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MANOLITA CHEN

El teatro chino que desafió a la censura

Un libro recupera la figura de Manolita Chen, vedete y empresaria que, desde los años 50 a los primeros años de la democracia, lideró junto a su esposo Chen Tse-Ping uno de los teatros portátiles más populares y rentables en España

Una entrada para el Teatro Chino de Manolita Chen.

Una entrada para el Teatro Chino de Manolita Chen. / Almuzara

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Eduardo Bravo

En 2017 falleció en Sevilla Manuela Fernández-Pérez. La que fuera una de las grandes vedetes de la escena española tenía noventa años y su situación económica era tan precaria, que su incineración tuvo que ser sufragada por amigos y admiradores. En 1944, Manuela había contraído matrimonio con el artista chino Chen Tse-Ping, al que había conocido trabajando en el Circo Price de Madrid. Tres años más tarde, fundaron su propia compañía ambulante que, en 1950, se convertiría en el mítico Teatro Chino de Manolita Chen.

Heredero de los teatros de la legua, el teatro portátil fue, durante mucho tiempo, una de las pocas diversiones de las que disfrutaban aquellas poblaciones que carecían de teatros de piedra o ladrillo. Este hecho, sumado a sus llamativos carteles, sus reclamos hiperbólicos —"escenario panorámico en tecnicolor"—, la precariedad de la sociedad española —"con potente calefacción"— y una propuesta escénica para todos los gustos en la que cabían magos, humoristas, malabaristas, cantantes, ventrílocuos, antipodistas y un cuerpo de baile cuyo atuendo —o su falta de— desafiaba la censura nacionalcatólica, convirtió al Teatro Chino en un éxito de público y un negocio muy rentable.

El Teatro Chino de Manolita Chen en los años 60.

/ Almuzara

"Al principio, para aposentar el teatro solo era necesario pagar un canon por el agua y la luz. Como cortesía, se acostumbraba también a regalar entradas para que la gente del Ayuntamiento las repartiera entre sus amigos o los vecinos. Posteriormente, la cosa cambió y los empresarios tuvieron que pujar por los terrenos en los que se instalaba la carpa, llegándose a pagar, ya en los años 80, cantidades que alcanzaban los diez, quince o veinte millones de pesetas. Era mucho dinero, pero en ferias grandes, como Sevilla, el Teatro Chino de Manolita Chen podía hacer diez o doce funciones diarias. La primera empezaba por la tarde y la última acaba a las ocho de la mañana del día siguiente. Si calculas que el teatro tenía mil localidades, que se vendían a dos, tres, cuatro o cinco mil pesetas cada una, durante los diez días que duraba la feria se sacaba muchísimo dinero", explica Juan José Montijano Ruiz (Granada, 1977), Doctor en Filología Hispánica y especialista en teatro de humor contemporáneo, que acaba de publicar en la editorial Almuzara El Teatro Chino de Manolita Chen, libro que recorre la vida y trayectoria profesional de esta vedete y empresaria.

Competencia desleal

La demanda de público era tan grande y el negocio tan jugoso que la competencia entre las empresas de teatros portátiles se tornó realmente salvaje. En el caso del Teatro Chino de Manolita Chen, sus rivales no dudaron en hacer correr todo tipo de bulos sobre la pareja propietaria con intención de desprestigiarla. Por ejemplo, que Chen Tse-Ping había asesinado a su primera mujer durante el número del lanzador de cuchillos o que Manolita Chen era en realidad un hombre. Para generar aún más confusión sobre este particular, el empresario Antonio Encinas registró el nombre artístico de Manolita Chen y presentó en su teatro, como si fuera la original Manolita, a una mujer transexual de Arcos de la Frontera, famosa por ser la primera persona transexual en España en adoptar a una niña que además tenía síndrome de Down. Para continuar con su particular ceremonia de la confusión, Encinas registró la denominación de Teatro Chino, lo que obligó al matrimonio Chen a renombrar su espectáculo como Teatro Circo Chino para evitar problemas legales.

Finalmente, estas arteras estrategias, sumadas a la aparición de nuevas formas de ocio doméstico como la televisión y a los cambios en los gustos de una sociedad que dejaba atrás la dictadura y se abría a la democracia, provocaron que sobre el Teatro Chino de Manolita Chen cayese el oprobio, la ruina y el olvido. "Más allá de todo eso, el verdadero principio del fin del Teatro Chino fue cuando Chen Tse-Ping quiso montar una compañía de teatro estable", puntualiza Montijano Ruiz. "Él era empresario de teatro portátil, no de teatro de cara, y eso se dejaba notar mucho en la clase de espectáculo que ofrecía. Su idea era ganar más dinero, pero sucedió todo lo contrario. Perdió cantidades ingentes con una compañía que se llamaba El león rojo y financiando espectáculos como Satán azul de Alfonso Santisteban [el célebre compositor de bandas sonoras y sintonías televisivas] y Marisa Medina que, como vieron que tenía mucho dinero, le calentaron la cabeza".

Arte libérrimo

La propuesta de Manolita Chen y Chen Tse-Ping no era realmente novedosa. Antes de ellos, teatros como el Teatro Argentino o el Teatro Circo Cirujeda ya programaban actuaciones circenses, canciones, humor y algo de sicalipsis. Sin embargo, fue el talento de la pareja en el campo de los negocios y el espectáculo lo que hizo que el Teatro Chino de Manolita Chen despuntase por encima del resto de competidores.

"El lujo y la espectacularidad con los que Manolita trataba los cuadros y estampas que formaban parte de sus espectáculos eran diferentes a los de los demás teatros", comenta Montijano Ruiz, que destaca también el atractivo que tenía para el público la propia artista. "En el escenario se comía al público. Era como la Gilda de los teatros portátiles. Era una gran admiradora de Celia Gámez e interpretaba las canciones que ella había popularizado en los teatros madrileños, como Estudiantina portuguesa de La hechicera en palacio o El beso de La estrella de Egipto. Además, tenía la ventaja de contratar a los mejores artistas, los más brillantes, los que más renombre tenían. Ahí también marcó la diferencia".

Por el teatro Chino de Manolita Chen pasaron muchas de las grandes figuras del teatro de variedades de la época. Entre ellos, la pareja Mavi-Pajares —formada por Andrés Pajares y su primera mujer, Mavi Burguera—, Fernando Esteso, Porrina de Badajoz, Antonio Molina en su última época, Los Hermanos Calatrava, El Fary o Marifé de Triana. "Luego, con el auge de la televisión en los años 80, los grandes humoristas que pasaron por programas como Un, Dos, Tres… también actuaron en teatros portátiles. En el caso de Manolita Chen, contrató a las Hermanas Hurtado, a Arévalo, a Manolo Cal, a Manolo de Vega, a Fedra Lorente y a Bigote Arrocet. Además de estos artistas conocidos, hubo otros anónimos que, lamentablemente, han sido relegados al olvido y algunos más que, una vez que se hicieron famosos, no han querido nunca reconocer que comenzaron sus carreras con Manolita Chen", recuerda Montijano Ruiz.

A pesar de su enorme éxito popular, de que artistas internacionales como Benny Hill se declararon admiradores del Teatro Chino o de que Francisco Umbral le dedicase varios artículos elogiosos en los que llegaba a afirmar que Manolita y Tse-Ping habían "inventado la participación en el espectáculo mucho antes que los teóricos del teatro moderno", la propuesta artística de esta pareja de empresarios siempre fue controvertida. Para la censura franquista, la Iglesia y el público más reaccionario, se trataba de un espectáculo irreverente, inmoral y pecaminoso; para los colectivos de izquierdas, no era más que una sarta de números alienantes, de ínfima calidad y en los que abundaba la sal gruesa, el machismo, la homofobia, la transfobia, la xenofobia y la chabacanería.

"Ni la derecha ha entendido nunca de cultura ni la izquierda es tan abanderada de la cultura como se cree. Las dos ideologías, retrógradas y pacatas, han menospreciado a artistas únicamente porque eran de la ideología contraria, por tanto, ninguna de las dos tienen capacidad intelectual suficiente para tachar de inmoral o de chabacano un espectáculo", afirma Juan José Montijano Ruiz. "Las obras de arte —continúa— son hijas de su tiempo y así hay que entenderlas. El Teatro Chino de Manolita Chen debe ser visto como un espectáculo que surgió a finales de los años 40 y llegó hasta mediados de los 80. A lo largo de todo ese tiempo le tocó vivir un régimen dictatorial, una Transición, una democracia y los primeros años del gobierno de Felipe González. Se podría decir que Manolita Chen era 'de los que mandaban', y de hecho ella comentaba que nunca tuvo ningún problema con Franco, a pesar de que la censura estaba muy pendiente de todo lo que oliera a sexo o perversión moral. Sin embargo, ella me confesó que era socialista, que siempre lo llevó muy a gala y que votaba al PSOE. Un ejemplo claro de que la cultura y el arte deben ser absolutamente libérrimos".

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