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ENTREVISTA

Bárbara Blasco, novelista: "La culpa es un gran motor para escribir"

La autora, ganadora del premio Tusquets de Novela 2020, regresa con una historia de dos adolescentes ansiosas por vivir deprisa en la Valencia de los 80 y en la que se mezclan con maestría la ficción y la memoria

La escritora Bárbara Blasco (Valencia, 1972).

La escritora Bárbara Blasco (Valencia, 1972). / Miguel Ángel Montesinos

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Juan Cruz

A través de la pantalla de Zoom se ve su cuarto ordenado. Ella sonríe como si acabara de recibir una buena noticia, pero hay en su semblante, me parece, el aire de una pesadumbre, como si la novela que acaba de publicar y de la que hablamos, La memoria del alambre, estuviera aun resonando en su cabeza. Bárbara Blasco, "casi cincuenta años", valenciana. Autora de Dicen los síntomas, que fue premio Tusquets en 2018, publica ahora esta explosión de música, descubrimiento y melancolía en la que dos adolescentes aprenden de la vida… y de la muerte.

¿Cuánto de su vida hay en esta novela?

¿Cuánto de autobiográfico, dice?

No. Me refiero a su manera de ver la vida.

Es que los adolescentes de hoy son diferentes a mis contemporáneos. Pero tengo un hijo adolescente, así que… En la novela he tirado de mis propios recuerdos y, sobre todo, de mis propias sensaciones. Necesitaba volver a mirar el mundo a través de los ojos de la adolescencia, desde un momento duro. Porque yo tengo la infancia mitificada y en el momento en que salimos expulsados de ella, pues… te marca muchísimo. Si a eso le sumas una serie de circunstancias, similares a las que yo viví, pues tienes una historia dura.

A veces creo que lo que realmente me ha pasado es lo de la novela. O sea: la novela ha cambiado mi pasado"

¿Una historia dura y equivalente a las que sufren las protagonistas de su novela?

Bueno, no exactamente así, pero sí que he sacado cosas directamente de mi propia experiencia. A mis amigas y a mí nos pillaron robando en El Corte Inglés, nos fuimos con unos tíos mayores y nos besamos y nos dieron dinero… Bueno, eso no es cualquier cosa. Pero hay muchas anécdotas a las que les he agregado ficción para ponerlas al servicio de la historia. Cuando ahora intento volver a mis recuerdos originales, resulta que esos recuerdos han cambiado. Y a veces creo que lo que realmente me ha pasado es lo de la novela. O sea: la novela ha cambiado mi pasado. No sé si es bueno o es malo, sólo sé que es extraño. Tal vez porque la memoria es literatura.

En este libro hay tanta memoria como dolor.

Sí, sí. Yo creo que perdemos algo doloroso en la adolescencia. En este caso está simbolizado por Carla, por la muerte de esa amiga, que no se sabe si es un suicidio o una muerte. Bueno, podemos decir que es un suicidio que tiene que ver con abusos sexuales. Algo que en los años 80 vivíamos casi con toda normalidad, visto con los ojos de ahora, claro. Ser mujer en aquella época era bastante arriesgado.

Es un abuso que también sufre la propia protagonista de la novela.

Sí. Yo creo que lo que quería trabajar era la culpa. Los mecanismos de la memoria, también. La música. Y uno va profundizando y uno luego ve que todo trata sobre la culpa. Una culpa que va profundizando en los puntos oscuros de la memoria y en cómo hay que mirar de frente todo eso y perdonarse.

En el tema de los abusos, ¿cree que ahora ya no se producen tanto o se producen menos o es algo de siempre?

Yo creo que hay cosas que seguirán. Pero sí creo que hay un cambio grandísimo con la llegada de Internet y luego de las redes sociales. Hoy, además, el feminismo nos ha cambiado. Hoy una víctima ya no piensa que tiene que aguantar. Todo el tema de la cancelación, de los hombres que abusan y del consentimiento, es más complejo. Si hay algún autor que es pederasta, sí lo cancelaria. A él, pero no su obra. Es mucho más importante adjetivar que censurar.

En el libro hay un momento en que se tuerce el alambre. Ese momento en que también se tuerce la adolescencia. ¿Puede describir ese momento?

Bueno, es difícil. Sólo tengo tres novelas, pero es la primera vez que cuando empecé ya tenía toda la historia y también el título. Me pareció que cuando se pierde la inocencia no hay marcha atrás. Ya no miras la vida igual. Y es la antesala de hacerte adulto. A mí, por ejemplo, me encantaría ver la vida como cuando era niña, pero me es imposible. Me es imposible desde que fui adolescente.

La autora, en una librería de su barrio de Valencia, Ruzafa.

/ Miguel Ángel Montesinos

La novela incluye todos los elementos propios de la adolescencia: Dios, la muerte, la amistad, la música, el sexo y "una chica sin porvenir", como dice en un momento de la historia.

Sí. Pero todo eso que has dicho no son sólo las preocupaciones de la adolescencia. Siguen ahora. Yo tengo casi 50 años y esas siguen siendo mis preocupaciones. No cambiamos tanto después de la adolescencia.

De todo eso que ocurre en la novela y, probablemente, en su vida, ¿qué quedó intacto?

Pues he intentado mantener intacta la capacidad de sentir. El precio de mantener algo de inocencia pasa por aceptar que uno va a sufrir más. Quiero pensar que hay algo de esperanza e inocencia que he tratado de mantener resguardadas, con muchísimo sufrimiento. Pero a mí por lo menos me sirve.

Tal vez porque cuando eres adolescente ya no miras tan distinto a un adulto. Porque te das cuenta de que pronto te convertirás en uno de ellos.

Sí. Es terrible eso, eh. Por eso esa época tiene tanta intensidad. Pero, por otra parte, hay unas ganas desbordantes por descubrir y vivir. En algún momento la protagonista de mi novela lo define como "un tumor creciendo en una piel extraña".

No me gusta haberme acostumbrado a la vida adulta. No me gusta que haya que hacer cosas para conseguir dinero"

Ahora que es adulta, ¿qué cosas añora de la adolescencia y qué cosas no le gustan de ser adulta?

No me gusta haberme acostumbrado a la vida adulta, precisamente. No me gusta que haya que hacer cosas para conseguir dinero. No me gusta que todo gire alrededor del dinero. No me gusta la volubilidad de las personas, no tener una idea clara. Tengo una idea y luego llega algo y me lo derrumba. Y recuerdo que en la adolescencia aceptaba más las cosas. Ahora veo más injusticias, menos esperanza también.

Antes hablaba de la culpa. La culpa siempre está presente. A veces sentimos culpa, incluso, de lo que hacen los otros.

Totalmente. A mí me darían ganas de decirle a mi protagonista: ¡no tengas culpa! Pero, mira: la culpa es un gran motor para escribir, para ir al psicólogo… La culpa, lo dije el otro día, es de buenas personas. Es lo que nos distingue del malo, del psicópata: que sentimos culpa cuando hacemos daño a los demás. Es verdad que ahora no está bien visto tener ciertos valores de la religiosidad, pero está bien tener algunos, sin pasarse. Sin culpa, por ejemplo, no tendríamos a Buñuel.

Sin culpa no tendríamos este libro.

Tampoco. Seguro que no.

¿Le dolió escribirlo?

Mucho. Pero también me alivió. Creo que no me había dado cuenta pero, de alguna manera, estaba anclada en la adolescencia. Y estaba un poco harta de eso. Entonces, para salir de eso, escribí. Me sumergí en la adolescencia a través de la ficción y ahora es como si me hubiera drenado.

Todo el libro está lleno de música. Pero al final se para esa música, justamente muere Clara y, como se dice en el libro, "luego el ruido del tren se lo tragó todo". ¿Qué impacto ha tenido en su vida la música?

Pues no soy una persona que oiga mucha música porque casi siempre acabo llorando. Pero tal y como escuchamos la música en la adolescencia, no volvemos a hacerlo. En esa época de la vida la música es muy importante. Porque va directamente a la emoción y produce sensaciones que uno no controla.

A lo mejor los libros llevan su propia música, pero el lector los escucha con otra.

Ojalá. Espero que cada lector llene la novela de la música que quiera, para que la disfrute y la haga suya.

¿Cómo le dejó esta escritura?

Pues ya he tenido tiempo para recuperarme, pero me dejó bien. Solté cosas, les di sentido y eso me sirvió mucho.

Me da la impresión de que tiene dentro una pregunta que no ha logrado responder.

A ver, estos meses los he pasado un poco mal. Pero son épocas. Todo va subiendo y bajando. Yo creo que hay heridas que se cierran, pero luego se activan cuando uno vuelve a sufrir. Pero… ¡bendito dolor! Porque nos hace sentir.  

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