Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | PENSAMIENTO PERIFÉRICO

¿Y si el Podemos de derechas era Vox?

Su consolidación se ve favorecida por un wind of change más amplio, vinculado a la ola trumpista y al auge de las derechas radicales en las democracias occidentales

El presidente de VOX, Santiago Abascal, en un acto electoral en Mérida, a 16 de diciembre de 2025.

El presidente de VOX, Santiago Abascal, en un acto electoral en Mérida, a 16 de diciembre de 2025. / Javier Cintas / EP

El ascenso de Vox no es un accidente ni un fenómeno meramente de reacción. Como ocurre en los procesos de reconfiguración de calado de los sistemas de partidos, su crecimiento responde a una secuencia reconocible de oportunidades políticas, pero también a errores estratégicos persistentes de sus adversarios. Leído con perspectiva, su recorrido se asemeja al de otras fuerzas impugnadoras que no triunfan de inmediato, pero resisten hasta que el contexto se alinea a su favor.

Vox nace en 2014, en el marco de la irrupción de los nuevos partidos surgidos al calor de la Gran Recesión. A diferencia de Podemos o Ciudadanos, fracasa en esa primera fase y no logra conectar con un electorado amplio. No desaparece, sin embargo, y esa persistencia resulta decisiva, porque le permite capitalizar su primera gran ventana de oportunidad: la crisis territorial catalana. Es entonces cuando Vox irrumpe con fuerza como un partido eminentemente nacionalista. El procés no solo tensionó al Estado, sino que erosionó la credibilidad de los partidos tradicionales en materia de unidad nacional. En ese contexto, Vox ofreció un discurso de claridad identitaria y confrontación directa con el independentismo, llegando incluso a ejercer la acusación popular en el juicio a los dirigentes independentistas. La cuestión territorial actuó así como el catalizador inicial de su crecimiento.

Ese impulso se vio reforzado, además, por el desgaste del Partido Popular tras la moción de censura de 2018. La corrupción tuvo efectos no solo judiciales, sino también simbólicos: deslegitimó a un partido que había sido durante décadas el eje de la derecha española. La crisis interna posterior abrió un vacío de representación en el que Vox supo instalarse, presentándose como una alternativa “limpia” y sin hipotecas. De nuevo, la lógica recuerda a la que permitió a Podemos crecer tras el colapso reputacional del PSOE en los años posteriores a la Gran Recesión.

En la actualidad, Vox ya no se alimenta únicamente de agravios domésticos. Su consolidación se ve favorecida por un wind of change más amplio, vinculado a la ola trumpista y al auge de las derechas radicales en las democracias occidentales. Este contexto internacional legitima discursos de impugnación del consenso liberal y sitúa a Vox más allá de la condición de actor marginal, integrándolo en una corriente política de alcance global. Con todo, sería un error explicar su fortaleza únicamente a partir de factores exógenos. Una parte sustancial de su crecimiento responde a dinámicas internas, en gran medida asociadas a la estrategia y a la acción del PSOE.

Por un lado, la decisión socialista de levantar un “muro” frente a Vox —y, por extensión, frente al Partido Popular— responde a una lógica conocida: la de erosionar a la derecha tradicional mediante su asociación con una fuerza percibida como extrema. Concebida para aislar a Vox, neutralizar su atractivo y debilitar al PP, esta estrategia ha tenido un claro efecto bumerán. Al situar a Vox en el centro del conflicto político, lo ha convertido en el principal antagonista del Gobierno y le ha permitido capitalizar una parte significativa del descontento hacia el Ejecutivo. El señalamiento constante no lo margina; refuerza su identidad como partido impugnador y consolida su papel como única alternativa “real” frente al sistema, un mecanismo bien conocido en la política comparada y que ya operó con notable eficacia en el ascenso de Podemos.

A esta dinámica estratégica se suma el creciente descontento con las políticas públicas del Gobierno. El contraste entre la centralidad otorgada a la confrontación política y la experiencia material de amplios sectores sociales resulta cada vez más evidente. En el ámbito económico, la brecha entre unos indicadores macroeconómicos positivos y la percepción cotidiana de las clases medias y trabajadoras se ha ampliado. La persistente sensación de pérdida de poder adquisitivo y de precariedad vital alimenta la idea de que el crecimiento no se distribuye de forma equitativa, por más que las cifras oficiales lo avalen. En el plano social, determinadas medidas se perciben como respuestas asistenciales, más próximas a una lógica de beneficencia que a un modelo robusto de igualdad de oportunidades. Y en el terreno identitario, las políticas orientadas a satisfacer a minorías específicas generan rechazo en amplios sectores que no se sienten interpelados por ellas, reforzando el terreno discursivo sobre el que Vox construye su apelación al descontento.

Completa el cuadro el comportamiento del Gobierno ante los sucesivos escándalos de corrupción y la distancia entre su respuesta y los principios que proclama. La reacción defensiva, y en ocasiones ensimismada, refuerza la percepción de que el problema no se limita a episodios aislados o a “manzanas podridas”, sino que remite a dinámicas más profundas. Como muestra la experiencia comparada, la negación prolongada y la ausencia de una asunción clara de responsabilidades suelen actuar como el mejor aliado de las fuerzas que prometen una ruptura radical con el sistema. En ese contexto, Vox continúa proyectándose como una opción relativamente inmaculada, pese a las dudas sobre sus orígenes de financiación o al impacto limitado de episodios recientes de los que se ha desvinculado con rapidez.

Esta combinación de factores permite entender tanto el ascenso de Vox como su creciente capacidad para atraer a una parte relevante de los jóvenes que no se sienten representados por la oferta política existente. El principal efecto colateral se observa en el PSOE, que se ha desplazado hacia una posición de debilidad estructural. La estrategia del muro no ha logrado aislar a Vox y, al mismo tiempo, ha reducido el margen de maniobra del propio partido, atrapándolo en una lógica reactiva que dificulta la formulación de un proyecto político reconocible y movilizador. El resultado es un partido con crecientes dificultades para gobernar, incapaz de articular mayorías estables y cada vez más expuesto a la desmovilización de su electorado, lo que erosiona su centralidad y lo aproxima progresivamente a la oposición. En paralelo, el Partido Popular ha conseguido resistir, aunque sin resolver plenamente la tensión que plantea la coexistencia con Vox. Su estrategia oscila entre la confrontación directa y la competencia por mimetización parcial, ambas con una eficacia limitada para contener la fuga de votantes y sin ofrecer una solución definitiva a medio plazo.

En este contexto, el ascenso de Vox no puede explicarse únicamente por sus propios aciertos ni por dinámicas internacionales favorables. Es, en buena medida, el resultado de un sistema político tensionado por estrategias defensivas que han terminado reforzando a quienes pretendían contener. La centralidad adquirida por Vox no es el producto de una ruptura súbita, sino la consecuencia acumulada de desgaste, desafección y errores estratégicos. En ese sentido, el que ha terminado por ser el verdadero Podemos de derechas ha sido impulsado en gran medida por la propia dinámica del bloque gubernamental y, muy especialmente, por la estrategia del PSOE. Al convertir a Vox en el antagonista central, desplazar el eje del debate hacia la confrontación identitaria y renunciar a articular una alternativa capaz de recomponer mayorías sociales amplias, el socialismo ha contribuido de forma decisiva a dotarlo de centralidad política.