ENSAYO

Cuando el arte contra el sida no se cortaba ni con un cristal

Detalle del cartel ’Read My Lips’ (léeme los labios), creado por el colectivo Gran Fury en 1989.

Detalle del cartel ’Read My Lips’ (léeme los labios), creado por el colectivo Gran Fury en 1989. / Gran Fury

'Nadie miraba hacia aquí' rescata la memoria de los creadores y colectivos que en los peores años de la crisis del VIH utilizaron el arte para denunciar el silencio y la connivencia de gobiernos, farmacéuticas o medios de comunicación

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Nadie miraba hacia allí. Aunque desde finales de los años 60 estaba circulando por el país y en junio de 1981 se comunicaron los primeros casos oficiales de la enfermedad, Ronald Reagan, entonces presidente de Estados Unidos, no pronunció en público la palabra sida hasta octubre de 1985. Nadie miraba hacia allí. Y si lo hacían era de forma condescendiente o lastimera, cuando no directamente con odio. "El sida no es solo un castigo de Dios a los homosexuales, es el castigo de Dios a una sociedad que tolera a los homosexuales", decía el predicador Jerry Falwell, y el exalcalde de Houston Louie Welch llegaba a proponer como solución "disparar a los maricones".

A las personas que vivían con el VIH, entre ellas un puñado de artistas, no les quedó otra que organizarse para construir el contrarrelato. Y lo hicieron, dejando por el camino un reguero de carteles, flyers, pegatinas, camisetas, instalaciones, películas y otras acciones que constituyen lo que Andrea Galaxina, alias de la historiadora del arte Andrea Díaz Cabezas, llama "algunas de las obras más profundamente políticas y radicales de la contemporaneidad" en Nadie miraba hacia aquí. Un ensayo sobre arte y VIH/sida, el libro que ella misma acaba de autoeditar en su propio sello, El Primer Grito.

"La importancia del arte que se produjo en el contexto de la crisis del VIH/sida", escribe, "se asienta en que sirvió, en primer lugar, para articular todo el saber acumulado por el activismo antisida así como para difundir ese saber; también en que funcionó como un análisis político de la crisis señalando a los culpables y realizando una labor informativa. Y por último, en que transformó el cuerpo enfermo en cuerpo político".

Colectivos como Gran Fury en Nueva York, Akimbo en San Francisco o General Idea en Canadá se afanaron en una labor directa, radical y atravesada por la urgencia que a menudo cuestionó algunos de los asumidos tradicionales de lo que es arte y que en algunos casos trascendió las circunstancias y el entorno para el que se hizo.

El silencio es muerte

Tal vez el ejemplo más claro en este sentido sea Silence = Death, un póster ideado en 1986 para subrayar, en palabras de uno de sus seis autores, Avram Filkenstein, "los efectos letales de la pasividad ante la crisis". No puede ser más sencillo: sobre un fondo negro, un triángulo rosa con el vértice hacia arriba, una leyenda en blanco que dice "Silencio = muerte" y un pequeño texto llamando a la acción.

El triángulo hacía referencia a la marca de los prisioneros en los campos de concentración nazis, una circunstancia en parte problemática por lo que tenía de victimizante, si bien se equivocaron: la marca del genocidio es un triángulo invertido. No lo advirtieron hasta que vieron el póster ya impreso, pero acogieron el error, en parte porque así salvaban esos recelos que tenían "y también porque remitía a la espiritualidad New Age, que es un rollo en el que estaban todos un poco", explica Díaz Cabezas en conversación con EL PERIÓDICO DE ESPAÑA.

El cartel se pegó en las calles de Nueva York en marzo de ese año y se distribuyó por bares y librerías LGTB. Algunas, incluida la célebre Oscar Wilde, rechazaron el ofrecimiento a ponerlo. Pero 36 años después, ese poster y ese lema, silencio = muerte, siguen siendo un icono más allá del activismo en torno al sida que, como dice Andrea Galaxina, "cualquiera reconoce o le suena y que sigue funcionando a otros niveles como el racismo o la homofobia, porque sigue interpelando con la misma fuerza".

En portada del 'New York Crimes'

Entre todos esos nombres y colectivos que estaban utilizando el arte como arma contra la epidemia, que tampoco eran tantos, aunque sí muy activos y muy radicales en su mensaje, descuella Gran Fury, vinculado a ACT UP, el principal movimiento contestatario de personas con VIH. Finkelstein sería parte importante de este grupo integrado por 11 artistas que en la segunda mitad de los años 80 y primeros años 90 desplegaron una afilada actividad.

Sus acciones a menudo ocurrían en el espacio público. Fotocopiaban billetes de 10, 50 y 100 dólares con la inscripción "A la mierda con vuestros beneficios" para protestar contra la actitud de la industria farmacéutica y los repartían en Wall Street. Elaboraban su propia versión del New York Times para denunciar la insuficiente cobertura de la crisis por parte de los medios, el New York Crimes, idéntico en aspecto, abrían las máquinas expendedoras y envolvían con él los ejemplares del Times de ese día. Invitados a diseñar una campaña para los autobuses de Nueva York y otras ciudades, fotografiaron parejas de gais y lesbianas besándose, en un tiempo en que la desinformación, la homofobia y el miedo corrían libremente, bajo el título: "Besar no mata; la indiferencia y la codicia, sí".

El Papa y el pene

En 1990 el colectivo participó en la Bienal de Venecia, donde protagonizaron la que tal vez fuera su acción más sonada. En la obra El Papa y el pene rescataron a un tamaño de más de medio metro la imagen de un pene erecto que habían usado previamente en un póster para promover el uso del preservativo y la enfrentaron a una del Papa Juan Pablo II junto a un texto con unas declaraciones de un cardenal neoyorquino: "La verdad no está en los condones o las agujas limpias [...] La buena moral es una buena medicina". "Fue un escándalo", apunta Díaz, "el presidente de la Bienal amenazó con dimitir si se usaba la imagen del Papa, lo que consiguió el efecto buscado y no solo se habló masivamente de la obra sino que además ayudó a dar visibilidad a la situación de las personas con sida en Italia".

Gran Fury estuvo activo hasta 1996, cuando murió uno de sus integrantes, Mark Simpson. Su obra, y la de otros colectivos y artistas recogidos en las más de 240 páginas de Nadie miraba hacia aquí, contribuyó a logros concretos como que se flexibilizara la aprobación de medicamentos o que la definición de caso de sida que hacía el Centro Para Control y Prevención de Enfermedades de EEUU incluyese también afecciones que se desarrollaban principalmente en mujeres, una circunstancia que hasta que no fue reconocida había dejado sin diagnosticar a buena parte de la población femenina con VIH.

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Pero sobre todo abrieron una grieta. "Sus propuestas fueron absolutamente radicales", recuerda Díaz. "Cuestionaron, de manera bastante impactante, conceptos que están en la base de la historia del arte occidental desde el Renacimiento como la noción de autor, la originalidad, la singularidad de la obra... Y, en cierto modo, demostraron que el arte, quizá por sí solo no, pero sí que es un instrumento más para cambiar la realidad".

"Lo que nos dice el activismo contra el sida de aquellos años", concluye, "es que es posible transformar la realidad de una manera radical usando medios y estrategias que no son los que el sistema prevé. En un momento en el que nadie les hacía caso, en que estaban muriendo asquerosamente abandonados, tejieron una red de apoyo. Y el arte formó parte de esas estructuras".

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