ÓBITO
Álvaro Domecq, un oloroso en Los Alburejos
Su dedicación a la ganadería de bravo marcó una huella importante con la divisa de Torrestrella: "Hay que subir el nivel de bravura y eso solo depende nosotros, de los ganaderos, pero mandamos muy poco", sentenció tras una convivencia en su finca

El rejoneador y ganadero Álvaro Domecq Romero monta a caballo en una imagen de archivo / Bodegas Álvaro Domecq
Un domingo de verano después de misa, sin apenas operarios en su finca y arropado por sus nietos, Álvaro Domecq Romero, Alvarito para los amigos, nos abrió las puertas de Los Alburejos, el bastión de su familia donde pastaba la ganadería de Torrestrella, nombre que recibía su vacada en un cortijo que estaba amparado por una antigua fortaleza morisca, el castillo precisamente de Torre Estrella, dentro de 600 hectáreas ubicadas en el término municipal de Medina Sidonia (Cádiz).
Lo mejor que se le puede ver a un hombre de campo como era Álvaro Domecq, que ha fallecido este lunes a los 85 años, era sus entrañas, esa ráfaga basculante de su profundidad corrosiva como primera toma de contacto y que no perdía con el tiempo, cuando descolgaba el teléfono cada vez que lo requeríamos en una llamada, a petición de consejo y/o información.
Su gran habilidad
Su habilidad para trasladar sus emociones contenidas o expresadas era tan importante como el hecho de poder producirlas en los demás, cuando llegó a ser una de las figuras más relevantes del toreo a caballo en la década de los 70 del pasado siglo tras formar parte del célebre cartel de 'Los cuatro jinetes de la apoteosis' junto a los hermanos Ángel y Rafael Peralta y José Samuel Lupi.
Su sentimiento por lo que amaba, la manera en la que se embelesaba cuando hablaba de ello, de la pasión por sus caballos y sus toros, era simbólica, en su sentido más aristotélico. Una resonancia atávica y mítica que allí dentro de Los Alburejos se multiplicaba.
Nacido en Jerez de la Frontera en 1940, era hijo de Álvaro Domecq y Díez y tenía una fuerte personalidad, identidad doble y unitaria de torero a caballo y ganadero. Una manera de expresarse que sabía a ese jerez que sirvió de su bodega -también tuvo una gran faceta de bodeguero- durante la conversación que tuvimos en uno de los salones de la finca tras ver la camada de los toros y sus caballos de limpias crines y tan cuidada y musculada expresión en pleno corazón de la Janda de Cádiz.
Ese oloroso cumplía su misión, con su complejidad aromática y su fuerte carácter en su sabor, para arropar la conversación con palabras que sedimentaban su pecho con claridad, entresacando ideas fundamentales para nuestra vida de aficionado al toreo: "Se ha suavizado la fiesta y hay mucho menos riesgo que antes. Por eso creo que hay que subir el nivel de bravura y eso solo depende nosotros, de los ganaderos, pero mandamos muy poco".
"Ahora, cualquiera en el tendido puede decir que ‘eso lo hago yo’ y eso no puede ser. Antes los toros eran más pequeños, pero se movían mucho más. Cuando yo toreaba a caballo, el Sanatorio de Toreros estaba lleno en el mes de agosto y eso era síntoma de que antes había mucho riesgo".
"Falta personalidad"
Sobre los toreros actuales, explicaba que "hacen las suertes a la perfección porque se han criado en Escuelas Taurinas, pero no transmiten porque falta personalidad". Su reflexión sobre el momento actual de la fiesta taurina también fue punto y aparte a través de la obsesión que sentía por el explicar el sentido del toreo.
Ahora seguía en el campo bravo tras vender Los Alburejos en plena pandemia del coronavirus. Estaba en El Carrascal, otra de las fincas de la casa, cerca de Benalup de Sidonia. Donde el personaje de torero y ganadero nunca se desdobló en Álvaro Domecq y en esa dimensión, la suya, tan humana y tan accesible siempre, alcanzó su verdadera grandeza. Sus palabras todavía resuenan en nuestro interior, como catalizador del conocimiento, recordándonos todo lo que vivió y sintió. Así que en nosotros queda, don Álvaro.
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