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Pitingo: "Cada una de mis actuaciones es única, mezclando flamenco, soul, godspel, música latina e incluso música clásica"
Su nueva gira, 'Pitingo y punto', comienza en marzo y le llevará por España, Europa, Latinoamérica y Estados Unidos

El cantante Pitingo en Madrid / Alba Vigaray / EPE
Antonio Manuel Álvarez Vélez, Pitingo en el arte, prepara una gira, “Pitingo y punto”, que empezará el 18 de marzo en Madrid y le llevará durante dos años por España, Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. Tiene un doble disco de platino, un disco de oro y, entre otros premios, el Ondas de Música 2008. Ha vendido un millón de copias. Cuando su padre, casado con una mujer gitana, se metió en la Guardia Civil, en algunos sectores de su familia tembló el misterio. Ahora, dice, el roce hace el cariño, y resulta que a los gitanos les gustan más los picoletos que la Policía Nacional. Se siente tan gitano como negro, dos pueblos, dice, que han sufrido mucho. De su amor por la fusión del soul y el flamenco han nacido sus soulerías. Él se cree distinto a todo lo que hay en el mercado. Y además va hecho un pincel: Pitingo en caló significa presumido.
Hace unos años se fue a vivir a Santo Domingo y ahora ha regresado. No sé si fue porque le gusta mucho el Caribe y muy poco la ministra de Hacienda.
No [ríe], porque nunca he tenido residencia allí. Siempre he estado tributando aquí en España. Fue por cercanía, porque tenía que hacer unas giras por Latinoamérica.
Dice la presentación de su gira: “Experiencia única que solo ocurre una vez y queda grabada en la memoria de quienes lo presencian”. ¿Será el fin del mundo? ¿Una conjunción astral?
El fin del mundo, no. El comienzo de una nueva etapa personal y profesional. Estoy más maduro. Y cada actuación es única, multicultural, mezclando el flamenco, el soul, el gospel, la música latina e incluso la música clásica. No es nada habitual.
Grabó su primer disco, Pitingo con Habichuelas, en 2006, apadrinado por Enrique Morente. Pedazo de padrino. Así cualquiera se bautiza.
Cómo lo sabes. Pedazo de padrino. Y Habichuela, que en gloria esté, también. Y Pepe Habichuela, los Ketama, Carmen Linares. Pero Enrique fue esencial, la verdad.
Canta: “Me estoy muriendo, agonizando por verte”. ¿Sufre?
No es lo mismo cantarlo que decirlo. Todos tenemos una pena, un sufrimiento. Y si lo cantas lo tienes que decir. Esa frase cala en la gente.
¿Se lanza cuando le da el punto, aunque esté en la consulta del médico? Le dio por cantar en un avión de Iberia rumbo a Santo Domingo. ¿No se tomó un Lexatin?
No, no. Me lo pidió el comandante: “¿Nos podrías hacer un regalo?”. Y yo dije: “Encantado”. Se levantaron todos mis coristas, todos los músicos; cantamos cuatro o cinco temas, y la gente como loca. Nosotros también lo pasamos muy bien, porque cantar a no sé cuántos mil pies de altura era una experiencia muy bonita, y además se hizo viral, con millones de visitas.
Si el comandante patrocinó la juerga, pondría el piloto automático.
Supongo [ríe]. Porque salió a vernos.
“Soy muy perfeccionista en mi trabajo. Pero cuando bajo del escenario vuelvo a ser normal”. ¿El perfeccionismo es anormal? ¿Cuándo baja a tierra es un pieza?
No. En el escenario controlo todo: las luces, lo que hacen los músicos, hago los arreglos de cómo visten, si van arrugados, si salen a tiempo o no, que todo sea perfecto. Y luego, cuando bajo, pierdo la rigidez y ya soy el Antonio de siempre.
Pues criado en un cuartel, tendría que ir más derechito que una vela.
Bueno. Primero estuve en la barriada de Guadiana, en Ayamonte, que es donde yo me crié, un barrio muy pobre de Huelva, al que llamaban Liang Shan Po. Me crié allí con mi abuela y con mis primos, entre gitanos, entre payos. Yo soy mestizo. Y luego ya, cuando llegué a Madrid, viví en un cuartel de la Guardia Civil con mi padre, mi madre y mis hermanos. Había también gitanos que eran guardias civiles.
Ya no hay gitanos como los de antes. Ahora se hacen hasta guardias civiles.
Y hay guardias civiles árabes y negros. De todo, gracias a Dios. Yo creo que la gente tiene un concepto de que “huy, ahí, en el cuartel, tienen que ser todos muy rectos”. Y no. No nos contaban nada. No nos hablaban ni de política ni de ETA. Y no nos dejaban decir que éramos hijos de guardias civiles porque estaban amenazados, y nosotros también. Yo me acuerdo de mi padre cambiando las rutas y mirando debajo del coche continuamente. Y no se hablaba del tema ni querían que supiésemos nada. Intentaban tenernos protegidos en ese sentido.
¿De qué hablaban en el cuartel?
Pues de lo que hablaba todo el mundo, de las cosas de nuestra edad. Íbamos al cole como todo el mundo, normal. Yo iba a mis clases de guitarra, a mis músicas, cantaba, bailaba, estudiaba. Bueno, estudié poco. Un cuartel de la Guardia Civil es un barrio normal.

El cantante Pitingo en Madrid / Alba Vigaray / EPE
Dice que hasta los semáforos le inspiran un ritmo. ¿Con los pitidos del tráfico se le van los pies o la lengua?
Cualquier cosa. Hasta el intermitente del coche. Cuando empieza quic-coc, quic-coc. Al final le saco unos ritmos. Se me ocurren muchas cosas con ruidos cotidianos. Igual con las escaleras mecánicas. Son manías. No solo a mí. Creo que a muchos flamencos.
Pitingo es presumido, en caló. ¿Va de chulito? ¿Es un guaperas?
Nooo. Lo era mi abuelo, que era muy pobre, muy pobre, y mi abuela también, eran gente muy humilde. Él solo tenía un traje que se ponía cuando, después de tres meses en la mar, porque era marinero, venía a buscar a mi abuela, que se ponía también su vestido, con una flor roja, se iban a dar una vuelta y la gente del barrio decía: “Míralos, qué poco dinero tienen, qué pobres son y qué pitingo van siempre”. Y nos quedamos con los Pitingos.
Criado con su abuela Paca, gitana, que oía a Manolo Caracol y a la Niña de los Peines. Y a usted le sale la vena afroamericana y se pone a imitar a los negros, a Aretha Franklin, a Louis Armstrong. Y llega a las soulerías.
Pero hasta que llegué ahí pasó bastante tiempo, porque yo escuché a Aretha Franklin por primera vez con nueve años, y dije: “Quiero más casetes de esta negra y de negros”. Me di cuenta de que había una similitud entre los gitanos y los negros. Y con el tiempo vi que son dos razas que han pasado muchas penurias y esto se transmite en el cante. Como dice mi abuela, de las fatigas se sacan los cantes. Ella dice: “A veces cuando se canta la boca sabe a sangre”, de la pena, del hambre que han pasado. Igual que los negros. Y yo encontré esa similitud en las dos razas, y me daba cuenta de que, cuando ellos querían cantar una pena, la cantaban y la transmitían. Una alegría, también. Un enfado, también. Y nosotros los gitanos, igual. Somos dos razas muy parecidas.
Hace flamenco y soul. Acaba de estrenarse Flores para Antonio, sobre Antonio Flores, que hacía flamenco, rock y pop. ¿Le va la fusión? ¿Es por modernizarse? ¿El flamenco casa con todo?
Casa con todos los ritmos. Yo no soy partidario de decir que la soulería es flamenco. No. Es la unión del ritmo flamenco, las armonías del soul y armonías flamencas. Pero son un estilo propio. Y yo estas uniones no las hago por experimentar, sino por vivencia, porque lo he vivido desde los nueve años. Con trece años ya estaba en un coro de gospel y sin darme cuenta estaba cantando por soleares y empezaba a hacer What a Wonderful World, de Louis Armstrong, y lo ligaba con un cante de Juanito Mojama, y me salía bien. Lo mío fue algo natural. Siento exactamente igual el flamenco y la música negra, y forman parte de mi identidad.
Gitano por madre y padre guardia civil. Eso sí que es fusión.
Sí, nuclear [ríe]. Lo que pasa es que cuando mis padres se casaron él no era guardia civil, era marinero. Se casaron con quince años, y mi padre entró en la Guardia Civil con veinte años. Casi se ahoga en alta mar, con mi abuelo Pitingo, y dijo que tenía que buscar un trabajo con menos peligro. Que luego peligro tuvo: amenazado por ETA, infiltrado en bandas… Le han intentado matar unas cuantas veces. El de marinero era un trabajo muy duro y el de guardia civil tenía un sueldo fijo. Pero cuando se hizo guardia civil hubo personas de mi familia que no lo veían bien. Pero luego todo se arregló. Una anécdota graciosa.
¿A usted qué le ha enseñado el tricornio?
Pues que con los años unos y otros se respetan. Es como si la Guardia Civil hubiera cogido cariño a los gitanos y algunos de estos dicen: “Pues a mí la Guardia Civil me gusta más que la Policía”. Al final, el roce hace el cariño.
Enrique Morente le dijo: “Si todo el mundo te dice ¡olé! es que algo estás haciendo mal”. ¿Le dicen mucho ¡olé!?
Él lo decía por los puristas y los críticos del flamenco, para que no me preocupase. Hubo una frase todavía más importante: “Las malas palabras nos despiertan la curiosidad de otros”. Cuando haces algo diferente, los que hablan mal enseguida giran la cabeza. Yo he vendido un millón de discos y no he parado de trabajar, gracias a Dios. Mientras Buenafuente, por ejemplo, al que tengo mucho respeto y le quiero mucho, me estaba criticando, me estaban llamando para cantar Pink Floyd o Eric Clapton. Entonces la balanza… [ríe].
“Si no hubiera sido cantante sería cocinero”. De la que se ha librado la gastronomía española.
Jajaja. Es que siendo cocinero se puede crear, investigar, acertar en unas cosas y en otras no. Ser cocinero es una maestría y un arte. Aparte de que mi tío, el hermano mayor de mi madre, fue de los primeros gitanos en España en ser jefe del parador de Ayamonte y cocinero. Y lo veíamos de chiquititos hacer la comida. Me aficioné y me encanta cocinar. Me gustan sobre todo los platos de cuchara: papas con chocos o fabada, lentejas o un buen pescado, o unos fideos con rape y marisco. Cocino muchas cosas. También me gusta hacer pan.
¿A su hijo le va a dar por cantar?
Ya te digo que sí. Ya grabó conmigo un tema que se llamaba “Y llegó Manuel” cuando él tenía dieciocho meses. Fue una canción que pegó muy fuerte. Se aprendía las melodías que yo le hacía rápidamente. Lo grabé poniendo unos micrófonos aéreos encima y unos juguetes encima, para que no se sintiese en un estudio de grabación. Me puse a tocar la guitarra, le hice tres veces la melodía y la cantó. Cantaba antes de hablar e incluso antes de andar. Ahora, que tiene catorce años, estamos grabando una canción, porque él quería hacerlo. Yo le he dicho que estudie piano, guitarra, que se prepare. Que se prepare para ser artista, que no es una vida fácil.
¿Usted se considera un pedazo de artista?
Yo no me considero nada de eso. Eso lo tiene que decir la gente. Me considero diferente y único. Creo que tengo mi carrilito. Único. Por vivencias. Ni mejor ni peor. Mi forma de cantar es diferente. Todos van en un carril de 200 a 180 por hora y yo voy en un carril a 70 u 80, pero voy solo. No hay tráfico.
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