HERIDAS ABIERTAS
Vivir bajo las bombas en el país europeo que España aún no reconoce: "Nadie hizo nada para evitar la guerra"
Elvira Dones reconstruye en 'Pequeña guerra perfecta' el miedo cotidiano de tres mujeres atrapadas en Pristina durante el conflicto de Kosovo

Soldados alemanes en el sur de Kosovo en 1999. / WIKIMEDIA

No hacen falta trincheras. Basta un grifo seco. Y una bombilla que no enciende. En Pequeña guerra perfecta, Elvira Dones encierra el conflicto de Kosovo en un piso de Pristina y obliga a mirarlo desde donde casi nunca se cuenta: la cocina, el teléfono, la espera. Allí, Rea, Nita y Hana sobreviven mientras la OTAN bombardea desde el cielo y las fuerzas de Slobodan Milošević siembran el terror en tierra. Afuera hay redadas y una limpieza étnica que empujó a 900.000 albanokosovares fuera del país. Dentro, en cambio, hay algo quizá más difícil de narrar: el miedo a que llamen a la puerta. O a que no vuelva quien ha salido a por pan. La lucha terminó en junio de 1999, pero sus heridas siguen abiertas. Dones, periodista y escritora, llegó a Kosovo meses después y escuchó a quienes la habían sufrido. De aquellas voces nació una novela incómoda y feroz que ahora llega al español. Un relato soberbio que se agarra al pecho y no te suelta. Porque las guerras también se libran sin uniforme. Y, a veces, el frente cabe entero en una habitación.
P. Pequeña guerra perfecta suena a acusación. ¿Perfecta para quién?
R. Más bien es una ironía que roza el sarcasmo. No existen las guerras limpias, inocentes ni equilibradas. La idea de esa perfección surgió cuando el presidente Bill Clinton prometió al pueblo estadounidense que no habría tropas en el terreno. Según él, sus soldados no perderían la vida combatiendo en Kosovo ni regresarían a casa dentro de un ataúd. Sería una batalla librada desde el cielo, las bombas harían el trabajo. También puse ese adjetivo por otra razón: aproximadamente, 900.000 albanokosovares fueron expulsados de sus tierras por el régimen de Milošević en un intento de limpieza étnica. Aquellas imágenes hicieron temer a Europa que la gente no regresaría jamás, lo que habría provocado una gran crisis migratoria. Sin embargo, apenas un mes después de acabar la guerra, 660.000 refugiados ya habían vuelto. Cinco meses más tarde, en diciembre de 1999, la cifra alcanzaba los 800.000. Y, entonces, el continente respiró aliviado.
P. En los relatos de guerra suele dominar la mirada masculina: soldados, líderes, fronteras, mapas. Usted, en cambio, encierra la de Kosovo en un apartamento con tres mujeres. ¿Hay una deuda con ellas?
R. El precio que tuvieron que pagar fue inmenso. Soy escritora y tenía una deuda con su resistencia y su valor estoico. Debía escribir sobre ellas. Incluso cuando sitúo a un protagonista masculino en el centro de una novela, lo que más me gusta es describir a las mujeres que lo rodean.
P. La novela gira en torno al concepto de la espera: agua, luz, comida… y un final. ¿Esperar es una de las experiencias más violentas de cualquier guerra?
R. Me viene a la mente la magnífica película Sin novedad en el frente, basada en la novela de Erich Maria Remarque. O Platoon, de Oliver Stone. Son guerras diferentes, pero ambas describen la espera con una fuerza extraordinaria. Sin embargo, es una tortura psicológica insoportable, capaz de destrozar los nervios. Los campos de batalla son escenarios de enfrentamientos feroces, donde se lucha bajo presión por sobrevivir. Pero, luego, llega el silencio. Y, mientras se cuentan los muertos, la adrenalina desaparece. En mi novela, la espera es aún más despiadada porque las tres jóvenes no sólo se enfrentan a la posibilidad de morir, sino también a un peligro más aterrador: ser violadas.
P. Han pasado 28 años desde que empezó la guerra. Y, desde entonces, salvo en contadas ocasiones, Kosovo apenas ha aparecido en la conversación pública. ¿Le hemos dado la espalda?
R. ¿A quién se refiere ese nosotros? ¿Los ciudadanos concentrados en seguir adelante con sus problemas cotidianos? ¿O los políticos en el Parlamento europeo? Kosovo es un país diminuto, sin un peso geoestratégico decisivo dentro del orden mundial. La política es una mezcla de cinismo y pragmatismo. Así que, mientras se comporte de acuerdo con lo que Bruselas y Washington esperan de él, todo estará bien.

Tropas alemanas en el puesto fronterizo de Morinë en julio de 1999. / ARCHIVO
P. Actualmente, Kosovo es un Estado reconocido por buena parte de Occidente, pero no por otra parte. ¿Qué consecuencias tiene nacer en un país que debe justificarse continuamente ante el mundo?
R. Hace años que no lo visito. Y, ahora que lo pienso, han pasado 36 años desde que abandoné mi país natal, Albania. Intento seguir la situación todo lo que puedo a través de la prensa, pero debo admitir que no conozco el pulso íntimo de Kosovo: ese que sólo se percibe estando allí, hablando con la gente y observando la realidad desde dentro.
P. España no reconoce la independencia de Kosovo, aunque acepta su pasaporte desde la liberalización de visados en Schengen. ¿Cómo se percibe desde los Balcanes esta posición?
R. Los jefes de Gobierno de Kosovo y Albania, Albin Kurti y Edi Rama, respectivamente, han expresado una opinión similar al respecto, aunque con distintos matices. La situación de Kosovo no es comparable a la de Cataluña ni a la del País Vasco. Así lo defiende el primero, mientras que el segundo habla de divergencias entre amigos.
P. La guerra deja muertos, pero también instituciones frágiles y silencios familiares. ¿Qué heridas son menos visibles hoy en Kosovo?
R. El proceso de curación es la parte más difícil. Se pueden reconstruir casas y volver a trabajar la tierra con relativa facilidad, pero el trauma emocional de toda una sociedad necesita mucho tiempo para recuperar la normalidad. Uno de los crímenes más horrendos cometidos por las fuerzas militares serbias fue la violación sistemática de mujeres albanesas. En una cultura como la de los Balcanes, aquello tuvo un efecto devastador. Es una de las heridas de la postguerra de las que, incluso hoy, no se habla lo suficiente.
P. ¿Por qué Kosovo tiene tan mala reputación cuando, en realidad, tras visitarlo a conciencia el pasado noviembre, encontré un lugar acogedor, amable y cálido?
R. La mala reputación es hija de la ignorancia. Es algo tan antiguo como el mundo.

Varias personas serbias caminan bajo una bandera que proclama "Kosovo es Serbia" en la parte norte Mitrovica. / EFE
P. Mitrovica me impactó especialmente por su puente. A pesar de estar construido para unir los dos lados de la ciudad, el serbio y el albanés, aquí funciona como una frontera emocional, política y diplomática. ¿Por qué ambas partes se niegan a vivir juntas?
R. El trauma de la guerra sigue siendo una herida abierta y, por tanto, aún sangra. Este puente sobre el río Ibar continúa siendo uno de los símbolos de la guerra, un recordatorio. Antes del conflicto, las dos comunidades vivían una tregua relativa, pero hoy esta plataforma marca un límite entre ambas.
P. ¿Es posible una reconciliación con Serbia?
R. Lo sería si Belgrado reconoce la independencia de Kosovo. Pero, como todos sabemos, su Gobierno nunca lo hará. Y, siendo realistas, no puede hacerlo mientras su retórica repite diariamente “Kosovo es Serbia”. Aunque la relación entre el primer ministro albanés, Edi Rama, y el presidente serbio, Aleksandar Vučić, se caracteriza por una colaboración pragmática centrada en la integración regional, la cuestión fundamental sigue siendo una: el reconocimiento de la independencia.
P. ¿Ha conseguido Kosovo contar su propia historia o aún depende de cómo lo narran Washington, Bruselas, Belgrado y Moscú?
R. Ibrahim Rugova, presidente de Kosovo entre 1992 y 2006, intentó liderar una resistencia no violenta durante 10 años, una rebelión gandhiana que construyó sistemas paralelos de educación y atención sanitaria dirigidos por albaneses. Sin embargo, a la comunidad internacional no le interesó. Y nadie hizo nada para evitar la guerra. De hecho, cuando hoy se recuerdan aquellos años, siempre se menciona el brutal bombardeo que la OTAN ejecutó en Belgrado, pero pocos recuerdan el enfoque no violento de Rugova. Esto podría formar parte del relato de Kosovo, pero me temo que nadie estaría interesado en escucharlo.
P. Pristina quiere ingresar en la Unión Europea, pero algunos Estados miembros ni siquiera lo reconocen. ¿Qué clase de promesa europea es esa?
R. Es la Europa de siempre, ¿no? Sigue siendo, en gran medida, un proyecto en construcción.

'Pequeña guerra perfecta'
Elvira Dones
Errata Naturae
224 páginas | 22 euros