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MÚSICA

Muere a los 73 años Pau Riba, el trovador cósmico

El músico catalán había anunciado en diciembre de 2021 que sufría un cáncer de páncreas

El cantautor Pau Riba

El cantautor Pau Riba / Ferran Sendra

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La aventura cósmica de Pau Riba emprendió nuevos rumbos después de que el cáncer de páncreas contra el que batallaba desde hacía meses impuso sus designios, este domingo, terminando con su heterodoxa vida a los 73 años en su casa de Tiana, rodeado de la familia.

Perdemos a un alma libre de la música, trovador contracultural hasta las últimas consecuencias, hippie literal pero también 'punkie' de espíritu, y autor de algunas obras troncales en una lengua, el catalán, que él despeinó a gusto emparentándola con el canto ácido, la electricidad y la crítica a la moral tradicional. 

Este imaginario conservador con efluvios burgueses le envolvió desde su nacimiento y marcó su destino: nieto de los poetas Carles Riba y Clementina Arderiu, así como del también escritor Pau Romeva (uno de los fundadores de Unió Democràtica de Catalunya), Pau Riba, que nació accidentalmente en Palma el 7 de agosto de 1948, convirtió en canciones sus pulsiones críticas hacia el catalanismo costumbrista y biempensante.

Frente a la inspiración francesa dominante en la ‘nova cançó’, el joven Riba miró muy pronto hacia el folk anglosajón y la emergente psicodelia, fichando por el sello Concèntric (del que fue diseñador gráfico), donde se estrenó con un temprano epé de tres canciones (‘Taxista’, entre ellas). Els Setze Jutges lo rechazaron por la naturaleza asilvestrada de su voz, y por eso mismo fue promocionado por Concèntric: “té una veu de regadora, però una regadora pot regar tot un jardí”.

Bacanal psicodélica

Acogido por la ‘troupe’ del Grup de Folk, y estableciendo ahí una entente con el también cancionista Jordi Pujol, pasando por las armas el repertorio tradicional catalán, hizo explosionar todo su talento visionario en una obra, ‘Dioptria’, concebida como doble álbum si bien vio la luz en dos volúmenes separados.

En el primero, lanzado en diciembre de 1969, quiso arroparse por el grupo Om (incluyendo la guitarra, todavía eléctrica, de Toti Soler, y los teclados del recientemente finado Jordi Sabatés) en una bacanal de rock psicodélico con flautas bucólicas y marejadas de rhythm’n’blues, portador de invectivas antiburguesas y dardos hacia figuras femeninas pintadas como acomodadas y reprimidas, incluyendo el clásico ‘Noia de porcelana’.

El segundo ‘Dioptria’, grabado en 1970 tras la estancia de Riba en Formentera, en cuya playa de Migjorn descubrió el liberador LSD, encontró otros cómplices en Sisa y Albert Batiste en un cancionero más folk, heredero del fresco narrativo de un Bob Dylan, que en aquel tiempo se erigió como alta influencia junto al grupo británico de folk psicodélico Incredible String Band. Sendos álbumes precipitaron una ruptura de relaciones con Concèntric (aireada en un gracioso intercambio de cartas incluido en el libreto) e inspiraron una puesta en escena que, tras el veto del Palau de la Música, acabó encontrando encaje en el hoy desaparecido Gran Price de la calle Floridablanca.

El culto a 'Dioptria'

‘Dioptria’ se convertiría en pieza de largo culto, si bien son igualmente reseñables las obras que le siguieron, empezando por ‘Jo, la donya i el gripau’ (favorito del músico), con su folk encantado, grabado milagrosamente al aire libre, en la placidez familiar de su casa de Formentera, que carecía de agua corriente y luz. Y de ahí a la electrificación de ‘Electròccid àcid alquimístic xoc’ (1975) y ‘Licors’ (1977), registrado este, en parte, en el Bananamoon Observatory, del británico Daevid Allen (Soft Machine, Gong) en Deià (Mallorca).

Un Pau Riba más ‘showman’, que llegó a conectar con el espíritu del movimiento punk y con el emergente ‘underground’ barcelonés, como reflejó su paso por el festival Canet Rock, con el grupo Perucho’s. En los 80, su producción se hizo más espaciada, con ejemplares como ‘Transnarcís’, y en los 90 se interesó por la electrónica en alianza con sus hijos Pauet y Caïm, Pastora, en ‘Cosmossoma’.

La madurez no restó acidez al artista, que volvió a intrigarnos con ‘Virus laics’ (2008) y con su entente poética con Pascal Comelade en ‘Mosques de colors’ (2013). Sin pasar por alto la delirante trama místico-espacial de ‘Nadadales’ (2001), álbum de villancicos traspuestos que daría pie a un espectáculo revisitado año tras año en las fechas navideñas. También en este 2021, cuando, tras hacernos saber la naturaleza grave de su enfermedad, se rio de la muerte y de su propia sombra en una serie última de recitales, como el del Centre Artesà Tradicionàrius, en la que el público pudo despedirse de él sin perder la capacidad de asombro ni la sonrisa.

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