Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | PENSAMIENTO PERIFÉRICO

Oportunidades políticas en tiempos de némesis

Mamdani ha articulado su campaña en torno al coste de la vida en una urbe donde el alquiler medio supera los 3.500 dólares

Imagen de archivo del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani

Imagen de archivo del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani / Europa Press/Contacto/Liri Agami

Las primeras elecciones celebradas tras la reelección de Donald Trump han supuesto un revés significativo para el Partido Republicano y un punto de inflexión en el panorama político estadounidense. La victoria en Nueva York de Zohran Mamdani, candidato socialista-demócrata, simboliza un cambio político y simbólico en una ciudad que a menudo anticipa tendencias nacionales.

Las elecciones locales y estatales han coincidido con un momento de desgaste del trumpismo y, en Nueva York, Virginia y Nueva Jersey, los demócratas y candidatos progresistas han obtenido resultados sólidos. Pero el nuevo alcalde, además, es un fenómeno político singular. Con 34 años, ha encarnado una ruptura generacional conectando con votantes jóvenes que sienten que el sistema no los representa. Su identidad musulmana y su origen ugandés-indio lo han convertido tanto en blanco de ataques islamófobos —en parte por su activismo pro-palestino— como en referente de sectores movilizados por la diversidad. Y su autodefinición como socialista lo ha situado en la periferia del eje tradicional del Partido Demócrata, que ha mantenido con él una distancia prudente hasta el punto de que figuras como Barack Obama han evitado apoyarlo abiertamente.

Mamdani ha articulado su campaña en torno al coste de la vida en una urbe donde el alquiler medio supera los 3.500 dólares. Su mensaje, centrado en la economía cotidiana más que en los grandes relatos ideológicos, ha conectado con amplias capas de la población urbana con un programa que combina medidas de alivio directo —como la congelación de las rentas protegidas, la ampliación de guarderías públicas, el transporte gratuito o la creación de economatos municipales— con una agenda fiscal redistributiva basada en el aumento del impuesto de sociedades y en recargos a las rentas más altas.

La figura de Mamdani ha emergido, así, como un contrapeso simbólico a Donald Trump. El presidente lo ha calificado de ‘comunista peligroso’ y ha amenazado con cortar fondos federales a la ciudad. Ambos representan visiones antagónicas del país que, paradójicamente, se refuerzan entre sí en un momento en que Estados Unidos vuelve a enfrentarse a un cierre parcial del Gobierno federal, el más prolongado desde 2019. Una parálisis presupuestaria fruto de la falta de acuerdos entre la Casa Blanca y el Congreso que refleja el agotamiento de la cooperación política.

El bloqueo, sin embargo, no es exclusivo de Estados Unidos. En España, la ausencia de una mayoría parlamentaria dificulta la aprobación de nuevos presupuestos y reduce la capacidad de acción del Gobierno. En Francia, Emmanuel Macron enfrenta una situación similar: sin mayoría absoluta, se ha visto obligado a recurrir reiteradamente al artículo 49.3 para aprobar leyes y cuentas públicas. Y en todos los casos, el problema no es solo la fragmentación o la polarización, sino la falta de un espacio central donde el acuerdo sea posible y el desacuerdo se pueda gestionar sin paralizar el sistema.

No obstante, las encuestas en Estados Unidos muestran que una mayoría de ciudadanos no se identifica con los extremos. Según datos de Gallup del mes de septiembre, un 62% de los estadounidenses considera que el país necesita un tercer partido capaz de representar mejor sus intereses. La cifra asciende al 74% entre los votantes independientes, al 58% entre los demócratas y al 43% entre los republicanos. Este malestar con el bipartidismo explica iniciativas como la de Elon Musk, que propuso, sin éxito, crear el America Party para representar al ‘80 por ciento en el medio’. Más allá de la retórica, el dato revela un problema estructural: existe un amplio centro sociológico, pero no un centro político operativo, capaz de articular consensos y garantizar la gobernabilidad.

Por ello, convendría no sobredimensionar la victoria de Mamdani. Nueva York cuenta con casi cinco millones de votantes registrados, pero solo unos dos millones acudieron a las urnas: una participación algo mayor de lo habitual, aunque aún inferior al 50 por ciento. Su victoria, legítima y significativa, refleja tanto la movilización de los sectores descontentos como la persistente apatía de amplias capas del electorado. Ha sido elegido con un apoyo sólido, pero limitado en términos de base social efectiva. Y como él, muchos otros gobernantes.

De ese modo, la lección que deja Nueva York no es que el futuro deba inclinarse hacia uno u otro extremo ideológico, sino que depende del espacio intermedio: el de esa mayoría sin partido, hoy huérfana, que a menudo se abstiene pero que sigue albergando la aspiración de una política capaz de recuperar el valor del pacto y la voluntad de reforma. En Estados Unidos, como en buena parte de las democracias liberales, el verdadero desafío consiste en reconstruir ese terreno común donde el acuerdo sea posible y las políticas puedan sostenerse en el tiempo.

En tiempos de némesis, cuando los extremos se necesitan para sobrevivir pero ya no logran convencer y, en muchos casos, ni tan siquiera gobernar, solo mantenerse precariamente en el poder, urge rescatar el terreno común y hacer del compromiso una forma de fortaleza, no una señal de debilidad. Porque no se trata de testar cuánto disenso podemos soportar sin quebrarnos, sino de decidir cuánto consenso estamos dispuestos a construir.