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LIMÓN & VINAGRE | Antonio Resines

Resines el extraordinario

Resines es tan extraordinario que parece un hombre del montón. Hay que tener mucho talento para hacer creer que no lo tienes

Resines el extraordinario
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Se habla mucho del yerno ideal pero no del tío. Del tío ideal. Noblote, entrañable, algo gruñón, corriente pero con talento. Resines. Antonio Resines es como nuestro tío. A veces pasa un tiempo sin que venga a las reuniones familiares y otras veces te lo encuentras en un bar golfo creyendo que estaba trabajando. El tío ha padecido covid y a punto ha estado de palmarla, pero todos sus sobrinos nos alegramos de que siga vivito e interpretando, los españoles no tenemos tantos tíos enrollados. Los españoles somos más de madres y padres y si acaso de primos. Siendo hermanos, nos matamos cada poco tiempo entre nosotros.

Hay gente a la que la vida le regala una segunda juventud. Resines está viviendo una tercera madurez. Si se echa a la cara los recortes de prensa producidos durante su convalecencia, gozará del privilegio de saber, como decía Rubalcaba, lo bien que enterramos en este país. Resucitado, está de moda. Por haber superado el virus, por el anuncio que protagoniza de una marca de embutidos y por el estreno de Perdonen las molestias, serie de Movistar que interpreta junto al gran Miguel Rellán.

La serie tiene ecos de El método Kominsky e incluso briznas de aquellos filmes de Jack Lemon y Walter Mathaus y aborda al fin la vejez, si es que tener setenta años es ser viejo, desde una óptica optimista: no tienen achaques graves, ligan y, al menos el que interpreta Resines, no está tieso por culpa de una mísera pensión: mora en buen chalé. Amanece que no es poco para Resines. Un hombre en la pantalla es un hombre en la pantalla. Que se lo digan a Fiorella Faltoyano.

Resines es tan extraordinario que parece un hombre del montón. Hay que tener mucho talento para hacer creer que no lo tienes. Que no te cuesta interpretar. Esto es como cierta prosa: a veces tiene más prestigio la que no se entiende. Tal vez sea uno de esos raros españoles que suscita unanimidad: ahí es nada haber sido la imagen turística de Castilla-La Mancha pero también de Vitoria. Resines nace donde le da la gana. Solo tiene un Goya, lo cual desprestigia a los Goya.


/ Marc Vila

Todos tenemos un personaje de Resines en la retina, el corazón o el hígado. Ha hecho tantas películas que ni la Wikipedia es capaz de recogerlas todas. Tal vez Resines sea un género en sí mismo. Ha sido meditabundo carnicero impotente de buena estrella, ha trabajado con Berlanga y Trueba y comenzó en el cine en 1980, currando en tres películas, una de ellas Ópera Prima, canto emblemático de la denominada comedia madrileña. Con Los Serranos batió marcas de audiencia. Fue la serie más vista en 2004.

Versatilidad demostrada: el hombre común y risueño, con propensión a la discusión leve pero aspaventosa (en un grado suavemente menor a las de Agustín González), supo ser un ser herido con hija asesinada en La caja 507 de Enrique Urbizu. Fue una de esas películas que merecen ese típico escupitazo de ofidio: “No parece española”. Glorioso fue el dúo que formó junto a Alfredo Landa en La marrana, ambientada en el reinado de los Reyes Católicos y dirigida por José Luis Cuerda. Comentar su cinematografía sería como anotar la Biblia. Me hubiera gustado para él un papelito en el Ministerio del Tiempo. Tal vez jugando con la ucronía de que, en un futuro o pasado, Álex de la Iglesia le ofreciera el papel de presidente del Gobierno.

Tiene Resines unos ojos de vecino simpático que va a pedirte sal, la mirada interrogante, un cuerpo desde joven de hombre maduro, un bigotón que le sienta bien hasta cuando no lo lleva y una cara ligeramente redondeada que los seguidores de Cesare Lombroso y sus teorías fisionómicas encuadrarían con delectación en el fenotipo de buenas personas. Locuaz que no -siempre- verborréico. Generoso, nadie sabe si alguna vez hipócrita. Ha roto un plato, seguramente, pero se le perdona. Con aspecto de ser de secano, aún siendo cántabro, siempre está en la cresta de la marea cinematográfica. Lo mejor está siempre por llegar: él lo lleva escrito en la cara. Incluso cuando no actúa. O eso interpretamos.

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