ENTREVISTA

Héctor Abad Faciolince: "Escribir me deja heridas. Sufro al hacerlo pero después me quedo con una gran serenidad"

El escritor colombiano nunca expresó predilección alguna por el Dios al que dedicó su vida sacerdotal Luis Córdoba, que ahora cubre su última novela, 'Salvo mi corazón, todo está bien'

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, fotografiado en Madrid

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, fotografiado en Madrid / Alba Vigaray

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Quien toca este libro toca a un hombre. El hombre es un sacerdote colombiano, polifacético, amante de la música, rendido ante los pies de Mozart, cinéfilo que bebió por igual de las metáforas de Pasolini que de las de Fellini, un gordo (al que llamaban El Gordo) que disfrutó de la comida como para aumentar cada día la consistencia de su apodo. Y un amigo. Cultivó la amistad también de aquellos que, como el autor de este retrato en forma de novela, Héctor Abad Faciolince, de 64 años, nunca expresó predilección alguna por el Dios al que dedicó su vida sacerdotal aquel personaje, Luis Córdoba, que ahora cubre una novela, Salvo mi corazón, todo está bien (Alfaguara).

Héctor Abad es el autor de El olvido que seremos, un viaje abrumador que reconstruye el asesinato de Héctor Abad Gómez, su padre, médico que, como el Luis de la presente novela, regaló dones de bondad a todo el que se le acercara y al que el terrorismo colombiano quitó de la vida. Esa escena que cambió el porvenir del  hijo e hizo que éste terminara siendo otro escritor, pues desde entonces su escritura se adentra en su propio corazón o en el corazón de los otros y mira menos a lo que debieron a la imaginación obras suyas anteriores.

Hablar con él para un periódico ha sido siempre cumplir un compromiso de silencio, pues mientras dice, pero también cuando calla, da la impresión de que se mira hacia adentro, como si estuviera atrayendo escenas que están presentes o que inspiran su escritura. En silencio, pues, le escuchamos responder mirando a veces a un infinito que traspasa los libros que hay en las estanterías de su editorial en Madrid. Esta fue la entrevista, tal como la fuimos haciendo. Partimos de lo que sugiere el libro, que para escribirlo él tuvo que revivir episodios que no se cuenta si no han sido antes partes de su vida propia. 

P. ¿Cómo empieza un libro así?

R. Los libros empiezan mucho antes de que los escribas, con una semilla que te indica que se ha sembrado en ti algo importante. Cuando esta persona, El Gordo, está esperando un corazón y se va a vivir a una casa. En el año 96, pensé que eso era la semilla de una historia. Ahí se quedó, pero no se me olvidó. En la pandemia volvió a brotar. Yo estaba más o menos bien, pero comencé a sentir algunas molestias en el corazón y… quizá por eso esta historia volvió a mí. Para escribir una novela hay que tener mucha obsesión, porque tienes que aguantar dos o tres años de trabajo. Entonces, la semilla se une a la obsesión y a los amigos que te cuentan cosas y sólo así puedes contar la historia. Un amigo que se mata por amor tiene una novela. Un médico gay, casado, que planea jubilarse en una casa en el campo y, de pronto, el marido se le enferma de Covid y se le muere y, un tiempo después, él se mata… ¡Ahí hay una novela dentro de la novela! El Gordo conoció a estas dos personas y… por eso tienen que ver con su historia. 

P. Para una novela con tanto recuerdo, ¿qué es preciso olvidar?

R. Todo. Yo estuve en Alicante esta primavera. Pensé que nunca había estado ahí, pero uno que me entrevistó me dijo que sí, que ya habíamos conversado ahí. Ay, lo olvido todo, todo. Pero hay unas pocas cosas que no se me olvidan: un cura esperando un trasplante de corazón no se me olvida. Aunque yo no recuerde muchos detalles de mi amistad con él, la gente me ayuda a recordar. Siempre he escrito con el recuerdo y la voz de otros. Muchas cosas que yo cuento me han pasado a mí, pero se me olvidan y luego la gente me lo cuenta y yo finjo que es un recuerdo mío. Por eso digo que esta es una novela de amistades.

P. ¿Cómo nació la amistad con el cura?

R. Fui a un curso de neorrealismo italiano, él traducía las películas, porque había estudiado en Roma, a mí me encantaban esas películas y él, tan gordo y grande, resultó ser cura. Pero de eso me enteré mucho después. Era un entusiasta del cine, de las historias… También tenía un programa de radio, de música clásica. Entonces era una voz. Luego me fui a estudiar a Italia, volví a Colombia y afianzamos la amistad alrededor de la mesa, comiendo. Comiendo mucho. Yo le decía que no creía en Dios y él me demostraba que Dios existía con la música. En fin, no discutíamos. Era un encanto de tipo.

P. ¿El olvido implica cosas íntimas que le han pasado, algunas de las cuales son parte de sus libros?

R. Sí. Muchísimas. Y después de escribir ya no sé si puse tal o cual cosa porque yo lo recordaba o porque me lo contaron. Es muy raro. No creo que sea Alzheimer. Yo puedo funcionar más o menos bien, pero sí olvido muchísimo. A veces es muy bueno olvidar, eh. A veces voy por la calle, veo a alguien y sé que lo conozco, pero no sé si tenemos una buena relación o si me ha insultado o me ha querido. No me acuerdo, pero lo saludo porque a lo mejor es de los que me quieren. Y si es de los que me odian… pues se debe desconcertar o no sé (ríe). 

P. Este libro es una memoria, pero dice que usted lo olvida todo.

R. Sí. Pero es que yo quería escribir algo que fuera lo más alejado de mí. Yo he sido anticlerical, no creo en Dios, en mis otros libros la iglesia ha quedado muy mal, pero mi mamá se estaba medio muriendo en la pandemia y… A ella la habían criado dos curas y eso influyó. Dije: voy a hacerle un homenaje hablando de curas buenos. Cuando a mí me echaron de la universidad por escribir un artículo contra el Papa, mi mamá me llamó y me dijo: «Esos que te echaron no son tan buenos. No lo puedes contar mientras yo esté viva, pero fíjate que el rector de la universidad iba a casa de mis tíos curas y luego me pedía que lo acompañara a su casa, porque vivía cerca, y en el camino me decía que metiera la mano en el bolsillo de su pantalón porque ahí tenía dulces. Pero en el bolsillo no había dulces sino eso que te estás imaginando. Entonces, ellos no son tan buenas personas». Y mi mamá era muy católica, eh. Pero era muy consciente de eso también. Entonces dije: bueno, pues voy a hacer un libro sobre curas buenos.

P. Es interesante la bondad que usted persigue. Es la bondad de su padre, según me dijo un día.

R. Sí. Yo no puedo tener su bondad, pero al menos me he propuesto buscarla y, sobre todo, no ser un mal padre. Yo me separé de mi mujer, mis hijos se fueron a Italia, fue muy doloroso, yo mandaba plata para ellos y lo que me quedaba era para hablar con ellos e ir a verlos. En Colombia la mayoría de las familias salen adelante gracias casi exclusivamente a las madres. Pero yo tuve suerte: a mí me sobró padre. Yo no soy el activista social que fue mi papá, no salvo vidas… pero por lo menos puedo hacerle un homenaje a través de la escritura. 

P. ¿Qué han hecho sus libros para mejorar su propia vida?

R. Pues… yo he dedicado mi vida a los libros. Empecé haciendo reseñas de libros ajenos para una revista. Después fui editor de una revista. Cuando estaba en Italia empecé a traducir cuentos y los mandaba a México. Después traduje libros y empecé a escribir. Después tuve una librería y fracasé porque yo era muy mal vendedor. Después trabajé en una biblioteca. Con mi esposa fundé una editorial y, bueno, siempre he escrito libros. A algunos les ha ido bien, a otros no. He fracasado: he abortado por lo menos tres novelas muy avanzadas. Gozo escribiendo, pero también sufro. Esa es mi vida. Llevo 50 años leyendo y escribiendo, corrigiendo, traduciendo, editando… 

P. ¿Todos sus libros lo obligan a echar mano de su autobiografía?

R. Sí. Es como si fuera un destino. Incluso en este, que yo quería que fuera muy alejado de mí… me involucro. Lo escribí y se lo di a mi agente y antes de entrar al quirófano le dije: ahí está, si pasa algo… que esto sea mi testamento. Es que, mira: cuando te operan del corazón… te matan. Te enfrían. Te abren. Te paran el corazón con una solución de potasio. Te colapsan los pulmones, no respiras, no palpitas… ¿Qué es eso? Eso es estar muerto. A ver: tienes una máquina de circulación extracorpórea, pero… Dice mi anestesiólogo, yo no me acuerdo pero él me lo contó, que cuando me desperté él me preguntó que cómo estaba y que yo le dije: «Vivo, estoy vivo». Es que te matan y… resucitas. 

P. Este libro es como una respiración asistida.

R. Pues sí. Tiene razón. El libro termina mal, aunque él tiene muchas ganas de vivir, pero termina mal. Y cuando lo acabé de escribir… me dio mucho pesar porque termina mal. Luego… me he preguntado si es justo que haya sobrevivido yo y que no haya sobrevivido él. 

P. ¿Ha notado algún cambio de ritmo en su literatura lo largo de los años?

R. Sí. Ahora este es un libro mucho más pausado. No me importa demorarme en ciertas descripciones. Es lento casi siempre y hay muchas voces. Yo, para poder escribir este libro, me salí del frenesí de la vida. De Twitter, de la radio, de escribir artículos, de muchas cosas que hacía… 

P. ¿Y cómo le deja escribir de heridas que a su vez le dejan heridas?

R. Los libros me dejan heridas, sí. Sufro al hacerlos porque hay momentos muy duros. Pero después me quedo con una gran serenidad. Porque siento que ya no tengo la obligación de recordar. Adiós rencor, adiós deseo de venganza… ¡adelante! Con tranquilidad. Este libro… pues… todavía no sé bien. Vamos a ver qué pasa. 

P. Sus libros se refieren al pasado. ¿Cómo interpreta ese pasado?

R. Es que no me acuerdo de muchas cosas. Soy incapaz. Yo no podría escribir mis memorias, por ejemplo. Mis diarios sí, porque los he ido haciendo con constancia.

P. Se olvida de cosas, pero hay un ritmo determinado, como si todo lo tuviera presente al escribir. 

R. No sé por qué, pero sí. Tal vez sea el ritmo del corazón, que va de lo normal a la taquicardia y luego vuelve a la tranquilidad. No sé. Como la gente me cuenta cosas de manera muy minuciosa… eso me ayuda mucho. Yo escribí esto en México, en la casa donde García Márquez escribió Cien años de soledad, en su cuarto, y había un perro en la casa de al lado que ladraba y ladraba. Y yo: ¡puto perro! Pero en uno de los capítulos puse que hay un perro que ladra (ríe). Pero a lo que voy es que aquí está la memoria de muchos amigos que me contaron cosas y yo trasplanté esas cosas a la ficción. 

P. Un día me dijo que había escrito muchos libros, pero que era el autor de uno solo. 

R. ¿Por el libro sobre mi padre?

P. Sí.

R. Es que el libro de mi padre era un libro obligatorio. Yo lo tenía que escribir porque si no este oficio al que me he dedicado no tendría sentido. Yo tenía que contar esa historia. Este no es obligatorio, este se acomodó perfectamente a mi estado mental mientras mi vida se vio amenazada. Y ya está. Está bien, no me incomoda, pero no era obligatorio contar esto. La historia de mi padre sí. De todos modos, yo no aspiro a escribir obras maestras, mi aspiración es sólo vitalista. Nada más. 

P. Gil de Biedma tiene un verso que evoca «el sueño de ser buenos y felices», usted lo cita.

R. Me encanta. Esa es una gran aspiración. 

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P. Eso lo acompaña al escribir.

R. Sí. Ese sueño. Y esa dificultad: ser buenos y felices en la vida.