CRÍTICA

La autobiografía, un género vivo también en el cómic

En pleno delirio narcisista propiciado por las redes no extraña que los autores vuelvan su mirada hacia el que parece el único tema posible, un yo que no se distingue tanto de otros

Viñeta de ‘Baños Pleamar’ de Isaac Sánchez.

Viñeta de ‘Baños Pleamar’ de Isaac Sánchez. / EPE

Florentino Flórez

Baños Pleamar se presenta arropado por la popularidad de su creador, Isaac Sánchez (Badalona, 1981), figura relevante en redes y de quien nunca había oído hablar. Sus colas se llenan de seguidores entusiastas en las sesiones de firmas y eso es suficiente para que los editores se pongan a salivar como el perro de Pavlov. No creo que popularidad y calidad estén enfrentadas, así que me leí la obra esperando disfrutar con los componentes que habían fascinado a las masas. 

No puedo decir que coincida con los gustos de esa supuesta mayoría digital. No es una obra despreciable, el dibujo apunta maneras y todo parece bienintencionado. Pero esta oda a un padre estrafalario y poderoso no acaba de emocionar. No entiendo el papel reservado a una madre derrotada desde las primeras páginas y me empacha tanta declaración alrededor del consabido "persigue tus sueños y lucha para conseguirlos". Vale, lo pillo, tras una infancia heroica el prota triunfa y abandona por un momento su Olimpo digital para contar a los pobres mortales cuan duro ha sido su camino hacia el éxito. ¡Gracias!

Más interés me despierta la descarnada declaración de Maia Kobabe (Área de la Bahía, California, 1989) en Género queer. En las últimas décadas han abundado los manuales de comportamiento para las diferentes variantes sexuales, primero gais y lesbianas y luego todo los demás. Respecto a las personas trans, estas guías suelen insistir en el camino de transformación, me quito esto, me pongo aquello... Los pasos a seguir para ajustar mente y cuerpo, con la ayuda de la cirugía y la farmacopea. Aquí el autor sigue otra ruta, más centrada en la diferencia y la exploración. No se trata ya tanto de en qué me quiero convertir como de quién soy y en qué casilla me sitúo. Pone un ejemplo muy visual: si los géneros habituales son dos, y vemos uno como montaña y el otro como mar, el protagonista se localiza en algún espacio intermedio, en los bosques que unen uno y otro paisaje. Llegar a esa conclusión no le resulta fácil.

Una viñeta de ‘Género queer’ de Maia Kobabe.

Una viñeta de ‘Género queer’ de Maia Kobabe. / EPE

El cómic explica con claridad ese recorrido incierto que le lleva a despreciar su primera regla, a ocultar sus pechos y al mismo tiempo a desear a un compañero o a sentir interés por personas de uno u otro sexo. También relata su dolor cuando una ginecóloga explora sus genitales y su inquietud ante la posibilidad de tener relaciones. Se siente seguro en el terreno de las amistades, no tanto cuando esos afectos se vuelven íntimos. Es una obra más personal que política y que halla su verdad en ese análisis de unos sentimientos profundamente individuales. Denle una oportunidad.

Finalmente recuperamos a Jaime Martín (L’Hospitalet, 1966) en Siempre tendremos 20 años. Aunque el título pueda recordar a un trabajo anterior (Jamás tendré 20 años), el tono y los resultados son diferentes. Si en aquel hablaba de sus padres y abuelos, aquí cuenta su trayectoria profesional y vital. Y da bastante vértigo. Llama mucho la atención esa foto que incluye, cuando ganó el premio del Salón de Barcelona. Un jovencísimo Martín, rodeado de los más grandes: Hermann, Kubert, Eisner, Blasco, Shelton... Un momento irrepetible y que en su caso supone casi el principio del fin.

Viñeta de 'Siempre tendremos 20 años', de Jaime Martín.

Viñeta de 'Siempre tendremos 20 años', de Jaime Martín. / EPE

Tras el cierre de la revista El Víbora, se suceden las etapas sin un trabajo claro, las incertidumbres y una vida laboral precaria que muestra de forma descarnada y poco habitual en un mercado que tiende a presumir de buena salud, ocultando sus muchas miserias. Y su caso no es una excepción, todo su grupo de amigos se enfrenta a recorridos igual de complicados, con hijos a los que hay que atender y pocas expectativas de mejora en un futuro inmediato. Hay un pasaje especialmente sobrecogedor cuando el autor se imagina saltando por la ventana de su habitación.

Pese al tono sombrío que recorre la narración, el dibujo es cada vez mejor, y el color, tan agradable como narrativo. Además de las desgracias, también sabe transmitir el amor hacia un medio al que ha dedicado su vida, y muchos podemos reconocernos en ese conjunto de lecturas que van marcando su desarrollo profesional. Hay un componente nostálgico indudable y de alguna forma el autor logra trasladarnos a los 80 y a los protagonistas que definieron el cómic en la Transición. Un trabajo muy notable y que no debería pasar desapercibido.