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'Licorice Pizza' o el Paul Thomas Anderson más relajado

Fotograma de ’Licorice Pizza’, de Paul Thomas Anderson.

Fotograma de ’Licorice Pizza’, de Paul Thomas Anderson. / UNIVERSAL PICTURES

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Nando Salvà

Entre miles de cosas más, las películas de Paul Thomas Anderson retratan a gente en constante movimiento. A Philip Baker Hall pateando las moquetas de un casino en Sydney (1996). A Adam Sandler corriendo desesperado a través de calles oscuras en Embriagado de amor (2002). A Daniel Day-Lewis tambaleándose por la bolera que su sótano alberga en Pozos de ambición (2007). A Joaquin Phoenix en The Master (2012), acelerando su motocicleta hacia el horizonte hasta desaparecer del campo de visión de su perplejo mentor. Y los personajes de Licorice Pizza, cómo no, siempre corren con prisa hacia algún sitio, incluso cuando viajan marcha atrás -hay que ver la película para entenderlo-; lo que distingue a Gary y a Alana de esos predecesores es que su fuerza motriz es el cosquilleo que causan las mariposas que les revolotean en el estómago, y también la paternal ternura que Anderson evidencia mientras los contempla.

En ese sentido, Licorice Pizza (que llega este viernes a los cines tras su estreno limitado en un puñado de salas el 28 de enero) es lo más parecido a una obra nostálgica que hay en la filmografía del director californiano, aunque casi todos sus largometrajes previos también recreen una época perdida en la historia. Pozos de ambición nos transportó a una versión del Oeste regada de petróleo, The Master recreó la dañada América de la posguerra, El hilo invisible (2017) viajó al mundo de la moda londinense de los años 50, ‘Puro vicio’ (2014) penetró en la resacosa contracultura californiana de los 60, y Boogie Nights (1997) retrató cómo, en su país, la buena onda de los 70 dio paso a la histeria farlopera de los 80. De acuerdo a esa cronología Licorice Pizza se sitúa entre esas dos últimas películas aunque, eso sí, apenas se detecta en ella la atmósfera de paranoia que las otras derrochan. Lo que sí transmite es la misma ansiedad causada por la búsqueda de estatus que Boogie Nights y Magnolia (1999); como ambas, está ambientada al lado de Hollywood, en el Valle de San Fernando, donde su autor creció en estrecho contacto con el mundo del espectáculo. En realidad, todas las películas de Anderson son retratos de hombres que emprenden, que ansían poder, que quieren ser grandes

También son romances, aunque no necesariamente del tipo romántico. Anderson cuenta historias de personajes unidos por vínculos que aparentemente vienen determinados por el destino y que son salvajes, indomables y misteriosos; en todo caso, el título de su carrera al que Licorice Pizza (nominada al Oscar a mejor película) más se parece en ese aspecto es El hilo invisible, porque también es la historia de una mujer que negocia su posición emocional y profesional en la vida de un hombre voluble, y porque también sugiere que Ahora igual que entonces, Anderson reconoce que una pareja idónea exige actitudes compatibles frente al conflicto, saber lidiar con las tendencias antagonistas de la otra persona.

Alana y Gary son personajes genuinamente andersonianos también de otras maneras; ella se emparenta con otras chicas de seductora indolencia que pueblan el trabajo del director, como la Roller Girl de Boogie Nights y Shasta Fay Hepworth en Puro vicio, y él casi puede entenderse como un compendio: por un lado, posee una mezcla de la madurez sexual de la que la estrella del porno Dirk Diggler exhibía en Boogie Nights y la precocidad del niño prodigio Stanley Spector de Magnolia, ansioso por ser tomado en serio. Por el otro, atesora las pretensiones ilimitadas de Daniel Plainview, el protagonista de Pozos de ambición, aunque sin un ápice de su hostilidad. Y, como prácticamente todos los personajes masculinos creados por Anderson, Gary no tiene relación alguna con su padre.

Paul Thomas Anderson, en el rodaje de 'Licorice Pizza'.

/ UNIVERSAL PICTURES INTERNATIONAL

En Licorice Pizza, eso sí, la ausencia paterna no parece acarrear conflicto alguno, y por tanto demuestra que la evolución del director en ese sentido -la rabia y la desesperación que las vínculos paternofiliales transpiraban en sus primeras películas fue gradualmente dando paso a la comprensión y la empatía- se ha completado. Y quizá no sea casual que, al mismo tiempo, Anderson haya ido experimentando un proceso general de refinamiento artístico, y que su obra haya dejado progresivamente de evidenciar su necesidad de demostrar su increíble talento. Después de dirigir ocho películas vehiculadas por tormentos interiores, con la novena finalmente da la sensación de haberse relajado. Es cierto que aprovecha la historia de Gary y Alana para recuperar varios de sus viejos hábitos narrativos -el gusto por las bandas sonoras llenas de greatest hits no necesariamente obvios, el rigor estético y la extraordinaria atención al detalle-, pero si al ver sus películas previas uno casi puede sentir el mismo dolor que a buen seguro él sintió al rodarlas, Licorice Pizza principalmente transmite gozo y diversión. 

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