Opinión | PENSAMIENTO PERIFÉRICO
El pecado original
Una crisis que alcanza el núcleo del sanchismo y pone en cuestión el liderazgo de Pedro Sánchez

El exministro de transportes, José Luis Ábalos llega al Tribunal Supremo para prestar declaración como investigado en el caso Koldo. Madrid. 23-06-25. José Luis Ábalos llega al Tribunal Supremo / José Luis Roca / EPC
La entrada en prisión provisional de José Luis Ábalos y Koldo García ha situado al Gobierno en una posición de enorme debilidad. El caso estalló inicialmente alrededor de Koldo García y, dada su proximidad a Ábalos, las sospechas se extendieron rápidamente hacia quien había sido una de las figuras más influyentes del sanchismo. Ábalos dimitió como secretario de Organización del PSOE y fue expulsado del partido, aunque decidió conservar su acta de diputado. Pero la investigación fue avanzando y terminó alcanzando a su sucesor en esa misma responsabilidad, Santos Cerdán, otro dirigente de máxima confianza del presidente.
Cerdán dimitió, renunció a su escaño e ingresó en prisión provisional, donde ha permanecido hasta hace poco. Que tanto Ábalos como Cerdán —dos secretarios de Organización consecutivos y sanchistas de primera hora— estén implicados en la misma causa alimenta la sospecha de que no estamos ante un episodio aislado, sino ante una crisis que afecta al corazón del aparato del partido y proyecta dudas serias sobre la calidad del entorno político que ha sostenido al Gobierno e incluso sobre el propio Gobierno.
En este contexto, la posición de Pedro Sánchez se vuelve especialmente vulnerable porque, aunque no esté investigado, su responsabilidad política trasciende el ámbito penal. Ábalos, Cerdán y García no fueron colaboradores periféricos, sino piezas centrales en su llegada y consolidación en el poder. Por ello, por muchos cortafuegos que trate de activar por medio de cambios orgánicos y de gestos de distanciamiento, la implicación de su círculo más estrecho erosiona inevitablemente su autoridad.
Una situación que se agrava por el escrutinio al que están sometidos diversos miembros de su entorno familiar también por sospechas de corrupción. Aunque no existan condenas y parte de las causas sigan en fase preliminar o más presentes en el debate público que en el jurídico, la acumulación de controversias añade un desgaste reputacional significativo. La percepción de un entorno político y familiar bajo sospecha, aunque de distinta naturaleza y recorrido judicial, refuerza la idea de que la erosión no se limita a casos puntuales, sino que afecta a distintas esferas del ecosistema presidencial.
A ello se suma una hipótesis políticamente plausible, aunque no acreditada judicialmente: que algunas de las dinámicas irregulares vinculadas a los investigados se remonten a etapas previas a la llegada del PSOE al Gobierno. La continuidad de relaciones personales, el funcionamiento previo de ciertas estructuras empresariales y la persistencia de redes internas sugieren que la crisis podría tener raíces más profundas en la cultura organizativa del pasado. Por lo que, sin ser una conclusión, esta posibilidad refuerza la dimensión estructural de la crisis.
Todo ello confronta al Gobierno con una contradicción difícil de gestionar. El proyecto que llegó al poder gracias a la corrupción ajena y reivindicando la regeneración democrática y la ejemplaridad frente a esa corrupción se enfrenta ahora a una crisis que interpela su legitimidad de origen. La coherencia entre discurso y práctica es esencial en la construcción de la autoridad política, y en este caso aparece seriamente comprometida. No basta con afirmar que se trata de unos pocos individuos.
En estas circunstancias, limitarse a activar cortafuegos, la única respuesta ofrecida hasta ahora, resulta claramente insuficiente. Tratar de transmitir normalidad en una situación tan extraordinaria no solo erosiona la credibilidad del presidente, sino que ignora un hecho decisivo: Sánchez ya no dispone de una mayoría parlamentaria capaz de amortiguar los costes de la crisis. No puede actuar como si nada ocurriera, porque la realidad institucional y la aritmética parlamentaria lo desmienten. Pretender que la crisis no interpela directamente a su liderazgo y al propio proyecto de Gobierno no solo es ineficaz, sino cada vez más inviable políticamente. Y más aún cuando las sombras que hoy lo cercan proceden, en buena medida, del mismo origen que hizo posible su ascenso al poder.
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