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Opinión | EMPLEO AZUL

Javier Ojeda

Javier Ojeda

Gerente de APROMAR, la Asociación empresarial de acuicultura española

Pueblos que no se vaciaron gracias a la acuicultura

Se estima que este sector genera en torno a 8.800 empleos directos en nuestro país

Instalaciones de acuicultura.

Instalaciones de acuicultura. / APROMAR

Hay pueblos en España que llevan décadas perdiendo gente. Jóvenes que se marchan, escuelas que cierran, bares que bajan la persiana para siempre. Es una historia conocida, casi resignada. Pero hay otra historia, menos contada, que ocurre cerca del agua: la de los territorios que encontraron en la acuicultura española un motivo para quedarse.

No es una metáfora. Es economía real, empleo real y familias reales que han podido construir su vida sin tener que marcharse a la ciudad. Y sin embargo, cuando hablamos de soluciones para la España vaciada, rara vez miramos al mar o a los ríos. Seguimos buscando la respuesta en otro sitio mientras el agua espera.

La acuicultura española es hoy la mayor de la Unión Europea en volumen, con una cosecha anual de más de 246.000 toneladas, y la segunda en valor económico. No es un dato casual: refleja décadas de conocimiento, inversión y adaptación de un sector que ha sabido crecer sin renunciar a la calidad ni al territorio. El valor en primera venta supera los 600 millones de euros, y estas cifras no son solo un logro productivo: son el reflejo de una actividad que se asienta precisamente donde más falta hace, en zonas costeras y comarcas de interior donde otro tipo de inversión no llega o tarda demasiado en llegar.

Lo que distingue a la acuicultura española de otras apuestas económicas para el medio rural es algo aparentemente sencillo pero enormemente valioso: la continuidad. A diferencia de sectores sujetos a una fuerte estacionalidad, los viveros e instalaciones funcionan todo el año. Eso significa algo concreto para quien vive y trabaja en esos territorios: un salario que no desaparece en invierno, una cotización que se acumula, un futuro que se puede planificar. El llamado "empleo azul" no es empleo precario ni temporal. Es, en muchos casos, un tipo de trabajo estable y con una calidad de vida excepcional.

Y no hablamos solo de empleo directo. Se estima que la acuicultura española genera en torno a 8.800 empleos en nuestro país, pero su efecto va mucho más allá. Cada vivero e instalación activa una red que incluye fabricantes de alimentos, empresas de transporte y logística, biólogos, veterinarios, técnicos de calidad, investigadores de innovación, medioambiente y desarrollo, personal de transformación y distribución. Son empleos que se quedan en el territorio, que circulan en la economía local y que contribuyen a que otros negocios, desde el bar del pueblo hasta el taller mecánico, también sobrevivan.

Además, la acuicultura ofrece en estas zonas rurales una actividad productiva que no solo es rentable, sino también ambientalmente sostenible y respetuosa con el entorno y las personas. Las instalaciones acuícolas ocupan muy poco espacio en comparación con otros sectores productivos primarios, no consumen agua dulce, no producen ruidos, humos ni olores, y se integran de forma natural en el paisaje y en la vida de las comunidades donde se desarrollan. A ello se suma que la acuicultura es hoy una de las formas más eficientes y con menor huella de emisiones para obtener proteínas animales de alta calidad biológica, lo que la convierte en una actividad alineada con los grandes retos de sostenibilidad y seguridad alimentaria de las próximas décadas.

Merece la pena detenerse también en quién trabaja en este sector. Aproximadamente el 30% de las personas empleadas en la acuicultura española son mujeres, con presencia a lo largo de todo el proceso, desde el cultivo hasta la comercialización. En territorios donde el empleo femenino ha sido históricamente más escaso y precario, este dato importa: significa independencia económica, proyecto propio y un papel activo en la sostenibilidad de sus comunidades.

La dimensión del sector también sorprende por su diversidad geográfica. La acuicultura española opera en dos grandes entornos que se complementan: la marina, protagonista en el litoral con especies como el rodaballo, la dorada o la lubina, cultivadas de forma respetuosa con los entornos naturales; y la continental, con un peso significativo en regiones de interior. Viveros dedicados al cultivo de trucha arcoíris o esturión llevan décadas siendo una de las principales actividades económicas en comarcas de Castilla y León, Aragón, Andalucía o los Pirineos. Regiones que, de otro modo, habrían perdido aún más actividad económica de la que ya han perdido.

A todo esto se suma la variedad de perfiles profesionales que el sector demanda. La acuicultura española no solo necesita operarios: necesita biólogos, especialistas en gestión ambiental, expertos en calidad alimentaria. Es un sector que puede absorber talento formado y ofrecerle un destino profesional fuera de las grandes ciudades. En un país con un problema crónico de fuga de talento hacia los centros urbanos, eso importa.

Nada de esto significa que la acuicultura española sea una actividad sin retos. La formación especializada es aún insuficiente en muchas zonas, los procesos administrativos para la apertura y ampliación de instalaciones siguen siendo lentos y complejos, y la inversión en infraestructuras no siempre acompaña al potencial del sector. Son obstáculos reales que limitan un crecimiento que podría ser mayor.

Pero el argumento de fondo es sólido: tenemos una actividad con capacidad probada para generar empleo estable, fijar población y dinamizar economías locales, haciéndolo además en los lugares que más lo necesitan. Una actividad que mira al agua y ve oportunidad donde otros ven periferia.

El pueblo que no se vació existe. Y en muchos casos, tiene una instalación de acuicultura española cerca.