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LA ENTREVISTA

Judith Colell, cineasta: "Si olvidamos la memoria histórica propiciamos que vuelva el horror, y hoy el mundo vuelve a estar dirigido por locos"

Estrenó ayer mismo Frontera, una película sobre algunas de las mil historias que sucedieron en los Pirineos durante el éxodo europeo de la II Guerra Mundial y los primeros años de la victoria falangista en España. Una historia desconocida e imprescindible para recuperar la memoria y no permitir que el horror se repita cuando todo apunta a que se está repitiendo

Judith Colell, cineasta y directora de la Academia del Cine Catalán.

Judith Colell, cineasta y directora de la Academia del Cine Catalán. / Seminci / Samuel de Román

Elena Pita

Elena Pita

Se llamaron "rutas de la libertad". Tortuosos e interminables caminos y torrentes de alta y tenebrosa montaña por donde los huidos del genocidio nazi penetraban en la península Ibérica en busca del mar; un océano o un mar a donde echarse para sobrevivir. La historia se repite y lo que Judith Colell persigue con su cine, social y también intimista, bonito, es que no olvidemos, porque olvidar significa darle al terror una nueva oportunidad para volver. La historia que cuenta en Frontera es de ayer, pero también de hoy. El abrupto paisaje de los Pirineos era la única opción para no morir, como hoy lo es el océano Atlántico o el avieso Mediterráneo que no deja intuir la tormenta repentina. El genocidio entonces y ahora. Y esa especie de Far West en el que se convierte un pueblecito de montaña, rodeado de bosques y montes enigmáticos, donde lo peor y lo mejor es posible; el enigma de lo desconocido o el terror al delator, y la humanidad de unos pocos. En Pallars, comarca de Sort, Lleida, hay una diminuta cárcel museo que ni los lugareños como ella supieron hasta ahora que rinde tributo a las 80.000 almas que entonces cruzaron aquellas rutas (los que huyen del horror son todos semejantes), "creíamos que estaba dedicada a los fugitivos de la Guerra Civil": el miedo, que no dejó espacio a la memoria. Los mejor parados llegaban a la costa atlántica, otros morían y eran despojados en el camino, la peor suerte les esperaba a los que ingresaban en aquellos muros: una sentencia letal y lenta. Pedanías aisladas pobladas de nuevos falangistas y también, de desertores republicanos en busca de una vida silente y sumisa; estraperlistas, pasadores de fugitivos… Historias no contadas que Colell recoge para revivir la memoria sobre todo en los más jóvenes. Judith Colell (San Cugat del Vallés, 1968) es una abnegada y entusiasta directora de cine y profesora universitaria que además dirige la Academia de Cine Catalán: algo tendrá que ver esta madre en el resurgir del cine y la cultura catalana. Le cuesta admitirlo.

"Lo que algunos vivieron ayer, otros lo viven hoy. Sólo cambia la frontera", reza el epílogo de la película. ¿Estaba en su voluntad establecer un paralelismo entre el pasado y el presente? Porque la huida de la guerra es siempre el mismo horror. ¿Tan frágil es nuestra memoria?

Pues me temo que sí, que es muy frágil. Sólo hay que ver lo que está pasando en el mundo y lo que nos encontramos cuando les preguntan a los chicos más jóvenes qué opinan sobre vivir en una dictadura.

¿Tiene la impresión de que muchos han hecho de esa memoria una tábula rasa?

Sí, sí, no hay memoria. Y cuando se practica la tábula rasa es cuando el horror encuentra el momento propicio para volver. Tenemos que estar permanentemente recordando de dónde venimos, no está tan lejos aquella Europa dominada por el fascismo de cabo a rabo, dentro y fuera de nuestro país. Cada vez soy más consciente de lo necesario que es hacer estos ejercicios de memoria, porque es increíble la facilidad de olvido colectivo de las sociedades.

Todo surge de esa cárcel museo de Sort donde terminó la vida de gran parte de las 80.000 personas que cruzaron los Pirineos huyendo del genocidio nazi. ¿Cómo es posible silenciar semejante drama colectivo por tanto tiempo?

No fue exactamente así. Surge de unos guionistas, Miguel Ibáñez Monroy y Gerard Jiménez, que leyeron una entrevista con el hijo de un señor que trabajaba en la aduana de un pueblo del Valle de Arán. Y empezaron a investigar y aquello se convirtió en una historia mucho más plural, enriquecida con muchos relatos que sobre este asunto se guardaban. Resulta que yo he veraneado en Sort desde el año cero de mi vida, a donde sigo yendo con mis hijos (dos gemelos de 28 años), y recordaba que había una cárcel museo que creíamos que estaba dedicada a la Guerra Civil, hasta que al saber de esta historia descubrí que está dedicada a los que cruzaban los Pirineos huyendo del nazismo, sí. Pero fíjate que ni siquiera yo sabía nada de esta historia.

La gente no se va de su casa porque tenga ganas de vivir mejor, sino porque no puede vivir allí donde está. Como dice la anglo-somalí Warsan Shire, "Nadie pone a su hijo en un barco salvo que el agua sea más segura que la tierra"

¿Cuánto operó el miedo para hacer posible tanto silencio?

Claro, es que la gente no hablaba por miedo. Fue una etapa muy terrible la de los años 40 en este país. Y en toda Europa, dominada por los zumbados de los nazis. Hitler no sólo odiaba a los judíos, también a los homosexuales, a los gitanos, a todos aquellos que no comulgaban con el fascismo. Por eso me parece correcto que hables de genocidio y no de holocausto.

Fíjese que yo conocía ya historias de catalanes pudientes que habían ayudado en la huida de estos evadidos hacia puertos de Galicia y Portugal. Pero en general, ¿por qué hablamos tanto y callamos lo importante?

Es que quedan muchas historias por contar, y que son imprescindibles justamente ahora, para que no desaparezca la memoria de una parte esencial de nuestra Historia, para no seguir repitiendo errores en este momento tan delicado: poco a poco el mundo empieza a estar dirigido por locos. Lo que cuentas de la ruta a Galicia y Portugal es lo que encontré cuando buscaba documentación para la película. Me llamó mucho la atención una nota de un periódico gallego que explicaba la historia de una señora, amiga de Carmen Polo y de Franco, pero contraria a los nazis, que ayudaba a esa gente a cruzar a Portugal. Gente que venía huyendo de Polonía, de Hungría y otros países del este. Los disfrazaba de curas y monjas y les mandaba guardar silencio, y cuando alguien preguntaba por qué razón sus religiosos invitados no hablaban, ella argumentaba que estaban haciendo voto de silencio. Los pasaba a Portugal y de ahí cogían barcos para América. Y también hubo pasadores de las llamadas "rutas de la libertad" que robaban a la gente que cruzaba y que hicieron una fortuna con las joyas y el dinero que la mayoría traía cosidos en los abrigos. Quiero decir con esto que aquí hay mil historias que contar.

Dice que si estudiamos el pasado tal vez no repitamos sus errores, que siguen ocurriendo, como en Gaza y Ucrania. ¿Cuán poco hemos aprendido?

Al parecer, nada del siglo pasado en Europa. Me sorprende cómo personas que han sufrido este horror pueden repetirlo. Los israelíes conocen lo que vivieron sus familias hace menos de 100 años, ¿cómo puede ser que no se acuerden de lo que es un genocidio? Y en mayor o menor medida, esto ocurre en todas partes, aquí también crece el odio hacia la inmigración, hacia la gente que tiene que huir de sus países como hasta hace poco nos ocurría a nosotros mismos. Pero la gente no se va de su casa porque tenga ganas de vivir mejor, sino porque no puede vivir allí donde está. Como dice un poema muy bonito de la anglo-somalí Warsan Shire, "nadie pone a su hijo en un barco salvo que el agua sea más segura que la tierra". 

La montaña, un personaje más, tenebroso. ¿Por qué nos infunde miedo la montaña? Hay sitios en los Pirineos que, pese a su belleza, transmiten pánico, como Benasque, Cerler, Jaca… ¿Por qué cree que sucede esto?

Sí, me he encontrado a mucha gente que le ocurre esto. Yo le llamo la amenaza de lo desconocido. Los Pirineos de Lleida y Huesca son montañas muy altas, muy salvajes, donde nunca sabes qué puedes encontrarte. Están los sonidos de la naturaleza, de los animales, que no ves pero escuchas… Recuerdo que cuando estábamos localizando era temporada de apareamiento de ciervos, y hacían unos ruidos de auténtico terror, y el director de fotografía empeñado en quedarse solo a ver la caída del sol… Vamos, que yo no me quedo ahí sola ni de broma.

Son lugares donde parece haber quedado la huella de historias trágicas, insondables, ocultas, ¿no cree?

Sí, a mí como espectadora me encanta el cine de terror, y no es casual que en su mayoría se localiza en lugares montañosos y boscosos; muy bonitos, sí, pero que pueden esconder horrores. Aunque tengo que decir que a mí la montaña me da mucha paz, sobre todo en Pallars, supongo que es porque he pasado allí gran parte de mi infancia.

Judith Colell, cineasta y directora de la Academia del Cine Catalán.

Judith Colell, cineasta y directora de la Academia del Cine Catalán. / Seminci / Samuel de Román

Lo mencionaba al principio, "mientras tengamos este 70% de gente joven que piensa que en el franquismo se vivía mejor o mucho mejor, quiere decir que todavía tenemos que seguir examinando nuestro pasado". ¿Ha habido excesivo deseo de olvidar pronto lo sucedido? ¿Por parte de quién?

Así, es, y me parece brutal que uno de cada cuatro jóvenes opine que una dictadura estaría bien, que no pasa nada. Y que un 70% sostenga aquello de que con Franco se vivía bien o muy bien. Y tú dices, ¿perdona?, ¿tenemos que hacer de nuevo el ejercicio de enseñar qué es lo que pasaba? Y sí, creo que la razón es que ha habido un excesivo deseo de olvidar pronto lo sucedido. La transición no se hizo muy bien, y la prueba es que sigue habiendo sectores que cuestionan la recuperación de la memoria. ¿Perdona?, ¿cuánta gente no sabe aún donde yacen sus abuelos? Pero ¡si es que todavía no sabemos dónde está Lorca! Es otro asunto que quise reflejar en la película, la gente que tuvo que irse a un lugar aislado como son esos Pirineos para desertar, vivir una vida totalmente triste y sumisa, en el más puro silencio porque cualquier vecino te denunciaba y eso significaba el punto final. Esto es algo en lo que tendríamos que insistir mucho con los jóvenes. Hacerles conscientes de que la tranquilidad, la libertad, la posibilidad de decir lo que te parezca, actuar como quieras, en una dictadura no es posible, como no lo fue en el franquismo.

Bueno, Judith, cambio de tercio. Es este su segundo mandato al frente de la Academia del Cine Catalán. ¿Es usted una luchadora empedernida o es que pesa mucho la satisfacción de logros como la residencia de guionistas, los premios Gaudí, la lucha contra los abusos, etc.?

Soy bastante luchadora, sí, o puedes decir empedernida. Estuve antes en la Academia Española como vicepresidenta. Me di cuenta de la cantidad de cosas que se podían hacer desde una academia de cine. Fue cuando decidí a presentarme a la catalana. Porque pensé que podíamos darle mucha visibilidad a nuestro cine.

¿En qué medida la academia es responsable del éxito obvio que está teniendo el cine catalán, un éxito además muy femenino?

Yo siempre digo que nosotros, la junta, somos voluntarios: no cobramos y le dedicamos nuestro tiempo. Pero es una responsabilidad compartida. El equipo que trabaja allí es muy bueno. Hemos logrado cosas muy bonitas, como la residencia de guiones dirigida por Carla Simón, que es una maravilla y que empieza a ver sus frutos. Pero también está el trabajo de la Consellería, de las asociaciones de productores, de guionistas y de actores. Todos hemos remado juntos. Yo creo el éxito se basa en que hay una buena sintonía entre todos, remamos en la misma dirección, hablamos y compartimos. Sería muy vanidosa si pensara que es sólo fruto del trabajo de la academia. Ahora queremos abrirnos a la gente que viene de otros países, donde trabajaba en cine, emigrantes y refugiados que eran directores, actores, actrices, y queremos invitarlos a ser miembros de la academia y procurarles un puente para que puedan volver a trabajar de lo suyo aquí. Y sí, también es muy importante esto que mencionas del departamento contra los abusos, en lo que nos han secundado la Academia de Cine Español y de otros países europeos. Y ahí sí fuimos pioneras.

¿Se dan muchos abusos en el cine español?

Muchísimos. Pero creo que después de lo que ha salido a la luz, hay más miedo, cosa de la que me alegro: que dejen de hacerlo aunque sea por miedo. Siempre te encuentras con gente que han sufrido abusos sexuales, abusos de poder y de todo tipo. Ha existido en todas las profesiones, pero la nuestra es especialmente sensible a ello, porque pasamos muchas horas y días juntos, rodamos lejos de casa, y luego está esa cosa del poder que viene de antes, eso de que con las actrices era fácil. Y se dan situaciones sensibles, como las escenas íntimas, y todo ello sumado hace que la situación sea peligrosa. Nosotros hemos creado un protocolo desde el departamento que cumplimos a raja tabla, y estamos haciendo formaciones en todas las universidades y escuelas de cine, porque creo que todo radica en la educación, y en la esperanza de que las nuevas generaciones sean diferentes.

Abordó el asunto del abuso en una película a cuatro manos con su pareja (Elisa K, Colell y Cadena), ¿cómo es codirigir con la persona con la que se comparte todo?

Es un asunto que no doy por cerrado. Lo abordé en 15 horas, el maltrato que se da en las clases altas de República Dominicana, pura violencia de género, y Jordi (Cadena, su pareja) en La por, una película maravillosa. Pero creo que aún nos quedaría muchísimo por hablar de todo esto. En Elisa K hablábamos además sobre cómo juega la memoria en el caso de un niño abusado.

¿Y lo de rodar con su pareja?

Fue genial, la verdad. Y nosotros estábamos dispuestos a volver a repetir lo que pasa es que mi marido tiene bastantes años más que yo, y ahora él está retirado. Pero sí, sí, yo creo que Jordi es una persona imprescindible. Es la primera persona a la que le doy a leer mis guiones, y confío plenamente en su opinión a la hora de saber si algo vale la pena o no. Creo que es un gran director y un gran guionista.

Le preguntaron cómo veía el futuro de sus alumnos de guion en la Universidad Ramon Llull y repondió usted hablando de la crisis del ciudadano medio y sobre todo joven. "A mí me preocupa la cantidad de gente que ya no tiene ni para comer, personas como tú y como yo que no pueden pagar el alquiler. ¿Por qué nadie en nuestro país hace una película sobre esto, como si no quisiéramos hablar de lo que está pasando?" Bien, ¿y por qué no hace usted esa película?

El futuro de mis alumnos lo veo muy bien, la verdad, porque estamos en un momento en el que todo es audiovisual. Hay muchísimo trabajo, hay películas, series, programas de televisión que se hacen en plataformas, un montón de plataformas y posibilidades. No soy nada alarmista, confío en la capacidad de adaptación, y empresas e instituciones quieren tener gente que sepa comunicar audiovisualmente. Es un mundo inestable, pero si tienes vocación, hay trabajo.

¿Qué hay de la película sobre la crisis del ciudadano medio?

Bueno, es que una cosa es que tengas tu vocación y te guste trabajar en ello, y otra es que el dinero te dé para sobrevivir, peor aún: para irte de casa de tus padres. No hay dinero que llegue para pagar una vivienda digna, no hay dinero para alquilar, no hay dinero para ir a la compra. La gente se está yendo a vivir lejísimos de las ciudades, que se llenan de gente que no son precisamente refugiados, sino expatriados de grandes empresas que han descubierto que aquí se vive mucho mejor: mira, en Barcelona hace muy buen tiempo y encima el piso me cuesta la mitad que en Nueva York. Y todo esto incrementa los precios y la demanda, claro.

Hice esta película para que no desaparezca la memoria de una parte esencial de nuestra Historia, para no seguir repitiendo errores en este momento tan delicado: poco a poco el mundo empieza a estar dirigido por locos

Bueno, así han comprado todo Portugal. Todavía no me ha respondido, ¿por qué no aborda usted misma este asunto, siendo tan social su cine?

Me gustaría, me gustaría. Es un tema que me interesa mucho.

Esta gente de la que habla ha dejado de ir al cine, pero también ha dejado de ir al teatro y a conciertos y ni siquiera puede permitirse comprar un libro. "Pero eso no quiere decir: ¡Ole, voy a conseguir la película gratis!" -puntualiza usted. La cultura del gratis total nos ha empobrecido brutalmente a los creadores y adláteres, ¿un bucle que se retroalimenta?

Claro, estamos creando una sociedad totalmente injusta, una sociedad en la cual es cada vez más difícil vivir. Son asuntos incómodos y que la gente no tiene ganas de ver, pero deberíamos tratarlos, sí. Parece que la gente empieza a entender que al menos las plataformas sí tienen que pagarlas para tener acceso. Hace unos 15 años Netflix no quería venir a España porque decía que teníamos un serio problema con la piratería. Y ahora la gente ha tomado conciencia de que si quieres tener Filmin tienes que pagar por ello. Ahora la piratería se acusa más en otros sectores, como el editorial.

Hay una ley antipiratería impulsada por González Sinde en 2011 que a todas luces no ha sido suficiente. ¿Ni una propuesta nueva desde que Sinde dejara de ser ministra de Cultura? ¿Qué le pide usted hoy a Ernest Urtasun?

Pues que revisemos esa ley y veamos cómo podemos proteger a los autores. Porque encima ahora se nos viene encima la IA.

Que todo lo regurgita. ¿No tendrá usted por ahí un empleo de limpiadora?

Es esencial regular la IA. No podemos ponerle puertas al campo, pero evidentemente se tiene que regular.

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