ANÁLISIS

Arte para... ¿un mundo mejor?

Al hilo de exposiciones y actividades recientes, el autor pone en tela de juicio ciertas prácticas artísticas cuyo discurso comprometido se agota en la enunciación de una consigna.  

El ’Concierto para el Bioceno’ de Eugenio Ampudia en el Liceu.

El ’Concierto para el Bioceno’ de Eugenio Ampudia en el Liceu. / Quique García

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Joaquín Jesús Sánchez

En junio de 2020, coincidiendo con el advenimiento de la "nueva normalidad", el artista conceptual Eugenio Ampudia llenó de plantas el Gran Teatre del Liceu de Barcelona. Concierto para el Bioceno, decían los carteles. Las 2292 macetas, sacadas de un vivero cercano y acomodadas cada una en su butaca, disfrutaron de una conmovedora pieza para cuerdas de Puccini. Después, las plantas se entregaron como obsequio a los sanitarios del hospital Clínico. Finalmente, las imágenes del evento, suntuosas y solemnes (cualquier cosa en el Liceu lo es), se expusieron en la galería Max Estrella de Madrid. En noviembre de 2021, la acción se "rehízo" en el Real Coliseo de Carlos III, en El Escorial, esta vez con música de Boccherini.

Para valorar las propuestas cargadas de buenas intenciones es preciso cuantificar sus consecuencias. En el caso de Ampudia, el resultado se salda con una extraordinaria repercusión en medios, una disputa con Perejaume (artista catalán que venía trabajando asuntos similares, si bien con plantas autóctonas y con menos fanfarria) y las posibles ventas con que se saldase la exposición. El bioceno no parece haberse dado por aludido.

Recientemente, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) hospedó Ciencia fricción. Vida entre especies compañeras, una exposición que, mediante obras de arte, tecnología inmersiva y cultivos geobiológicos, intentaba convencernos de una premisa que les resulta evidente: "la especie humana no es una especie excepcional ni superior". La muestra contaba con obras sorprendentes, como The Museum of the History of Cattle, una cronología del mundo contada por las vacas. Hay, por supuesto, veladas comparaciones entre el Holocausto y la estabulación, pero todo ello en un lenguaje perfectamente humano, sin ningún rastro de sintaxis bovina.

Gustafsson & Haapoja, The Museum of the History of Cattle, 2013-2021

/ CCCB, 2021 La Fotogràfica

Un último par de ejemplos: dos exposiciones interesadas en las protestas. Una, Indignadas, de María María Acha-Kutscher, en la que la artista "traslada" imágenes de mujeres en distintas revueltas a unas lonas mediante impresión digital con colores planos. Ignoro si las protagonistas de estas imágenes cartooneras, con sus caras de rabia y sus ademanes valientes, saben que el riesgo que corrieron defendiendo (como se dice ahora, "poniendo el cuerpo") tal o cual derecho ha servido para el lucro de unos agentes del mercado del arte. Dos, Al servicio de la visión, cincuenta escudos-espejos repartidos por Marco Godoy en las recientes protestas chilenas, que protegen a la vez que permiten deslumbrar a la policía. Se desconoce la influencia que tuvieron el medio centenar de artefactos en el resultado de las algaradas, pero me da que no es comparable a los célebres cañones de Waterloo.

El arte de denuncia no es ninguna novedad, y es innegable que el compadreo con alguna causa justa engalana notablemente los proyectos propios. No quisiera discutir aquí el complejísimo tema de la capacidad política del arte (cuestión que nos obligaría, primeramente, a definir ambos términos), sino referirme a aquellas obras cuyo comprometidísimo discurso se agota en la enunciación de una consigna.

Apuntarse al carro de las luchas emancipadoras desde la comodidad de las prácticas artísticas (que, aunque extenuantes, lo son menos que los porrazos de los antidisturbios) puede ser cándido, pero también cínico. Más, cuando las obras no siguen otra vereda que la que conduce a las paredes del museo o del salón de algún coleccionista. Destinos maravillosos, pero no precisamente revolucionarios.

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Hace unos meses pudimos ver en el MACBA una retrospectiva, muy mal planteada, de un artista extraordinario. Felix Gonzalez-Torres, que se ocupó de temas tan indisimuladamente políticos como la epidemia de sida que asoló, física y moralmente, a la comunidad homosexual en el último tercio del siglo pasado, nos ofrece un ejemplo valioso sobre cómo enfrentar, poéticamente, temas espinosos. Son conocidos los carteles con camas desechas y vacías, con los que Gonzalez-Torres empapeló distintas ciudades a comienzos de los 90, mostrando, en un soporte publicitario de gran formato, una imagen de la soledad y el dolor que la sociedad se estaba esforzando en ocultar. Son obras de una belleza sobria y sobrecogedora, que se escapan a las lógicas del coleccionismo y del mercado, y que confrontan especialmente a aquellos que no quieren ser interpelados.

Una imagen de la exposición "Felix González-Torres. Política de la relación", que el MACBA acogió el año pasado.

/ Roberto Ruiz

Podría citar una ristra de ejemplos en este sentido, como la formidable retrospectiva que el Reina Sofía dedicó a Beatriz González, pionera del arte pop en Colombia y artífice de una brillante producción en torno a "esa historia que la Historia no cuenta", o a Luis Camnitzer, artista conceptual inteligentísimo con una trayectoria difícilmente sintetizable, que se ha ocupado en reiteradas ocasiones de retratar los conflictos sociales de América Latina. Pero, más que comparar exposiciones o artistas, interesa juzgar el modo en que unos y otros se enfrentan al tema. Se trata, en definitiva, de discernir si la crisis climática, los derechos de los animales o tal reivindicación es o no un mero barniz con el que rentabilizar, ya sea simbólica o monetariamente, luchas que otros pelean. Parece obsceno que, al salir del encierro provocado por una pandemia que ha dejado miles de muertos, hagas un concierto para plantas. Tiene la endeblez y fugacidad de las ocurrencias: fuese y no hubo nada. Sin embargo, cuando se emplean las herramientas de las artes para algo más que la mera constatación o el calco, cuando se evita la repetición (formal o estética) de la injusticia que se dice denunciar, ocurren cosas formidables. Como, por ejemplo, que los desconocidos porteadores de cadáveres que dibujó González o los lejanos represaliados chilenos aludidos por Camnitzer nos estremezcan, a pesar del tiempo y la distancia.