

El departamento de Preservación y Conservación está formado por 13 expertos.

El departamento de Preservación y Conservación está formado por 13 expertos. / ALBA VIGARAY

Por el departamento de Preservación y Conservación de la Biblioteca Nacional pasan algunas de las obras más importantes de la literatura española en busca de nuevas oportunidades: las manos de Arsenio Sánchez y su equipo aplican los mejores tratamientos contra el paso del tiempo

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Apenas se podía mantener en pie. Estaba raído, carcomido. Muy magullado. Llegó al quirófano a falta de un último respiro. Todo parecía indicar que no saldría adelante. Pero, entonces, las manos de Arsenio Sánchez lo sacaron de golpe del pozo más profundo. Si el Cantar del Mío Cid sobrevivió, en parte, fue gracias a la hazaña de este restaurador. Es la cabeza visible del departamento de Preservación y Conservación de la Biblioteca Nacional de España, el destino al que llegan aquellos ejemplares que la humedad, los bichos, la tinta, los contaminantes o el calor poco a poco van despedazando.

"Si tuviésemos depósitos limpios y amplios, no sufriríamos ninguno de estos problemas", subraya. Así, mientras tanto, los 35 millones de libros, mapas, revistas, periódicos, incunables o carteles que atesora esta institución se encuentran en el punto de mira.

En un año, este equipo salva entre 500 y 700 obras.

/ ALBA VIGARAY

"Cada vez que nos enfrentamos a un caso, nos damos cuenta de que es muy difícil determinar el tipo de daño que está sufriendo. Por ejemplo, un ataque de microorganismos puede generar un deterioro químico por las enzimas producidas y en uno físico por la transformación del papel", asegura Sánchez. No obstante, el resultado es siempre el mismo: la pérdida de resistencia. En el supuesto del códice de Rodrigo Díaz de Vivar, los problemas se concentraban en la encuadernación y el lomo. El paso de los años y una mala praxis humana le causaron un conjunto de heridas que requirieron una operación casi inmediata. El proceso, grosso modo, es semejante para cualquier obra: primero, identificar la degradación; segundo, tomar una decisión al respecto; tercero, realizar la intervención; cuarto, estabilizar el documento; y quinto, reinstalar la estructura como al principio.

"Intentamos que el impacto de la reparación sea el menor posible. Lo más importante es la limpieza y la eliminación de los elementos agresivos", mantiene. El fin de cualquiera de estos trabajos es ponerlos a punto para su consulta y exposición pública.

Estos 'cirujanos' emplean brochas, geles, tablas de secado, hilos, pieles, molduras...

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Faltan medios

La cura del original del Cid Campeador comenzó con el desmontaje del mismo, lo que dejó en evidencia el mal estado de sus costuras. Una vez analizadas, éstas fueron sustituidas por hilo de cáñamo recubierto con cera de abejas que, al mismo tiempo, se reforzó con nervios de piel de cabra. Para lograr un excelente grado de abertura, se tomó la decisión de no encolar el lomo y protegerlo mediante una banda de piel de cerdo. Después, se cosieron los nervios con filamentos de lino, siguiendo el patrón de zigzag similar al empleado por los encuadernadores etíopes. Y, finalmente, se unió el cuerpo a las tapas utilizando los canales previos y los núcleos de las cabezadas.

Este hospital posee todos los elementos necesarios para llevar a cabo las tareas mencionadas: desde una amplia variedad de brochas hasta tablas de secado ligerísimas que, dispuestas en mesas de longitud casi infinita, se entremezclan con los últimos desarrollos tecnológicos en la materia. Pues no hay que olvidar que aquí las técnicas tradicionales se mezclan con las contemporáneas cada dos por tres. "Se suele pensar que el papel se conserva solo y que se estropea por una cuestión de suerte. Aunque, en realidad, es la falta de medios lo que destruye el patrimonio", continúa el especialista, cuyo departamento está formado por el laboratorio de restauración, el taller de encuadernación, el laboratorio de reprografía y el servicio de preservación. De los cuatro, los dos primeros son los que se encargan de forma específica de salvar vidas bibliográficas. Los conforman 13 personas.

Uno de los problemas a los que se enfrentan son los procesos de degradación que producen las tintas.

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P. En la Biblioteca Nacional se conservan más de 35 millones de piezas, ¿qué criterios siguen para seleccionar las que deben ser rehabilitadas?

R. Una parte de nuestros esfuerzos se dedica a las exposiciones temporales. Por ejemplo, los últimos centenarios de Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán. Estas exhibiciones resultan una maravillosa oportunidad para acercar el patrimonio a los ciudadanos y también para conocer las exigencias que éste tiene. Asimismo, entre nuestras funciones está la de identificar los fondos que precisan atención y plantear soluciones en función de los recursos disponibles.

P. ¿No le provoca cierto vértigo saber que no todos podrán ser recuperados?

R. Esa es una reflexión muy de los 80: todo lo que no se restaure se pierde irremediablemente. Sin embargo, la combinación de las políticas de conservación preventiva con las estrategias de digitalización están siendo muy efectivas.

El departamento está integrado por cuatro talleres: encuadernación, restauración, preservación y reprografía.

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A pesar de los buenos augurios, la presión es una constante en su trabajo. "Siempre que hay una intervención, puede darse un resultado no deseado. Todas las obras se transforman en los procesos de renovación, la prioridad es que éstas no sean demasiado agresivas. Aún así, hay veces que se produce una pérdida mínima del material… pero es un trauma al que además se enfrenta cualquier enfermo que entra en un quirófano", sostiene Sánchez, que asegura no tener constancia de ningún volumen que se haya perdido de manera irreversible. Al menos, hasta ahora.

Trampas con feromonas

Por los pasillos de este departamento reina la concentración. Un giro de muñeca equivocado podría provocar una consecuencia aún peor. Por ello, trabajan al detalle. Casi rozando la perfección. Aquí no se da un paso si no está bien amarrado. Ahora bien, hay que saber que las restauraciones envejecen y que, en consecuencia, no duran para toda la vida. "Incluso pasan de moda. Hace 40 años se utilizaban materiales que hoy ni se plantean porque no funcionan bien o son muy invasivos", apostilla este experto. Sin olvidar que algunas piezas pueden volver a recaer en sus males. De ahí que la temperatura, la luz y la humedad se regulen y vigilen al milímetro. Como curiosidad, también se colocan trampas a base de feromonas para atrapar a cualquier insecto que quiera hacer de las suyas.

"Hace 40 años se utilizaban materiales que hoy ni se plantean porque no funcionan bien o son muy invasivos".

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En un año, este equipo salva entre 500 y 700 ejemplares. Un volumen alto si se tiene en cuenta la complejidad de algunas de sus intervenciones. "Igualmente, hay casos que resolvemos bastante rápido, como cuando se trata de quitar una etiqueta o estabilizar una portada", concluye.

A día de hoy, el mayor reto al que se enfrentan es el plan de salvaguarda. Éste es el conjunto de medidas que identifican y hacen frente a los riesgos que pueden poner en peligro las colecciones. "Imagina que la Sala Velázquez del Museo del Prado acoge 100 cuadros, pues este informe debe recoger qué instrumentos usar para evacuarlos, cómo hay que protegerlos, cuáles tienen prioridad… Si trasladamos esta idea a nuestro depósito de manuscritos, nos topamos con 50.000 volúmenes. Abordar esta cantidad es muy complejo. Por eso es clave analizarlo". Casi igual que aprender a observar el color, la textura y olor de cada documento.

El gran reto de este departamento se encuentra en el plan de salvaguarda.

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Dada la precisión y la dedicación con la que ejecutan sus trabajos, cabe preguntarse si esa intención por recuperar el pasado es una buena forma de contribuir al progreso humano. Una percepción que podría trasladarse, en estos días, a Ucrania: "Estoy convencido. Yo trabajé en la reconstrucción en Bosnia-Herzegovina después de la guerra. Tristemente, cuando hay una intención de destruir, se destruye muy bien. Las bibliotecas suelen ser uno de los primeros objetivos de cualquier conflicto bélico, pero después son casi lo último en restaurarse. En ese tiempo, la mayor parte de las cosas que se han salvado acaban por perderse. Entonces, me llegué a preguntar por qué estaba participando en un proyecto así cuando el país tenía otra clase de necesidades".

La respuesta es sencilla: conservar el patrimonio es conservar la dignidad.

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