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REPORTAJE

La maldición (o superstición) de Pompeya: "Esta roca ha traído desgracias a mi familia"

Carta de uno de los españoles afectados por la ’maldición’ de Pompeya.

Carta de uno de los españoles afectados por la ’maldición’ de Pompeya. / P. DEL CORRAL

Las oficinas de Turismo de la ciudad italiana reciben a diario cartas de turistas con mosaicos, conchas, monedas o ánforas que un día robaron como 'souvenir' y que, ahora, devuelven por temor a las consecuencias: muerte de allegados, carreras truncadas, enfermedades inesperadas...

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El día que Jordi visitó Pompeya jamás pensó que su vida acabaría siendo un infierno. Mientras paseaba por unas de las ruinas más famosas del mundo, lo único que tenía en mente era empaparse al máximo de su historia, de su energía, de sus misterios… De hecho, la visita le impresionó tanto que, en un arrebato, decidió llevarse un recuerdo de lo más particular: un trozo de escayola decorado que arrancó y escondió rápidamente entre sus enseres para no ser pillado. Lo que en aquel momento le pareció de lo más exótico, al poco tiempo se volvió un auténtico calvario. "Devuelvo esta reliquia porque ha sido la causa de mis desventuras familiares", relató el joven en una carta dirigida al parque arqueológico y fechada en 2009. Pero la cosa no queda aquí: "También es la culpable de que mi país haya caído en un profundo desastre político y económico".

Parte de la culpa se la achacan al propio Vesubio, el volcán que arrasó la zona en el año 79, dejando intactas habitaciones, jardines, tiendas, cuerpos…

Las oficinas de Turismo de Italia reciben cada día paquetes de turistas con mosaicos, conchas, monedas o ánforas que un día robaron como obsequio y que, ahora, restituyen por temor a las consecuencias. Es la conocida como la maldición de Pompeya. Cuenta la leyenda que sobre estos vestigios se cierne un maleficio que persigue a quien se atreve a llevarse un pedazo de esta ciudad sepultada bajo las cenizas. Parte de la culpa se la achacan al propio Vesubio, el volcán que arrasó la zona en el año 79, dejando intactas habitaciones, jardines, tiendas, cuerpos… De ahí que el lugar, además de causar cierto respeto, asombre a cualquier visitante. En especial, a aquellos que deciden despedazar esta antigua urbe, considerada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Lo siguiente ya son todo desdichas. O, al menos, eso dicen.

Mosaicos, conchas, monedas o ánforas, entre lo objetos más deseados.

/ P. DEL CORRAL

Esto fue, precisamente, lo que experimentó una pareja de Gloucestershire (Reino Unido): harta de los más insípidos souvenirs, partió una triza de mármol para cumplir el sueño de su abuela de 95 años. La anciana siempre fue una apasionada de la geología, pero sus piernas ya le fallaban y la posibilidad de viajar a este destino alpino era muy baja. Lo que sus nietos no sabían entonces era que un acto tan inocente les traería episodios tan inverosímiles como el siguiente: desde aquel 13 de julio de 2016, el padre de un amigo, el perro del vecino y la madre de un conocido fallecieron de forma repentina. ¿El responsable? Nuevamente, el peñasco. Por eso, en un intento por recuperar la normalidad, reembolsaron todo con suma rapidez.

Llámenlo superstición o placebo, pero desde la década de los 90 un gran número de piezas usurpadas han sido retornadas por correo, acompañadas por misivas en las que se relatan las calamidades a las que se han enfrentado sus propietarios. “No queremos arriesgarnos más”, rogó el matrimonio inglés por escrito. “Acepten nuestras más sinceras disculpas”.

Los Carabinieri reciben a diario objetos sustraídos por turistas que, ahora, quieren quitarse la mala suerte de encima.

/ PARQUE ARQUEOLÓGICO DE POMPEYA

Dado que el fin es limpiar la conciencia y eliminar el mal fario, los afectados no escatiman en dar los detalles de sus castigos. Algo así como una especie de confesionario vía postal. “Es mi manera de luchar contra el mal de ojo que emito”, recoge un mensaje de origen italiano. “Cuando mi padre murió, encontré entre sus cosas este pedrusco. Espero que puedan colocarlo en su lugar de origen”, subraya otro relato itálico. Éstas son dos de las rocambolescas historias que el organismo arqueológico expone bajo el título La maledizione di Pompei. Reperti rubati nel sito e restituiti per combattere la sfortuna. Tal y como ha afirmado en más de una ocasión el anterior director de la institución, Massimo Osanna, la gente escribe para arrepentirse y desahogar la poca fortuna acumulada durante lustros. Todo lo demás es habladuría.

Una doble mastectomía

Uno de los sucesos más sonados lo protagonizó Nicole, una canadiense que sustrajo diversos pedazos en una misma visita

Los restos han llegado desde Estados Unidos (“Dos días después de coger la piedra, mi esposa se rompió un pie y estuvo con muletas durante todo el viaje. Aún no puede moverlo”) o Australia (“Esta roca ha traído adversidades a mi familia”). España, entre ellos: en 1987, el superintendente Baldassarre Conticello descubrió cinco paquetes que contenían varios yesos decorados y una estatua de bronce. Junto a ellos una nota redactada en castellano, en la que se alertaba de la “maldición” que había asolado su hogar. “No sabemos si es fruto de la superstición o de la casualidad. En cualquier caso, deseamos que lleguen a su destino”, con cierta picaresca. “Queríamos guardar un recuerdo. No llevábamos mala idea”.

Uno de los sucesos más ilógicos lo protagonizó Nicole, una canadiense que sustrajo diversos pedazos en una misma visita. Lo hizo en 2005, cuando apenas tenía 21 primaveras. Hoy han pasado otras 16 y aún rememora con pena lo que se le vino encima después: "He tenido cáncer de mama dos veces, la última de ellas acabó con una doble mastectomía. También hemos pasado problemas financieros. Somos buenas personas y no quiero transmitir esta condena a mis hijos". En su manuscrito asegura que volverá a la metrópoli para pedir disculpas en persona. Una promesa que comparten Alastain y Kimberly: "Cogimos varias piezas sin pensar en el dolor que estas personas sintieron y la terrible muerte que tuvieron. Lo sentimos. Por favor, perdónennos por haber hecho esta terrible acción. Que sus almas descansen en paz". Amén.

Un jugador de casino

En 2015, tuvo lugar el robo más inaudito hasta la fecha: un vecino alemán decidió llevarse consigo un fragmento de mampostería etrusca de una columna

Aún se puede rizar más el rizo: hay quienes reintegran los objetos por miedo a heredar la desdicha. Ni más ni menos. Así lo reconoció la mujer inglesa que recibió diez baldosas de un mosaico que sus padres se llevaron durante sus vacaciones en 1970. O la señora canadiense que regresó para devolver una escultura de terracota que su marido arrambló cuando estaban en su luna de miel en 1964. "Ahora podré dormir tranquila", explicó a unos estupefactos Carabineros tras su entrega. Ésta ha sido una cuestión muy debatida por científicos e historiadores, que concluyen que no existe ningún armageddon asociado a la antigua ciudad, aunque sí mucha fantasía en la cabeza de las personas. Sea como fuere, esa superstición está sirviendo para que piezas de gran valor vuelvan a casa: la única parte positiva de la desgracia ocasionada por la belleza arqueológica.

En 2015, por ejemplo, tuvo lugar el robo más inaudito hasta la fecha: un vecino alemán decidió llevarse consigo un fragmento de mampostería etrusca de una columna. Su nombre es Manfred y, por aquel entonces, apostaba en el casino de Stuttgart cada noche. Él sabía perfectamente que, al tratarse de un juego de azar, habría veces que ganaría y otras que perdería. Sin embargo, desde que afanó este vestigio, jamás volvió a embolsar dinero. Al menos hasta que, tres años después, lo retornó. Una situación parecida a la que vivió Alessandro, piloto de coches en Roma: en su caso, hurtó los dedos del pie de una figura humana y, en consecuencia, dejó de ganar carreras de forma casi inmediata. Tanto es así que, incluso, estuvo a punto de perder la vida en dos ocasiones. Según él, por culpa de Pompeya.

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