Opinión | PENSAMIENTO PERIFÉRICO
El bumerán de la cancelación
El juicio social ha sustituido al razonamiento y el castigo moral ha desplazado al debate democrático

Charlie Kirk. / EFE
En los últimos años, la denominada ‘cultura de la cancelación’ se ha consolidado como uno de los fenómenos más característicos y controvertidos del espacio público contemporáneo. Nacida de una voluntad de denunciar comportamientos racistas, sexistas o discriminatorios, la cancelación ha ido evolucionando hacia una lógica de señalamiento permanente, donde el juicio social ha sustituido al razonamiento y donde el castigo moral ha desplazado al debate democrático. Este fenómeno, que si bien inicialmente parecía legitimado por una narrativa de justicia social, ha terminado por erosionar uno de los pilares fundamentales de las sociedades liberales como es la libertad de expresión.
Esta ‘cultura de la cancelación’ se ha ido construyendo sobre una dinámica reactiva y vigilante, a partir de la cual cualquier declaración, acción, omisión o incluso silencio se han convertido en potenciales objeto de escrutinio —incluso retroactivo— sin tener en consideración ni el pluralismo, ni el contexto, ni la evolución personal, ni tan siquiera la posibilidad de equivocarse. La cancelación no admite matices ya que convierte al otro en un enemigo moral, lo deslegitima y lo excluye del espacio público. Y es por ello que, paradójicamente, se ha convertido en un mecanismo que ha acabado por reproducir precisamente la intolerancia que pretendía combatir.
El asesinato de Charles Kirk ha marcado un punto de inflexión en la reflexión pública sobre los límites y los excesos de esta cultura. Kirk, conocido por sus posturas conservadoras, fue durante años objeto de campañas de boicot, censura y difamación sistemática. Y aún lo es. Su exclusión de universidades, eventos y plataformas digitales fue celebrada en muchas ocasiones como una victoria por parte de sectores progresistas que confundieron el disenso con el odio. Sin embargo, su trágico asesinato a manos de un individuo radicalizado ha revelado la cara más sombría de la cancelación: su capacidad para alimentar la polarización, deshumanizar al adversario y legitimar la violencia simbólica y, en última instancia, la física.
El caso ha generado un efecto dominó en el ecosistema mediático y cultural estadounidense, siendo la cancelación del programa de Jimmy Kimmel el ejemplo que ilustra con mayor crudeza hasta qué punto la cultura de la cancelación puede convertirse en un bumerán. Kimmel, figura emblemática del late night televisivo y conocido por su humor progresista y provocador, fue cancelado por emitir comentarios sarcásticos sobre Kirk en uno de sus monólogos tras el asesinato. Lo que pretendía ser una crítica política —dura pero legítima— fue interpretado por algunos sectores como una falta de respeto intolerable hacia la figura del activista fallecido. Las presiones sociales, amplificadas por una tormenta digital y por el propio presidente de los Estados Unidos, llevaron a la cadena a suspender el programa indefinidamente, en un acto de claudicación frente a la censura emocional. Una cancelación que no provino de los sectores que tradicionalmente han impulsado estas prácticas, sino de sectores conservadores que, habiendo sufrido previamente la exclusión, ahora han replicado las mismas lógicas de purga y castigo, en gran medida legitimados por su experiencia anterior. La ironía es evidente: el mismo mecanismo que fue utilizado para silenciar voces como la de Kirk está siendo empleado ahora para silenciar a sus críticos.
Los peligros de esta deriva son evidentes. Cancelar es imponer una visión del mundo, es silenciar lo que resulta incómodo y es construir una falsa apariencia de unanimidad, algo que, por definición, en sociedades plurales como las nuestras, no existe. Es, en definitiva, un atentado contra la libertad de expresión —venga de quien venga— y, como muestra este caso, un aval al péndulo de la intolerancia, que hoy vira hacia un lado y mañana vira hacia el otro. Por ello, frente a esta perversa dinámica, solo cabe reivindicar la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias, recordar que no existe el derecho a no sentirse ofendido y abogar por un espacio público donde disentir no sea interpretado como una agresión y donde las ideas opuestas puedan coexistir sin miedo a la censura ni a la exclusión.
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