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'Talón', de Nicolás Melini: estado del malestar

Nicolás Melini, en una imagen de archivo. 

Nicolás Melini, en una imagen de archivo.  / EDITORIAL NAZARÍ

El autor explora el ánimo donde el sujeto contemporáneo ha acabado por encontrar el sentido de su esquiva  y problemática identidad

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Ricardo Menéndez Salmón

Las 17 teselas que conforman ese mosaico que es Talón, último libro hasta la fecha del escritor y cineasta canario Nicolás Melini (Santa Cruz de La Palma, 1969), proponen otras tantas consideraciones en torno al estado del malestar. Con la excepción del relato que clausura la colección, El Roque y los muchachos, que tiene más de palinodia y de celebración que de autopsia, el resto de los textos reunidos aquí son fragmentos que dibujan una especie de debacle a cámara lenta, sin grandes gestos ni tampoco audacias apocalípticas, pero que en su decantación precisa, que huye tanto de los finales cerrados como de las palabras pomposas, alcanza una y otra vez, de forma reiterada, la diana de cierta condición humana enferma, solitaria y perversa, que sobrevive gracias a un precario hilo de cordura y de dignidad, a menudo a un paso de quebrarse, en ocasiones a punto de perderse.

Hay de todo en esta botica de dicción exacta y exigente, singular marca de agua de la narrativa de Melini. Nos acosan relatos de filiación beckettiana, como los aterradores Pared y Elasticidad comprobada; nos interrogan las escatológicas alucinaciones del apoteósico Salir, con guiños a Chuck Palahniuk; se nos invita a compartir epifanías tan dolorosas como la del relato que da título a este volumen, en el que resuenan ecos de David Foster Wallace y de sus abracadabrantes relaciones de familia. 

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Mención aparte merece un territorio en el que Melini es un consumado maestro, el que diagnostica la porosa barrera entre el amor como patología y la patología como índice y metáfora del amor, del cual son buenos ejemplos el sagaz e inteligentísimo Sarao y mujer, el magnífico No es culpa de ellos, ellos no tienen la culpa y esa joya que es Indolente, un relato antológico, que exigiría de un David Cronenberg para su traducción cinematográfica, un texto de una profundidad, de una complejidad y de una sutileza asombrosas, sobre todo teniendo en cuenta que condensa su fecunda exploración del cuerpo y de la extrañeza como naturaleza esencial del mundo en poco más de 10 páginas.

En la obra de Melini importa tanto lo dicho como sus afueras, el silencio como los diálogos, que no son más que una forma distinta del vacío, pues su objeto y su razón de ser, la comunicación, no esconde otra cosa que el testimonio de un fracaso. Se enfatiza tanto el fuera de campo (el extrarradio de Rata, la ruina del hombre en esa ruina más vasta que lo contiene y que es el paisaje posindustrial, los muñones de nuestra civilización) como el primer plano. Igual que el padre de Casi nocturno, que contempla la habitación de su hija y su hogar perdido desde un ángulo de la calle, ya por siempre proscrito y expulsado, un paria sin otro consuelo que el lenguaje que nombra su dolor y persigue una música recordada, una figura que funciona como epítome de un texto siempre sobre el alambre, capaz de conjugar en las distintas personas del verbo ese estado del malestar donde el sujeto contemporáneo ha acabado por encontrar el sentido de su esquiva, problemática identidad.

'Talón'

Nicolás Melini

Ediciones Franz 

128 páginas | 12 euros