Patrocina:

ENTREVISTA

Gisele Sapiro: "Los mensajes racistas se valen de la ficción para escapar a la justicia"

Académica de relieve en Francia y feminista que se opuso al ‘manifiesto contra el puritanismo sexual’ de Catherine Deneuve y otras relevantes mujeres francesas, publica en España ¿Se puede separar la obra del autor?, donde reflexiona sobre por qué no hay que premiar a Polanski ni leer a antisemitas.

La socióloga francesa Gisèle Sapiro.

La socióloga francesa Gisèle Sapiro.

7
Se lee en minutos
Manuel Guedán

Desde hace unos años, el debate no ha dejado de crecer en las redes y fuera de ellas: ¿qué hacemos con la obra de los artistas que han cometido delitos sexuales? ¿Y con los que defendieron posiciones xenófobas o antisemitas? ¿Y con aquellos que apoyaron dictaduras o regímenes criminales? ¿Seguimos reeditando libros que hacen apología de la pederastia?¿Premiamos a directores acusados de violación?

Recientemente se ha publicado en España ¿Se puede separar la obra del autor? (Clave Intelectual). La socióloga Gisèle Sapiro, discípula de Pierre Bourdieu y con una prestigiosa trayectoria en Francia, recibió el siguiente encargo de la editorial Seuil: escribir un ensayo que intentara poner pausa y rigor en el debate, atendiendo a las particularidades de cada caso. A continuación se decretó el confinamiento, lo que significaba tener tiempo —aunque también mucha más dificultad para acceder a algunas fuentes bibliográficas— y ella aceptó.

El libro trae un prólogo de Elizabeth Duval que ayuda a situar la cuestión en España, donde ha tenido mucho menos desarrollo que en Francia o el mundo anglosajón. En esas páginas Duval confiesa su adoración por la poesía de Gil de Biedma, pero sin obviar por ello su episodio de pederastia y prostitución de menores en Manila. Y nos recuerda también cuando, en 2019, Albert Rivera declaraba que Cristina Morales, reciente Premio Nacional de Narrativa, "no debería cobrar ese dinero del pueblo español" por haber dicho que se alegraba de los disturbios posteriores al 1 de octubre en Barcelona.

Ya en el ensayo, Sapiro estudia con minuciosidad el caso de Peter Handke, cuyo Premio Nobel desató numerosísimas críticas por parte de quienes le consideraban un defensor de Slobodan Milosevic; pone en cuestión la pertinencia de seguir premiando a Roman Polanski cuando pesan sobre él nuevas acusaciones de violación que no pueden ser juzgadas por haber prescrito; y repasa el caso de Gabriel Matzneff, autor que ha relatado reiteradamente en libros de no ficción sus encuentros sexuales con menores -en España el asunto tuvo cierta repercusión cuando se publicó El consentimiento, donde la escritora Vanessa Springora daba a conocer su versión de cómo habían sido aquellos encuentros en los que ella tenía 14 años y Matzneff, 49-.

Casos muy diferentes

Preguntada por la recepción del libro en Francia, Sapiro responde que "en realidad, yo he reunido en un solo libro casos muy diferentes para poder tratar el tema en su conjunto. Creo que esa es la razón por la que mi ensayo ha tenido tan buena acogida". Fue precisamente el caso Polanski el que dio origen a la única crítica negativa: "Fue en Le Monde des libres. El crítico se sorprendía de que yo me mostrara más severa con el comportamiento privado que con los posicionamientos ideológicos: es una lectura extraña, porque por un lado la violación de Polanski se dio en un marco profesional, en absoluto privado, y por otro lado no soy indulgente con lo ideológico. También he tenido uno o dos ataques raros, muy violentos, muy marginales, con un planteamiento claramente sexista y de derechas, a los que no respondí. Ah, y un ataque de Emmanuel Pierrat, abogado de Matzneff, que vio en mi libro -el cual obviamente no había leído- una prolongación de la cultura de la cancelación norteamericana. A él sí le respondí públicamente".

El director de cine Roman Polanski llega en 2015 a un tribunal Cracovia que debía estudiar su posible extradición a EEUU por violar a una menor en los años 70.

/ Kacper Pempel

Cuando tuvo lugar el terremoto del #MeToo, en Francia algunas actrices y escritoras, como Catherine Deneuve, Catherine Millet o Briggitte Sy, firmaron un manifiesto, sin réplica en otros países europeos, contra el "puritanismo sexual". Las firmantes condenaban la conducta de Harvey Weinstein y otros abusadores, pero defendían "la libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual".

"El manifiesto" dice Sapiro, "lo firmaron mujeres dominantes que reproducen la dominación masculina en nombre de la libertad sexual. En su opinión una mujer debe aceptar el coqueteo insistente y torpe, e incluso dejarse tocar en el trabajo o en el metro, y hacerlo por compasión con la pobreza sexual ajena. Para ellas, eso no afecta a su dignidad ni a su integridad. Por supuesto, este manifiesto reconfortó al mundo masculino dominante, que sigue convencido de su poder de seducción. A los hombres poderosos que abusan de su posición de poder les preocupa su carisma y no sus víctimas, a las que cosifican cuando interpretan sus negativas como coquetería. Este manifiesto, que se desmarcó de las feministas del MeToo, contribuyó a desacreditar el movimiento al hacerlo pasar como un radicalismo procedente de Estados Unidos y ajeno en todo a la cultura francesa".

"El manifiesto lo firmaron mujeres dominantes que reproducen la dominación masculina en nombre de la libertad sexual"

Precisamente para poner coto tanto a los abusos, como a ese "coqueteo insistente y torpe", que puede darse en el entorno laboral, la autora propone "una deontología de las relaciones de trabajo en las artes colaborativas como el cine, el teatro, la ópera, la danza o la moda. Algunas organizaciones profesionales ya lo están pensando. En cuanto a las artes individuales, no se puede establecer una deontología, pero existe una ética de la profesión del escritor o del artista, una ética individual de la creación que remite a la responsabilidad subjetiva del autor, y una responsabilidad de los intermediarios culturales".

La intención importa

En los casos que tienen que ver con posicionamientos ideológicos conflictivos, uno de los principales elementos a dirimir es cuál era la intención del autor, ya sea de un ensayo o de un monólogo cómico. "En nuestras democracias liberales, los escritores y artistas son libres de desafiar el orden social y criticar los regímenes o las religiones -explica la autora-, pero no de incitar al crimen o dañar la dignidad y la reputación de individuos o grupos por su origen, religión, género o preferencia sexual. En estos casos, los tribunales deben juzgar el delito".

El problema no es la libertad de expresión, sino que ahora los mensajes racistas se valen de la ficción para escapar a la justicia

En ese sentido, Sapiro niega que la libertad de expresión esté hoy en riesgo: "Las decisiones de los tribunales confirman que la justicia tiene en cuenta la dimensión ficticia de los textos, excepto cuando se trata de difamación o invasión de la intimidad. El problema no es la libertad de expresión, sino que ahora los mensajes racistas se valen de la ficción para escapar a la justicia, como en el caso de la revista Valeurs actuelles. Allí se publicó una historia en la que una diputada de La France Insoumise [el mayor partido de la izquierda francesa actual] aparecía retratada como una esclava, con dibujos que la mostraban con un collar de hierro al cuello; los esclavistas eran africanos y no europeos. Ella presentó una denuncia por 'injurias públicas contra un particular en razón de su origen' y el semanario argumentó que se trataba de una ficción. En este caso no fue suficiente y el autor de la noticia y la redacción fueron multados".

El ensayo aborda también uno de los casos más difíciles de digerir para el canon occidental, el de Heidegger. Los Cuadernos negros, protegidos en su día y publicados finalmente entre 2013 y 2015, arruinaron décadas de esfuerzos destinados a preservar la figura del filósofo alemán. En ellos se condensa todo el pensamiento antisemita del autor. Aún así, ha habido intelectuales que han defendido a Heidegger, argumentando que su posición se debía a un error, confusión o errancia del filósofo.

"¿Podemos decir que se equivocaban los intelectuales que pedían la ejecución de los rehenes, como Maurras [el principal referente histórico de la extrema derecha francesa], que escribían 'muerte a los judíos', como Rebatet, o que decían como Brasillach 'no os olvidéis de los pequeños', es decir de los niños, en la época de las redadas de judíos? ¿Cuál fue el error de apreciación? ¿Podemos relativizar la estigmatización de los grupos sociales vulnerables, perseguidos y oprimidos, que legitima la violencia física de la que son objeto? ¿Es una cuestión de opinión? Creo que los discursos son performativos, tienen un efecto estigmatizador que después legitima las políticas". Además, "ni Heidegger ni Maurras expresaron nunca el más mínimo arrepentimiento". Y concluye: "Si estos intelectuales, estos influencers, estos 'creadores de opinión', poseedores del poder simbólico, no son responsables de sus palabras, no sé qué significa la noción de responsabilidad".

Noticias relacionadas