Alta fidelidad

Hechizos, canciones y otras brujerías del amor

Quizá hasta que no se dicen las cosas no suceden, como con los hechizos, que no funcionan hasta que se pronuncian en voz alta

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Leonard Cohen

Leonard Cohen / EPE

Escribimos para intentar decir con nuestras propias palabras lo que ya otros han dicho antes. Digo yo que es una posible explicación, aunque en mi caso hace tiempo que me he conformado con usar lo que ya escribieron los demás, literatura de aprovechamiento: tomar para expresar un sentimiento un verso de León Felipe por aquí, una frase de Natalia Ginzburg por allá.

No hago distingos, la verdad, entre poesías, novelas o canciones; uso a cualquier creador para decir lo que yo quiero decir, no aspiro ya a poderlo decir mejor. La otra noche, acabé hablando Teresa de Jesús mediante. Hablaba ella de la sed, el amor y el fuego y todo lo que la santa dijo me parecía que lo había escrito para mí.

Soy una vaga, he renunciado a encontrar mis propias palabras porque tengo las de santas, premios Nobel o Cervantes, las de Leonard Cohen, María Rodés o Ricardo Lezón, especialmente estos últimos porque lo cierto es que pocas cosas hay más directas que un poema o una canción.

Son flechas, van directas de nuestras entrañas a las de la otra persona, especialmente las canciones, porque son ondas y, además, en ellas interviene la voz, en ellas está viva la palabra, encarnada, una palabra que va físicamente del cuerpo que habla al cuerpo que la escucha y le encuentra alojamiento. El viaje de esa palabra es directo: de cuerpo a cuerpo.

Creo que por eso usamos tanto las canciones para que hablen por nosotros. Es lo que hacen Elise y Dagmar, las protagonistas de Llévame contigo, la novela gráfica de la sueca Anneli Furmark que publica Blackie Books en nuestro país y sobre la que puedo asegurar que es uno de los cómics del año.

La novela nos cuenta la historia de Elise. Tiene unos cincuenta años, está felizmente casada con su marido cuando conoce en una cena a Dagmar, otra mujer por la que inesperadamente se siente atraída en cuanto se cruzan un saludo en una cena. Elise y Dagmar intercambian teléfonos, empiezan a escribirse y pronto se encuentran mandándose canciones que dicen lo que ellas sienten como Hey, There’s no way to say goodbye, de Leonard Cohen, que es la canción por excelencia para ambas y de la que procede el titulo de la novela, Walk me to the corner.

"Llévame contigo, nuestros pasos siempre rimarán", canta el canadiense. Lo canta por Elise y lo canta por Dagmar, se lo canta a ellas y sólo a ellas, porque, aunque Cohen intenta rebajar el vino con gaseosa diciendo en la misma letra que muchos han amado antes que nosotros, lo que quiere decir en realidad es que sabe que nunca nadie antes ha amado como se ama cuando se ama, ni siquiera nosotros mismos.

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Elise y Dagmar también se pasan temas de Ron Sexsmith (¿qué les pasa a los canadienses?) como Words we never use, esa canción tristísima que habla del daño que pueden hacer las palabras, pero también del dolor que puede provocar no decir otras, porque huir de las palabras es una forma de huir de las emociones y de negárselas al otro.

Quizá hasta que no se dicen las cosas no suceden, como con los hechizos, que no funcionan hasta que se pronuncian en voz alta, con su ritmo adecuado y su entonación correcta: Treguna Mekoides Trecorum Satis Dee. Te quiero. Esas creo que son las palabras que quiere decir Ron Sexsmith, las que Elise quiere decirle a Dagmar, de eso van todas las canciones, de eso va, en realidad, la vida.