LA ENTREVISTA
José María Pérez, Peridis: "Mi trabajo es convertir a políticos anodinos en personajes de historieta"
Acaba de publicar 'El tesoro del convento caído', una historia de amor hacia el monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campo, que, tras jugar de niño entre sus ruinas, reconstruyó ya como arquitecto

José María Pérez, Peridis. / Alba Vigaray
Arquitecto, dibujante, divulgador del patrimonio cultural y escritor, director de la Enciclopedia del Románico - 77 tomos-, El tesoro del convento caído, que acaba de publicar, es una historia de amor hacia el monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campóo, que, tras jugar de niño entre sus ruinas, reconstruyó ya como arquitecto. El libro es también una sucesión de memorias envueltas en novela, y de testimonios recogidos a lo largo de sus 84 años de vida. ¿Seguirá escribiendo? "Pensaba ya cortarme la coleta, pero no la pillo", responde José María Pérez, Peridis, (Cabezón de Liébana, Cantabria, 1941) desde su calva solemne.
"¡Quiera Dios que a este niño le veamos de arzobispo de Toledo!", dijo el cura al bautizarle. Qué desilusión, cómo ha terminado, ¿no?
Si yo he sido más que obispo. Es como si hubiera sido el abad de Santa María la Real, pero laico, que tiene más mérito.
Pues Toledo no era mala diócesis. A lo tonto, podría ser ahora primado de España. ¿Le faltó coraje?
No me faltó coraje. Me faltó conocimiento. Yo no tenía vocación, aunque eso es bueno para ser arzobispo. Si tienes vocación, te metes en líos: empiezas con los pobres y la fastidias. Te coges el Evangelio, el Sermón de la Montaña -tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste…- y luego te dan una bofetada y tienes que poner la otra mejilla.
Bueno, ha acabado entre conventos, en cualquier caso.
Toda mi vida trotando y restaurando conventos. El primero, el de Aguilar de Campoo, que conocí cuando tenía cinco años. Era una ruina, pero a mí me parecía un castillo. Había una sirenita que era albina, la Carmina, y tenía un hermano pecosillo que era un duende. Y conocían el convento como la palma de la mano, porque vivían allí. Yo quedé hechizado, porque era un anticipo de Exin Castillos, que entonces no existían, a escala uno a uno, y que ponía "Prohibido el paso". Y yo dije: "Este es mi sitio".
Dice que su último libro mezcla novela, memorias y testimonios. Da la impresión de que novela hay poca. De que hay mucha autobiografía.
No, no. Una autobiografía es como un ensayo. El miedo que tenía yo era darme autobombo, que es lo que son las autobiografías. Pero quería contar mi historia y la de mucha gente que me ha acompañado en una aventura que ha sido una epopeya: Levantar de las ruinas, a partir del 77, un convento arruinado, a partir de una asociación cultural y terminar haciendo la Enciclopedia del Románico de la Península Ibérica, que van a ser 77 o 78 tomos, porque Andorra está por editar.
Creo que cuando me muera me esperarán en fila todos los arzobispos de Toledo y me harán obispo emérito
¿Un best seller?
No pretendo que sea un best seller, sino una muleta. Una muleta, pero con motor, para que quienes estudian la Edad Media o vayan a hacer una tesis doctoral sobre el Medievo tengan todos los datos de todos los monumentos de España con plantas y alzados.
Su último libro, siempre con el convento caído de su infancia en el horizonte, es un grito contra la dejadez hacia el patrimonio artístico. ¿A quién dirige ese grito?
A nadie. Yo cuento una historia, no quiero dar mensajes ni gritar. Hemos encontrado una vía de recuperar patrimonio dando trabajo y formación a la gente, fomentando el turismo, manteniendo el respeto y creando señas de identidad en la España vaciada, creando iniciativas. ¿Cómo lo hemos hecho? Creando una Asociación de Amigos y haciendo patriotismo de patria chica. Lo primero, tu pueblo. Yo no soy de llevar banderas ni enseñas. El patriotismo para mí ha consistido en que, al lado de mi casa, donde yo jugaba, había una ruina monumental. Pues sacarla de la ruina y convertirla en algo que decía Unamuno cuando estuvo: Hasta una ruina puede ser una esperanza. Y hemos convertido las ruinas en escuelas.

José María Pérez, Peridis. / Alba Vigaray
¿Ve como merecía ser arzobispo de Toledo?
He hecho bien en no andar por el arzobispado. ¿Me imaginas allí escondido, oremus, oremus?
Ha sido bastante más útil. De arzobispo no le veía yo haciendo 77 tomos de la Enciclopedia del Románico.
Pero eso con tres mil personas que han sido desempleadas: titulados con la carrera de Historia del Arte recién acabada, la Asociación, la Fundación que hicimos después y que ha ofrecido trabajo. Al frente había catedráticos, gente de buen saber y con experiencia.
Reconstruir puentes, dice, entre el pasado y el presente. ¿No tiene la impresión de que la memoria es hoy un valor poco apreciado?
Bueno, quizá la memoria cosificada y embalsamada, que es la que vemos muchas veces, cuando te dicen: tienes que estudiar tal clásico… Lo que hay que hacer es vivirlo. Nosotros hemos ido al pasado no para santificarlo, sino primero para restaurarlo; y segundo, para revivirlo, resucitarlo. Por ejemplo, el monasterio de Aguilar. ¿Qué hay allí? Pues un instituto de Bachillerato, por el que han pasado ya cinco mil chicos y chicas. Como hay otros muchos edificios que se rehabilitaron con las escuelas taller.
La presentación de su libro dice que es un "retrato moral de España a través de sus ruinas". ¿España está que se cae?
No. Estaba que se caía en 1977. No había dinero para restaurar monumentos. Y los pueblos… Bueno, ¿cómo era Madrid en el 77, que no nos gustaba porque estaba todo como descascarillado y era una ciudad gris y sucia. En el momento en que se empiezan a rehabilitar edificios y a vivir a fondo las ciudades -aparte de que España tiene ahora mucho más nivel- se ha restaurado muchísimo. En concreto, nosotros hemos contribuido a ello con las escuelas-taller de artesanos. En el monasterio una de las cosas que hicimos fue que los chicos y chicas del paro trabajaran allí aprendiendo un oficio.
A veces lo muy restaurado se utiliza luego para pisos turísticos. ¿No le pone los pelos de punta?
Pero esa es la segunda parte. La primera es en qué medida poner en valor lo que los pueblos y las ciudades conllevan, igual que en Lazarillo de Tormes: ¿Lo que te mató te cura? Sí. Pues lo que te cura te mata. Eso ya es labor de los políticos. Poner limitaciones a la expulsión de las ciudades y de los pueblos y convertirlos en parques temáticos. Lo castizo. Falsificándolo a veces. Hay un pueblo de La Mancha que era de tapial y tenía su belleza, pintado de blanco, y tal. Pues lo han forrado de guirlache porque tenía que ver con un personaje de ficción que no podía vivir en un pueblo que no fuera noble.
¿Cree que tiene ganado el Cielo por haberse ocupado de tanta ermita y tanto convento?
Pues hombre, yo creo que cuando me muera me esperarán en fila todos los arzobispos de Toledo y me harán obispo de Toledo emérito. Para más inri, en una novela que he hecho en cierta medida el malo era el arzobispo de Toledo, Elipando, el antagonista del beato de Liébana. Elipando decía que Jesucristo no era hijo verdadero de Dios, sino hijo adoptivo. Y el beato decía que no, que era hijo-hijo.
El arte medieval y el arte actual, ¿cómo casan?
Fantásticamente. Cada uno en su sitio. El arte medieval es un arte en el paisaje, un arte muy expresivo. Yo he visto en alguna cripta capiteles que harían a Picasso chuparse los dedos si hubiera podido hacerlos. Picasso se inspiró mucho en el arte románico. Si vas a Cataluña, los ojos esos grandes de los Cristos y de los personajes los saca del románico.
Resulta que fue arquitecto por casualidad. Deduzco de lo que cuenta en su novela que se le ocurrió cuando se presentó en casa de su tío Laureano, el canónigo, y éste le preguntó a qué venía a Madrid. Si le llega a decir cupletista o bombero habría más monasterios en ruinas.
No, no. Yo venía a Madrid con la maleta y con los pies en el suelo. Sabía que, si no hacía una carrera, el horizonte que tenía era muy limitado. ¿Qué carrera iba a hacer? Estaba en mi inconsciente. Yo había paseado por el monasterio y había jugado de niño en un edificio de muro gordo, ventanas proporcionadas, basas, fustes y capiteles, arquitrabes, frisos y cornisas en su sitio. Te empapas de ello de niño. Ante mi tío, arquitecto es lo primero que se me vino a la lengua. Era lo que quería en mi corazón. Pero decirlo con solo seis cursos de Bachillerato y teniendo que ganarte la vida… Había que remar mucho para hacer la carrera de Arquitectura trabajando en los años Sesenta. Nadie me regaló nada.
"Llegarás a célebre e ilustrísimo", le dijo su padre en una carta cuando tenía 20 años. ¿Es más célebre o más ilustrísimo?
Ni lo uno ni lo otro, porque no tengo una página web…
Pues le veo de influencer. Póngase a ello.
Soy influencer por El País, pero no soy influencer para nada. Ni ando por ahí pontificando. He tenido la suerte de poder hacer una carrera maravillosa en aquellos tiempos. Ahora también lo es, pero las salidas son más difíciles. Y tuve la suerte enorme de salir con el diario El País, que va a cumplir 50 años, y a tira diaria.
Cuando perdí a Fraga, a Suárez y a Carrillo tuve que empezar de nuevo. Pero llegó Rajoy y se puso en la tumbona
¿Cómo ha podido mantenerse, con tantos avatares?
Precisamente por los avatares, que te obligan a renovarte. Cuando perdí a Fraga, y a Suárez, y a Carrillo… Imagínate a Quino si le quitas a Mafalda o a Manolito, o a Schultz si le quitas a Snoopy. ¿Qué hacen? Yo tenía ya mi corralito con mis personajes. Y de repente hala, a la porra, a empezar de nuevo. Pero luego encuentras que llega Rajoy y se pone en la tumbona. Pues ya está. Al principio para mí era una catástrofe. Es como el que tiene una compañía de teatro con Fernando Fernán Gómez, José Luis López Vázquez, etcétera, y de repente se le jubilan. A mí los electores no me pedían parecer. Ponían y quitaban. Y llegaba gente que tiene menos… [Pausa]
¿Menos?
Menos tirón.
¿Los personajes -los políticos- han ido perdiendo fuelle?
Sí, pero ese es mi trabajo. Mi trabajo es convertir a políticos anodinos inclusive en personajes de historieta. Yo no puedo trabajar con políticos, tengo que trabajar con personajes. Y mi acierto ha sido trabajar para convertirles en personajes. Y que no se quejen, ¿eh? Porque no es tan fácil.
¿Qué sería del Románico sin Peridis?
Pues lo mismo. Estaría un poco más triste, porque cuando hay un arquitecto humorista le encuentra la chispa de humor que tiene el románico. El románico tiene gracia, es simpático, es muy humano. El gótico, el Renacimiento y el barroco ya son otra cosa. Pero el románico tiene mucha ingenuidad, mucha gracia.
¿Habría que poner su efigie en un pantocrátor?
No. Me cagarían las palomas.
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