TOROS
Roca Rey, la sangre de un torero
El torero peruano, herido muy grave en el muslo derecho con una cornada de 35 centímetros, ejemplifica la mayor verdad: la entrega sin contaminantes hacia el toro

Andrés Roca Rey, herido de gravedad, es llevado a la enfermería de la Maestranza / Lances de Futuro
Ver la sangre de un torero siempre es aterrador. La cornada, el mayor reconocimiento del valor que tienen los toreros, asume un impacto en nuestros días absolutamente seductor, absorbente. Es el más emocionante colofón de la entrega de un hombre por un animal: el toro.
Porque ser torero es asumir el vértigo primordial de entregar la vida por el toro que, visto en vivo y directo en la plaza, logra sistemáticamente lo más efectivo de este espectáculo tan brutal: provocar la emoción única del toreo, una de las sensaciones más poderosas que conozco de la naturaleza humana. Una capacidad revolucionaria en cualquier persona porque no todos la tienen y constituye -debe constituirlo- un admirable paradigma en este siglo.
Porque asumirlo supone, en definitiva, la revalorización de la tauromaquia, la elevan a un rango único, con todo su fascinante mundo de sueños e ilusiones, para trascender en la actual sociedad.
Como así demostró ayer Andrés Roca Rey en Sevilla, herido muy grave en el muslo derecho con una cornada de 35 centímetros.
La abundante hemorragia que salía de su pierna presagiaba lo peor y la Maestranza de Sevilla se quedó muda, como si la frontera de lo ficticio y lo verosímil se hubieran unido. Un cataclismo.
El animal, en sus últimas desganas vitales, le tiró un derrote certero en el momento de la suerte suprema que le abrió el muslo de arriba abajo, en una imagen que traspasaba nada más verla sin necesidad de mayores análisis. Cinco segundos suspendido de los pitones, en una violencia sobrecogedora. La vida flotando entre los navajazos de los pitones. Pura angustia.
Pero lo que de verdad resulta tan persuasivo es la capacidad de asumir de una u otra forma esa cornada minutos antes, íntegra conducta civil a la altura de muy pocos. Un pensamiento de excepcional pureza consigo mismo y, sobre todo, con el toro, razón que revelaba por qué es una de las máximas figuras del toreo.
Quiero decir, que los fantasmas circulares de la cornada cohabitaban constantemente en la embestida de un encastadísimo ‘Soleares’, de Toros de Cortés (Victoriano del Río). Y se los tragó, los asumió interiormente con la mayor naturalidad, una aseveración que puede aplicarse a la sensibilidad torera de Roca Rey. Un ejemplo de lo que significa ser torero. Una norma de vida. Un tesoro sostenido sobre un abismo.
El reguero de sangre en el suelo mientras era llevado por sus compañeros hasta la camilla de la enfermería, en sentido real y en cierto modo dignificante, era el trágico epílogo de lo que puede ser una de las faenas más importantes del año. Y sin apartar la mirada de la muerte del toro al que se entregó para matarlo como si el mañana no existiera.
Serio y responsabilizado, se jugó literalmente la vida y pagó con sangre su entrega, disponiendo de una potencia expresiva abruptamente dosificada que basaba en la versatilidad su mayor atractivo, el valor.
La excitada transgresión de dominar a un toro. Sin violencia, pero con la seducción de su capacidad. De poder a poder. La casta de un animal exigentísimo -rozando la fiereza- de Toros de Cortés y de un hombre valiente como Roca Rey.
Una experiencia portentosa que se vive en cuentagotas por su carácter efímero, por su esplendor sacral magnánimo.
Pero ayer -ya permanece en el recuerdo de su piel en forma de cicatriz- un torero entró en el espacio reservado para los elegidos que tiene acogimiento en la catedral del arte del toreo frente a los toros que más preocupa torear.
Un agolpamiento del pecho: la emoción. Cultura de nuestros sentimientos.
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