OPINIÓN

'Argentina 1985': la verdad de lo que sucedió

Es una película que conmueve, pero que, por sus omisiones, ha funcionado como un saludable catalizador para restituir la verdad histórica distorsionada por la narración del kirchnerismo

Ricardo Darín y Peter Lanzani, en un fotograma de la película ’Argentina 1985’.

Ricardo Darín y Peter Lanzani, en un fotograma de la película ’Argentina 1985’. / EPE

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Norma Morandini

Para hacer más soportable un dolor, ponlo dentro de una historia o haz una historia con ese sufrimiento, aconsejaba la escritora danesa Karen Blixen, más conocida por su seudónimo Isak Dinesen. Por eso, los mejores relatos sobre la memoria dolorosa vienen de las expresiones artísticas. Son las novelas, las películas, los documentales que al narrar vidas individuales en tiempos de muerte y terror muestran la verdad de lo que sucedió.

La película de Santiago Mitre Argentina 1985 le da la razón a Blixen-Dinesen. Con la soberbia actuación de Ricardo Darín en el papel de Julio Strassera, la ficción recrea los dilemas personales de ese fiscal, su adjunto y el grupo de jóvenes abogados que encararon la inmensa tarea de la acusación. Un “juicio histórico” ya que, nunca antes, un tribunal civil sentó en el banco de los acusados a poderosos dictadores.

Una película que conmueve, emociona, pero que por sus omisiones ha funcionado como un saludable catalizador para restituir la verdad histórica distorsionada por la narración del kirchnerismo que, a partir de 2004, con la llegada del matrimonio a la presidencia, politizó la memoria histórica, sin lugar para Raúl Alfonsín y los integrantes de la Conadep, la comisión de notables a quien el primer presidente de la democracia, a tan solo tres días de asumir, encomendó la investigación sobre el destino de los presos desaparecidos. La perversa estrategia de la dictadura argentina que secuestró a las personas, las asesinó, ocultó los cadáveres para, luego, negar los crímenes.

Sin el informe de esa comisión, presidida por el escritor Ernesto Sábato, que recolectó unos nueve mil testimonios y reconoció la centena de campos clandestinos de detención, mal podría el fiscal, en tiempo récord, reconstruir el rompecabezas macabro del terrorismo de estado sobre el que los jueces pudieron condenar a cadena perpetua a Jorge Videla y Emilio Massera, el almirante que soñaba ser el nuevo Perón de Argentina, y penas menores a los otros comandantes. Todos fueron destituidos.

OMISIONES

Pero si esas omisiones se pueden justificar en el hecho artístico de la ficción, sin compromiso con la verdad, la realidad mete la cola al final de la película. Los carteles mencionan lo que siguió al juicio, las leyes de amnistía, arrancadas en 1987 a la democracia y al presidente Alfonsín por los levantamientos militares de los oficiales que se negaban a ser juzgados porque “cumplieron las órdenes”. Pero omite llamativamente el indulto del presidente peronista, Carlos Menem, que sacó de la cárcel a los dictadores condenados por el juicio, motivo de la película, y perdonó igualmente a los dirigentes de la guerrilla peronista, Montoneros.

Es cierto que los juicios a los represores fueron retomados durante los gobiernos kirchneristas porque el parlamento derogó las leyes de amnistía, consideradas inconstitucionales por el máximo tribunal de Justicia, pero fue la apropiación de la memoria histórica y la politización de las organizaciones de las madres del pañuelo blanco lo que abrió una brecha entre los argentinos y reavivó los fantasmas del pasado.

En la tercera década democrática, el país fue distanciándose del mayor consenso que pudimos lograr. La película, paradójicamente, logra una nueva unanimidad: la emoción que concita. Los más jóvenes, hijos de la democracia, por lo que ignoran, los testigos directos por lo que perdimos, el país esperanzado de 1985 cuando nadie le preguntaba al otro, sos peronista, comunista o radical, unidos todos en ese mantra democrático, el “Nunca más”, nombre del informe Sábato, institucionalizado con el final del alegato del fiscal Strassera, que ya no suena tan fuerte en la Argentina de la crispación política.

GARANTÍA DE VERDAD

Pero la emoción no siempre es garantía de verdad. En mi auxilio acudo a Hannah Arendt, la teórica política que reflexionó sobre esos “tiempos de oscuridad” para advertir que “las verdades históricas son sólo verdaderas, es decir, universalmente convincentes y vinculantes, cuando son confirmadas por las verdades de la razón, que es la que debe decidir sobre la necesidad de una revelación, y por ende, de la historia”.

Dos hermanos presos desparecidos, arrojados al agua en los vuelos de la muerte, una madre de pañuelo blanco que fundó una organización de derechos humanos en Córdoba, de donde soy oriunda, y mi vida en el exilio me dieron el ventajoso punto de vista de la experiencia y la necesidad de entender ese tiempo que me tuvo de protagonista. Cubrí el juicio a las juntas como cronista para el diario brasileño O Globo y la revista española Cambio 16, de la que fui su corresponsal sudamericana. Un juicio que se hizo a espaldas de la sociedad, con amplios reparos de los sectores que preferían el borrón y cuenta nueva. Por prudencia, con el poder militar intacto, herido por la humillación de una guerra perdida, la de las Malvinas, los jueces nos impidieron el uso del grabador, con lo que debíamos decir con palabras propias lo que escuchábamos de los sobrevivientes.

La televisión mostraba las imágenes, pero callaba las voces y los llantos. Ninguno de nosotros logró en seis meses la hondura moral y filosófica que consiguió Jorge Luis Borges con solo asistir a una audiencia y que volcó en una crónica memorable, “El lunes 22 de julio”, escrita para la agencia EFE, publicada por los diarios El País y Clarín. Aquel día, escuchamos a lo largo de varias horas el relato del operario gráfico Víctor Basterra, preso desparecido en la ESMA, la Escuela Mecánica de la Armada, obligado a falsificar la documentación que los marinos necesitaban para sus negociados. Como si fuera un oficinista, le permitían salir todos los fines de semana para reunirse con su familia y regresar luego al campo donde estaba desaparecido. Solo que en esas salidas, sin que los marinos se dieran cuenta, fue sacando entre sus ropas una documentación de lo que se pretendió ocultar y fue una prueba valiosísima ante el tribunal.

LA NECESIDAD DE NARRAR

Como Borges, de todo lo que oí y no pude olvidar, yo también necesité narrar. Sin embargo, conservé menos los relatos de las crueldades que esas situaciones humanas imposibles de imaginar. Borges lo llamó “la inocencia del mal”, la contracara del tan citado y no siempre bien entendido concepto de la “banalidad del mal “de Arendt. Ella no exculpó a Eichmann, sino que nos ofreció el retrato de un criminal irreflexivo incapaz de discernir entre lo bueno y lo malo. “Lo más grave en el caso de Eichmann era precisamente que hubo muchos hombres como él y que estos hombres no fueron ni sádicos ni pervertidos, sino terroríficamente normales”, escribió la pensadora alemana tras cubrir el juicio a Eichmann, secuestrado en Buenos Aires y juzgado y condenado a la horca en Jerusalén.

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Borges escuchó a una víctima. Arendt, a un verdugo. Es probable que en el tribunal, el escritor argentino haya sentido la misma desconexión entre la monstruosidad de lo que escuchaba con la simplicidad de un hombre común que narraba sus padeceres “sin odio en su voz” porque había entrado “enteramente en la rutina de su infierno”.

Arendt, como Borges, confirma la sugerencia de la escritora danesa: los mejores relatos y la reflexión moral sobre lo que sucedió no provienen de la historia, sino de las obras literarias que recrean la naturaleza humana del lamento, porque como escribió Goethe en la dedicatoria del Fausto, el dolor se renueva y el lamento repite el curso errante y laberíntico de la vida, y hoy lo sabemos, la esquiva utopía del Nunca Más.