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Opinión | INTERNACIONAL

La preocupante tentación totalitaria de Ursula von der Leyen

El Estado de derecho debe tolerar opiniones divergentes, incluso las que no gusten a los poderes establecidos

Archivo - La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen,

Archivo - La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, / Eduardo Manzana - Europa Press - Archivo

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha manifestado en algunas de sus intervenciones públicas la que yo calificaría de "preocupante tentación totalitaria".

La muestra más evidente es cuando, en un discurso que pronunció en mayo de 2024 en la Cumbre de la Democracia celebrada en Copenhague, la alemana comparó la manipulación informativa a un virus que hay que combatir preventivamente.

"Si uno piensa en la manipulación informativa como un virus, en lugar de tratar una infección una vez que se ha apoderado del cuerpo, es mucho mejor vacunar", dijo entonces la dirigente cristianodemócrata.

El objetivo de tal estrategia es supuestamente "empoderar" – para utilizar esta odiosa palabra de la jerga globalista- a los individuos de forma que sean capaces de reconocer las campañas de "desinformación" en las redes.

A tal fin, la Comisión y distintos Estados europeos financian generosamente organizaciones privadas a las que han encargado la tarea de rastrear las supuestas manipulaciones informativas y los llamados "mensajes de odio" que pululan en el espacio de internet.

El problema, sin embargo, y se trata de un problema mayúsculo, es quién se arroga el derecho de decidir qué es verdad y qué es falso. Está claro que para la presidenta de la Comisión, y para quienes piensan como ella, verdad es aquello que se ajusta a la versión oficial de lo que sucede, ya se trate de la lucha contra una enfermedad como la del coronavirus o la guerra de Ucrania.

Pero eso que podríamos calificar de "pensamiento único", es propio de los regímenes totalitarios, a los que la propia Comisión dice que hay que combatir como demócratas.

Así, durante la pasada pandemia se calificó de "desinformación" las opiniones de muchos investigadores que, frente a la versión científica admitida y por tanto, oficial, se permitían dudar, por ejemplo, de la total eficacia de las vacunas contra el virus del Covid o alertaban de sus posibles efectos secundarios.

O las de quienes ponían en tela de juicio que el virus en cuestión se hubiese originado en un "mercado húmedo", es decir, con animales vivos, de la ciudad china de Wuhan y apuntaban la posibilidad de que hubiese escapado de un laboratorio donde se llevaban a cabo peligrosos experimentos con patógenos.

Hoy en día, "desinformación" es también para Bruselas negar, por ejemplo, que la guerra de Ucrania haya tenido una única causa: la invasión rusa de 2022, y mencionar también como explicación los antecedentes: el "golpe" antidemocrático del Euromaidán, ocho años de guerra civil entre Kiev y las regiones rusófonas, o la ampliación de la OTAN, frente a lo prometido al Kremlin.

"Desinformación" o "propaganda putiniana" era hasta hace muy poco negar también que Rusia fuese “una gasolinera con bombas atómicas”, que su economía estuviese al borde de la bancarrota, que las bajas rusas en el frente fuesen muy superiores a las de Ucrania o que Moscú fuese a perder la guerra.

Nada más peligroso pretender impedir, como parece que quiere la Comisión de Ursula von der Leyen, el debate democrático, combatir las opiniones divergentes, por extravagantes o extremas que puedan parecer en ciertos casos, porque aún esas están garantizadas por la Constitución.

Y da igual que esa tarea censora la ejerza el propio Estado, en cuyas manos está el monopolio de la fuerza, o que la privatice, encomendándola a organizaciones no gubernamentales a las que financia generosamente.

El Estado de derecho debe tolerar opiniones divergentes, incluso las que no gusten a los poderes establecidos. Tal es la grandeza de la democracia. Lo demás es regresar a tiempos oscuros como los de la Iglesia en tiempos de Galileo.