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ARQUITECTURA SOVIÉTICA

Owen Hatherley: "La destrucción de Kiev sería una pérdida incalculable para el mundo"

Barricadas y manifestantes en Kiev

Barricadas y manifestantes en Kiev / EFE

El periodista británico recorre la historia del urbanismo y la arquitectura soviéticos en 'Paisajes del comunismo'. Una mirada a la forma de organizar y ornamentar sus ciudades durante casi 80 años que no siempre encaja con los tópicos, y una excusa perfecta para hablar con el autor sobre la situación de la capital de Ucrania, una de las urbes analizadas en su libro.

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Eduardo Bravo

El pasado 25 de diciembre se cumplió el trigésimo aniversario de la desaparición de la URSS. La noticia pasó casi desapercibida para unos medios de comunicación preocupados por trasladar a la población las últimas informaciones sobre el COVID-19 y cubrir un acontecimiento que no era una efeméride, sino una noticia de actualidad cuya trascendencia era aún difícil de calcular: la escalada de tensión entre Vladimir Putin y la OTAN.

Pocos podían prever entonces que, semanas después, la URSS, su disolución, el equilibrio entre el Este y el Oeste y las políticas expansionistas de Rusia ocuparían de nuevo las primeras páginas de los diarios por la decisión de Putin de invadir Ucrania y provocar una guerra a las puertas de la Unión Europea que podría implicar el uso de armas nucleares.

Es justamente en ese escenario en el que ha visto la luz Paisajes del comunismo, libro de Owen Hatherley publicado en España por la editorial Capitan Swing. A lo largo de sus casi setecientas páginas, este escritor y periodista británico especializado en arquitectura repasa la huella que la influencia soviética dejó en el urbanismo de los países del telón de acero y algunas naciones centroeuropeas, habida cuenta de que dicho movimiento político comenzó en 1917 y se extendió a lo largo de más de ocho décadas.

Esa durabilidad explicaría por qué países tan alejados geográfica o políticamente de la URSS, como España o Austria, erigieron en los años 20 y 30 edificios inspirados en los principios socialistas que nada tenían que ver con las construcciones brutalistas de hormigón que se asocian a esa ideología. De hecho, tal y como explica Hatherley en su libro, en los primeros años tras la Revolución Rusa, ciudades como Moscú no levantaron sobrios edificios racionalistas, sino que replicaron las suntuosas construcciones de las ciudades imperiales o capitalistas de su entorno cercano.

El Hotel Leningradskaya y la estación Kazansky, en Moscú.

/ Capitán Swing

A diferencia de lo que sucede con otros libros dedicados al urbanismo o la arquitectura soviética, Paisajes del comunismo resuelve dudas y derriba prejuicios sobre el tema con honestidad y sin ese poso irónico provocado por lo que el autor denomina 'turismo contrarrevolucionario'. Nieto de comunistas ingleses, Owen Hatherley no elude las nefastas consecuencias que el autoritarismo soviético tuvo en ciudades y ciudadanos, pero lo hace sin caer en el ventajismo que proporciona un análisis político a posteriori.

De hecho, si Hatherley utiliza el término 'comunismo' en su libro es, como él mismo reconoce, por pura comodidad: "No considero que estas sociedades encajen con la descripción en ningún sentido que sea significativo —explica—. Nadie, ni siquiera Stalin, afirmó jamás seriamente que se hubiera instaurado el comunismo en la URSS. Aún así, otros términos que compiten con este, como 'estalinismo', 'socialismo de Estado', 'capitalismo de Estado' o, simplemente, 'sistema soviético', no acaban de funcionar tampoco. Llamar 'estalinistas' a sociedades descuidadas y no democráticas, pero que apenas si pueden considerarse totalitarias, como la Alemania del Este, la Bulgaria, la Hungría o la Polonia de 1960 a 1980, es trivializar la hecatombe que supuso el gobierno real de Stalin", concluye.

Owen Hatherley, autor de 'Paisajes del comunismo'.

/ Capitán Swing

Hacia la metrópolis socialista

Aunque desde la Guerra Fría ha calado la idea de que la experiencia soviética fue el resultado directo del pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels, lo cierto es que las autoridades de la URSS se alejaron muy pronto de lo defendido por estos pensadores que, curiosamente, apenas escribieron sobre cómo debería ser el urbanismo y la arquitectura en los que habría de desarrollar su vida el hombre nuevo socialista.

"Los textos de Marx y Engels sobre ciudad y espacio urbano fueron sin duda escasos, aunque el primer decreto del gobierno bolchevique tendría importantes implicaciones en ambos asuntos —explica Owen Hatherley en Paisajes del comunismo—. La nacionalización de la tierra fue prácticamente lo primero que se instituyó tras la revolución de Octubre. Tanto si desembocó en socialismo como en despotismo, lo cierto es que significó la posibilidad de una nueva espaciosidad, una completitud, de tratar cualquier lugar como una página en blanco en potencia y de que los planes urbanísticos pudieran llevarse a cabo sin la obstrucción de ningún interés privado. No obstante, el espacio urbano, que ahora pertenecía oficialmente a la comunidad, resultó ser un espacio inesperado".

El barrio de Stegny, en Varsovia.

/ Capitán Swing

A pesar de ello, continúa Hatherley, "había algo sobre lo que construir, hasta cierto punto. Hay, sobre todo en la obra de Engels, una crítica feroz a la planificación urbana tal y como existía en el siglo XIX. El barón Haussmann, encargado de la planificación urbana bajo Napoleón III, con sus bulevares para despejar los barrios obreros de París, fue uno de sus objetivos, al igual que los planes filantrópicos de viviendas del mismo periodo. Asimismo, Marx y Engels razonan en El manifiesto comunista que el comunismo debía erradicar la división entre la ciudad y el campo, algo que los urbanistas de la década de los años veinte se tomaron muy en serio".

Tanto es así que, partiendo de esa idea, el planificador trostkista Mijaíl Ojítovich concibió la metrópolis socialista del futuro como una ciudad muy semejante a Los Ángeles. En definitiva, una suerte de ciudad lineal extensa en la que se sucederían casas unifamiliares, zonas verdes y edificios comunitarios que, como el propio comunismo, tampoco llegó a hacerse realidad. A cambio, la farragosa burocracia central de Moscú provocó que los complejos de viviendas acabaran siendo idénticos en lugares tan dispares como Tashkent, capital de Uzbekistán, y Kiev.

Kiev ante el asedio

Salvo por alguna breve mención a países asiáticos como China y latinoamericanos como Venezuela, Paisajes del comunismo se centra en las naciones europeas de la órbita soviética. Entre ellas se encuentra Ucrania y, muy especialmente, Kiev que, debido a su capitalidad, fue una de las ciudades más beneficiadas por las acciones urbanísticas impulsadas por el Kremlin en el pasado. Como explicaba Hatherley en esta conversación mantenida hace pocos días, el diseño de la ciudad y su rica arquitectura podrían haber tenido un papel importante en un conflicto que ahora, por fin, parece alejarse de ella.

Un militar camina delante de un edificio bombardeado en Kiev, a 14 de marzo de 2022.

/ EFE/EPA/MIGUEL A. LOPES

¿Hasta qué punto influye la arquitectura en el desarrollo de una guerra?

El espacio urbano en la guerra puede ser muy importante. Así sucedió con el barón Haussmann y el París de de Napoleón III, cuyas anchas avenidas se pensaron para facilitar la represión de los revolucionarios en caso de una nueva insurrección urbana. No obstante, en el tipo de guerra brutal y de alta tecnología al que estamos asistiendo, no tengo tan claro hasta qué punto es importante. Lo que Rusia está tratando de hacer con, por ejemplo, Mariupol es, sencillamente, matar personas al azar y reducirlo todo a polvo para desmoralizar a la población.

A pesar de esa salvedad, ¿cómo de resistente o vulnerable es Kiev según su trazado urbanístico y su arquitectura?

Desde el momento en que la ciudad corre el riesgo de sufrir un bombardeo constante de la artillería, la respuesta sería que es muy vulnerable y no creo que su planificación pueda influir en ello. Sin embargo, si se tratara de un combate cuerpo a cuerpo al estilo de Stalingrado, sospecho que su tamaño, complejidad geológica, con su ancho río e islas y colinas empinadas, harían de ella una ciudad en la que sería muy difícil eliminar su resistencia por completo, excepto, como decía, si se la bombardea y se la arrasa como está sucediendo ya con Mariupol.

En 1941, Kiev sufrió un asedio de más de dos meses. ¿Cree que la ciudad actual podría resistir tanto tiempo?

No tengo experiencia militar, por lo que me resulta imposible pronunciarme en este sentido. En todo caso, la Kiev actual es una ciudad mucho más grande que la de entonces y, sin duda, la población tendría la voluntad de resistir, aunque tampoco podemos olvidar que el armamento empleado en esta guerra es mucho más potente.

El punto en que la avenida Kreschatyk se encuentra con la plaza de la Revolución de Octubre en Kiev, en una postal de 1979.

/ Capitán Swing

En su libro menciona Kreschatyk, una de las principales avenidas de Kiev, perfecta para desfiles militares. Cuando la URSS reconstruyó Ucrania después de la Segunda Guerra Mundial, ¿estaban sus líderes pensando en futuras invasiones?

No creo que los grandes bulevares construidos bajo el estalinismo fueran para un uso militar como tal. Estaban pensados para esas exhibiciones militares que, por supuesto, incluían desfiles de tropas y tanques, y que han continuado hasta fechas recientes. En todo caso, dudo de su eficacia real en la lucha, más allá de su uso contra la población local en un levantamiento urbano, como pudo planificar Haussmann en París.

¿Qué importancia podía tener en esta guerra la arquitectura del metro de Kiev, con la estación más profunda del mundo y amplios espacios en los que proteger a la población?

El tema del metro es un asunto muy diferente al de las amplias avenidas como Kreschatyk. Esa infraestructura se construyó pensando en la guerra y como refugio, dos hechos que reflejan que el posicionamiento militar de la URSS en la posguerra fue principalmente defensivo y no ofensivo. El metro de Kiev y el de Járkov se están utilizando en este momento como refugio, y es ahora cuando está resultando útil el entrenamiento que se le dio a sus trabajadores en ese campo, así como los suministros de agua y los baños que se planificaron para el caso de que hubiera una guerra. Por supuesto, es inusual que una arquitectura tan opulenta se use de esa manera, pero los sistemas de metro de la URSS siempre han sido muy particulares. En realidad, son su mejor legado.

Un pasaje abovedado bloqueado en Kiev, en los días del Euromaidan en 2014.

/ Capitán Swing

¿Cree que áreas diáfanas como la plaza Maidán, las arcadas de algunos edificios —que pueden facilitar la lucha guerrillera— o los rascacielos —desde donde apostar francotiradores– podrían ser relevantes en los combates?

No lo creo. Fueron relevantes en una insurrección urbana, como fue el levantamiento de Maidan de los años 2013 y 2014, al que hago referencia en el libro. En esa ocasión, el espacio del centro de Kiev se volvió decisivo para el desarrollo de ese levantamiento, porque los manifestantes sí que utilizaron la gran plaza de Maidan, el bulevar de Khreshchatyk y los francotiradores se colocaron en el rascacielos del Hotel Ukraina, construido en la época de Stalin. Sin embargo, como digo, me resulta imposible determinar qué puede ser relevante en una guerra como esta.

¿Cómo afectará este conflicto al patrimonio arquitectónico de Kiev y Ucrania?

No soy religioso, pero, si lo fuera, rezaría para que no hubiera un combate urbano en Kiev, al estilo de Stalingrado, cuerpo a cuerpo, casa por casa. Obviamente, deseo que la guerra termine lo antes posible, aunque reconozco que también me gustaría ver al gobierno ruso completamente humillado. No tengo ni idea de qué partes de la ciudad serían más vulnerables o serían más útiles para una resistencia. En todo caso, la destrucción de Kiev, una de las ciudades más bellas y complejas que se pueda uno imaginar, con una arquitectura fascinante y un paisaje urbano de prácticamente todas las épocas de los últimos 1.200 años, en el que es posible ver desde estilo bizantino hasta brutalismo, sería una pérdida incalculable para el mundo.

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