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Opinión | LA VENTANA LATINOAMERICANA

A vueltas con el perdón

En su mundo dicotómico solo hay invasores e invadidos y solo a los primeros les corresponde pedir disculpas

Albares reconoce injusticias hacia los pueblos originarios mexicanos y ve justo lamentarlo

Albares reconoce injusticias hacia los pueblos originarios mexicanos y ve justo lamentarlo

Las palabras del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, durante la inauguración en el Instituto Cervantes de la magnífica exposición “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena”, relativas a los problemas de la historia compartida con México, han causado un profundo debate tanto dentro como fuera del país. Su alusión al dolor y a la injusticia infligidos a los pueblos originarios, como parte de un proceso que debe ser reconocido y lamentado, revivió la discusión sobre la necesidad de pedir perdón (o no) por los excesos de la conquista.

Los dichos medidos del ministro no satisficieron a nadie y avivaron la polémica entre propios y extraños. Si para el gobierno mexicano fue solo un primer paso, aunque insuficiente, en la buena dirección, para los sectores más alineados con el nacionalismo español se trató de una abierta traición. De ahí que diferenciaran entre quienes se enorgullecen y quienes se avergüenzan de la historia patria.

Mientras esto ocurría, el poeta mexicano Gonzalo Celorio, recién galardonado con el Premio Cervantes, aportó su visión ponderada del carácter “mestizo” de la cultura mexicana, subrayando que “negar la hispanidad de México es tan grave como suicidarse a medias, como acabar con una parte integral de nuestro propio ser”. De modo similar se había pronunciado en 2024 Felipe VI en Trujillo, en el “Encuentro de Academias Hispanoamericanas de la Historia”, al citar al Inca Garcilaso de la Vega, un escritor e historiador peruano del siglo XVI hijo de padre español y madre inca, que proclamó con orgullo: “de ambas naciones tengo prendas”.

Celorio también se distanció de sus gobernantes que piensan que España cometió una atrocidad durante la conquista. “No diré que esa atrocidad no existió. Fue una conquista violenta. Pero cuando ocurrió España no era España ni México era aún México”. Si bien el galardonado tiene razón al afirmar que en el momento de la conquista ni México ni España existían bajo su forma moderna, la discusión viene de lejos y afecta de forma casi exclusiva a cualquier forma de colonización occidental, y sólo a los desmanes por ella provocados. De ahí que países como Alemania, Bélgica, Dinamarca, Países Bajos y Reino Unido, junto a la Iglesia Católica y el Parlamento Europeo hayan acudido a algún tipo de fórmula retórica para disculparse bien por la esclavitud a la que fueron sometidos muchos pueblos africanos o bien para asumir algunos de los excesos cometidos durante la etapa del colonialismo europeo.

Pero esto no ha cerrado una discusión que podría ser interminable. Hay quien cree que para que ello ocurra es necesaria una importante compensación económica a los descendientes de los damnificados, aunque sean colectivos difíciles o imposibles de identificar. Simultáneamente otros sostienen que durante la historia de la humanidad siempre ha habido conquistas, muchas de una gran violencia, como muestra precisamente la historia mexicana, donde la sucesión de culturas renombradas, como la de los olmecas y toltecas, confirma las prácticas de invasión y expulsión.

La presidenta Sheinbaum asume que la verdad está de su lado, en una discusión iniciada por su predecesor. En su mundo dicotómico solo hay invasores e invadidos y solo a los primeros les corresponde pedir disculpas. Casi le perdona la vida al ministro Albares cuando dijo: "Enhorabuena por este primer paso del canciller… español en el reconocimiento, particularmente en este año de la mujer indígena". La exigencia a la Corona, hecha por López Obrador y repetida por Sheinbaum, muestra que ambos siguen anclados en el pasado colonial, cuando todas las reclamaciones se elevaban al monarca y no a un gobierno democrático, como actualmente.

La dinámica iniciada por López Obrador, más allá de sus contenidos poscoloniales, debería servir para resaltar cuestiones como que las mujeres indígenas vivieron durante milenios sometidas por sociedades patriarcales, o que las mismas mujeres indígenas eran secuestradas y violadas por unos pueblos originarios que invadían los territorios de pueblos tanto o más originarios que aquellos que los expulsaban de sus hábitats. O que algunas de las muestras culturales (folklore, música, danzas o gastronomía) reivindicadas como propias por los indígenas en realidad son tributarias del mestizaje o recibidas de los conquistadores, como la introducción del caballo por los pueblos que poblaban el norte de la Nueva España o todo lo que rodea a la mitificación de lo taurino.

Cuando en octubre pasado se inauguró la primera parte de “La mitad del mundo” se leyó una carta escrita de su puño y letra por Sheinbaum. Más allá del panegírico a las mujeres indígenas, fue clamoroso su silencio sobre una exposición presentada en España y hecha posible por el esfuerzo conjunto de ambos gobiernos a la hora de tender puentes y recomponer la relación bilateral. En lugar de ello prefirió seguir crispando.

Es obvio que la conquista trajo sufrimiento a los pueblos dominados y que más allá de unos bienes satisfactoriamente recibidos, como la cultura occidental y la religión católica, nadie les preguntó a los conquistados si querían recibir graciosamente todos estos dones y ofrendas. Todo lo ocurrido debería ser reconocido, de la misma forma que ni todo el sufrimiento de los pueblos amerindios comenzó en 1492 ni todo fue responsabilidad de Occidente. Hay otro hecho que ni el nacionalismo mexicano ni ningún otro nacionalismo latinoamericano deberían eclipsar y es que el Imperio español tuvo una extensión continental y que el revisionismo no se debería hacer fronteras adentro. Eso es hoy por hoy imposible y es una de las tantas tareas pendientes que deja este debate.