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Opinión | PENSAMIENTO PERIFÉRICO

Sevilla

"Dispara a los perros": la serie 'Narcos' del Guadalquivir escribe su capítulo más violento

El tiroteo a los policías nacionales la madrugada del sábado en la provincia de Sevilla revela cómo los cárteles de la droga se adueñan cada vez de más zonas de Andalucía

Agentes de policía desplegados en Isla Mayor (Sevilla)

Agentes de policía desplegados en Isla Mayor (Sevilla) / David Arjona / EFE

“‘Dispara a esos perros’, y empezaron a disparar. Fue tremendo oír como sonaba la AK-47 a las seis de la mañana”. Un Kalashnikov automático modelo 1947, un fusil de asalto soviético, descargado con furia sobre cinco policías nacionales de cuerpos de élite desplazados a la zona de Coria y la Puebla del Río, en la provincia de Sevilla, allí donde el Guadalquivir se ha convertido en ruta de la droga. Son partes de las conversaciones reveladas en una exclusiva de El Correo de Andalucía por el periodista Carlos Doncel. Tanto él como Domingo Díaz están haciendo un trabajo que merece la pena seguir, contando los avances del narcotráfico de Cádiz a Sevilla.

Es imposible no leer sin sentir escalofríos. “Los malos pasaron, iban cargados: con una pick-up, armas largas, el de atrás iba como en los coches de la policía mexicana, con el trípode y el subfusil atrás”. Dieron el alto, se identificaron como policías y lejos de huir, atacaron: "Dispara a esos perros". El resultado fue un policía herido con arma de fuego.

La tragedia podría haber sido mucho mayor. La narración de lo que ocurrió en Isla Mayor la madrugada del sábado corta la respiración. En una zona de maleza, con hierba hasta la cintura, arrastrados por el suelo mientras las balas silbaban a su lado. Ha sido el episodio más grave desde que arrollaron a la Guardia Civil en Barbate.

La Isla Mínima

Isla Mayor (5.781 habitantes), a 50 minutos en coche de Sevilla, estará en el imaginario colectivo si vieron La Isla Mínima, la magnífica película de Alberto Rodríguez, que retrata esa dura tierra robada al río para cultivar arroz y pescar cangrejos. En el cine se pega a la piel la humedad y se respira el clima denso, asfixiante. Es el pueblo que lleva días con el corazón encogido por el trasiego de decenas de agentes de la Policía Nacional en el mayor dispositivo jamás desplegado y que busca a los autores de los disparos la madrugada del pasado sábado.

Su alcalde, Juan Molero (PSOE), habla con una mezcla de indignación y frustración ante lo que está pasando y defendiendo que la mayoría de sus vecinos son honrados. ¿Se acuerdan de las narcolanchas paseándose río arriba hasta el centro de la ciudad de Sevilla? ¿Hay prueba más gráfica de la impunidad de los narcos? ¿Quién va a querer hundirse en barro para recoger arroz o cangrejos si ofrecen cinco veces más por hacer de punto, es decir por vigilar el río? Lo vivió el Campo de Gibraltar y lo saben ahora los pueblos de esa zona de Sevilla.

La noche del 9 de febrero de 2024 a España se le heló el corazón con la violencia con la que dos guardias civiles habían sido asesinados en Barbate (Cádiz), agresivamente embestidos por una narcolancha. Durante meses se habló de la brutalidad, la impunidad y la chulería con la que los narcos desarrollaban su actividad en la comarca del Campo de Gibraltar y La Janda.

Se vio que era una guerra desigual frente a los agentes de la Guardia Civil y la Policía Nacional, con menos medios y muchas más reglas. Muchos miraron lo que ocurría con asombro, como el que acaba de descubrir que la serie Narcos, que retrató los entresijos de los poderosos y violentos cárteles de la droga colombiana, tenía un spin off a pocos kilómetros de esas playas paradisíacas en las que pasan sus vacaciones.

Décadas de lacra

Nada de lo que ocupó entonces horas de prime time y telediarios era nuevo. La lacra del narcotráfico lleva muchos años incrustada en la zona y la escalada de violencia ha sido progresiva hasta llegar a bandas acorazadas con armas de guerra, pertrechados hasta los dientes, que no dudan en disparar a cualquiera de uniforme. Al hachís hace ya tiempo que lo acompaña la cocaína y las nuevas generaciones de narcos nada tienen que ver con las que lideraban el cartel de la droga en el Sur hace 25 años.

Cuando en el año 2000 cayó toda la familia Antón, aquella que reinó en Barbate y se paseaba con un tigre con collar por el paseo marítimo, uno de los hijos menores del clan se resistió a los guardias, les insultó y su padre, ya engrilletado, le reprendió: "Cállate, idiota. Estos señores están haciendo su trabajo. Tenles un respeto", cuenta el periodista gaditano Pedro Ingelmo. Ese respeto hace ya años que se cambió por el "Dispara a esos perros", del otro día en Isla Mayor, o el "Embístele con dos cojones" de la tragedia de Barbate.

Los vuelcos, con bandas que se disfrazan de guardias civiles o policías para asaltar las guarderías de droga de los clanes rivales, borraron cualquier frontera. La proliferación de armas de guerra, auténticos arsenales, hacen el resto. La violencia es máxima. El Gobierno asegura que actúa y que los narcos están más perseguidos que nunca, también el Guadalquivir, por eso, arguyen, se defienden con más violencia que nunca. Los resultados no se están viendo.

Empezamos el año 2025 con siete toneladas de cocaína enterradas en dos contenedores marítimos en Coria del Río y con cerca de 3.000 kilos en una nave en La Puebla, todos municipios que forman de las marismas del Guadalquivir. ¿Saben cuantas decenas de millones de euros supone esa farlopa? Ya no puede haber más señales de alarma y la sensación es que los narcos siguen ganando la batalla.