ENTREVISTA

J. M. Coetzee: "Nunca he sentido curiosidad por las figuras que pueblan mis ficciones"

El escritor J. M. Coetzee, premio Nobel de Literatura en 2003

El escritor J. M. Coetzee, premio Nobel de Literatura en 2003 / EPC

Este jueves, hoy mismo, habrá un escritor en el mundo, en cualquier parte del mundo, que no andará nervioso, pendiente de Estocolmo, pues este autor de enorme intensidad autobiográfica y dramática ya obtuvo el Nobel en 2003, según la Academia Sueca “por la brillantez a la hora de analizar la sociedad sudafricana”, una simplificación rara para la intensa universalidad de sus asuntos. Este hombre, que parece circunspecto pero que ha escrito muchas novelas (Esperando a los bárbaros, Desgracia, Infancia, Juventud, Verano…) que desmienten esa impresión, es el surafricano J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) que acaba de publicar su última novela, El polaco, en traducción española de Mariana Dimópulos, para la editorial El Hilo de Ariadna.

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Un libro de este extraordinario escritor que ha combinado la autobiografía con la ficción, y esa no es una combinación que a él le sitúa en ninguno de los dos renglones que a veces se excluyen o se superponen, es una noticia de primera, a cuya importancia se junta la geografía y la historia de la obra, que discurre en ambientes de nuestro Mediterráneo, Barcelona y Mallorca, la capital catalana propiamente dicha y la patria elegida por Chopin, Valldemossa, antecedente biográfico del propio protagonista, un músico que no relumbra sino por el amor que contuvo ante un descubrimiento inesperado también para el amor loco que sintió en cuanto pisó Barcelona.

El cuidado de esta versión española garantiza la musicalidad del libro, como si hubiera sido escrito precisamente en esta lengua para dar a conocer, además, una historia que tiene su raíz las andanzas en de un polaco que se enamora de una mujer barcelonesa elegida entre otras para recibirlo y agasajarlo de parte de una asociación filantrópica que cuida a los músicos invitados.

Un amor loco. La construcción literaria, apropiada a las exigencias espartanas de la prosa, remiten enseguida a los hechos, a lo que sucede cuando está a punto de contarse una historia de amor, de amor fou, al menos por una de las dos partes. Tras ese inicio, que el periodista no se atreve a soslayar (“La mujer es la primera en causarle problemas, seguida pronto por el hombre”), los capítulos (todos ellos numerados) aclaran no sólo ese exordio misterioso sino, también, el proceso amoroso que en seguida tiene lugar y que combina las dos localidades citadas.

En Barcelona se produce el enamoramiento de aquel hombre, el músico polaco, un hombre mayor de setenta años que “camina (…) sin balancear las caderas deslizándose sobre el suelo de manera muy recta, casi noble”, mientras que la mujer que será quien lo pasee por Barcelona, ya no es una dama sexy, ni es una seductora, aunque “es posible que haya sido sexy cuando era joven (…) pero ahora, con sus cuarenta y tantos, practica un cierto aire de lejanía”.

Beatriz es ella, como en la Divina comedia de Dante, y se diría que Dante quiere ser el enamorado polaco. Esa mujer, Beatriz, es la que invita al polaco a la cena de agasajo con la que se le recibe antes de su concierto en la Sala Mompó, y allí recibe las primeras (y muy directas) declaraciones amorosas, que se van intensificando en la ciudad y, más tarde en la novela, en Valldemosa, donde este especialista en Chopin va a centrarse, tiempo después del enamoramiento súbito, en la interpretación de la obra del compositor nacido también en la Polonia del enamorado de Beatriz. ¿Y el marido, pues ella está casada?

Planteamiento de la intriga. Eso lo verán ustedes en el libro, que este periodista aconseja vivamente a los que aman a Coetzee y también a los que aman historias de amor inesperado. Y no solo a estos llamará esta novela como un imán literario, pues nada más empezar a leerla se encontrarán con una especie de alfombra que parece una cosa y luego es la otra, siempre con una escritura inteligente que, a muchos de los lectores, y quizá incluso al autor, le despiertan la posibilidad de que puede ser la autobiografía de cualquiera que, a sus años, ansíe un enamoramiento como el que, con una respuesta que aquí no se va a desvelar, siente el polaco con la barcelonesa.

Las cuestiones una a una y todas juntas. Cuando le confirmamos, a través de su muy diligente editorial, El hilo de Ariadna, que por supuesto queríamos la entrevista, que la editorial sugirió que debería ser por escrito, lo hicimos con ese escepticismo fatalista que embarga a quienes ejercemos el oficio de entrevistar sobre la posibilidad de que a una personalidad como este Nobel, le sedujeran nuestras preguntas del mismo modo que a nosotros nos había seducido, en todos los sentidos, sus preguntas en el propio libro acerca de los sedimentos de seducción que se manejan en la novela.

Admiración

En una carta que acompañó al cuestionario, le dijimos, además, que habíamos leído con gran placer, y con admiración, como nos ha pasado con su obra con anterioridad, esta nueva novela. No siempre se encuentra alguien con ese principio que abre la novela a un abismo de conjeturas: “1. La mujer es la primera en causarle problemas…”.

¿Y por qué nos había arrebatado el libro? Le explicamos al premio Nobel surafricano: por la imperiosa potencia de su sencillez, por cómo sube la intriga por saber cómo culmina o se derrumba ese amor súbito, nacido en medio de la música, y cómo, también en medio de la música ejecutada en un piano viejo, tiene su desarrollo irregular en Sóller, Mallorca, hasta terminar en un libro de poemas de amor truncado hasta más allá de la muerte.

Le felicitamos, le dijimos al autor, por esa precisión con la que nos va introduciendo en lo complejo, aunque esto que le decíamos se debe entender como el comentario que merecen todos sus libros.

Así que este periodista le añadió a Coetzee el exordio de las que iban a ser las preguntas: “Aquí le enviamos, con el deseo de que no le importune demasiado, y como hemos quedado con sus amables editores, algunas preguntas surgidas a lo largo de la lectura. Ojalá tenga tiempo de tomarlas en cuenta”.

Mundo literario

En esa carta venían luego una docena de preguntas, que él seleccionó hasta dejarlas en nueve, concatenadas tal como se las habíamos hecho (no dejó flanco sin tratar), de modo que habiendo respondido sucesivamente (por ejemplo, las preguntas 1, 3, 5, 7, 8, 9, zanjaba la primera tanda de preguntas), e igual hizo con las dos que vendrían después, en las que dejaba bien armado el mundo literario que precede, y marca, el asunto central de la literatura de El polaco.

Aunque en un principio pudieran parecer difíciles de identificar con sus respuestas, al final todo tenía su lógica, como se verá a continuación, pues quedarán escritas las preguntas que preceden a las respuestas y así ustedes tendrán la misma información (es decir, las mismas respuestas de Coetzee) que los editores del suplemento 'abril', que se abre esta semana precisamente con el retrato del hombre que hoy ya no tendrá que preocuparse por el premio Nobel de Literatura

LAS PREGUNTAS AL NOBEL Y LAS RESPUESTAS DE ÉSTE 

 1. ¿Cómo surge esta idea? ¿Es la historia de Dante la que lo lleva a hacer su propia interpretación de una historia de amor tan apasionada que goza de tan escaso porvenir?

2. Aparte de las circunstancias que fundamentan la narración en el comportamiento de un veterano músico que, de repente, se enamora de una mujer mucho más joven que él, la música forma parte del libro en el ritmo de la propia prosa. Se lee como puntuado por su propio ritmo interno. ¿Era ese ritmo musical parte de su propósito al contar la historia? ¿Escribe con música, aparte de la música que sale del texto?

4. Es una novela de amor, aunque esta es una definición que en absoluto completa la ambición del libro, pero sí me gustaría saber qué historias de amor lo han conmovido, con qué visiones del amor se ha ido quedando a lo largo del tiempo.

5. Es inapropiado adelantar a los lectores el curso final de El Polaco, pero sí me gustaría saber si usted, como este lector, quiso un desenlace distinto mientras fue escribiendo, o, para bien o para mal, los libros tienen su propia dinámica y el que designa el final no es el escritor sino la historia propiamente dicha. ¿O a usted lo empujó un final que ya imaginaba al empezar a contar la historia?

7. Ha elegido a un músico, además polaco, en una ciudad, Barcelona, para situar este deslumbramiento amoroso. Luego la historia sigue en Mallorca. El mar Mediterráneo es, con la música, el sonido de este amor que no parece tener respuesta. La escritura, por otra parte, es como una brisa marítima, que no decae. La división en capítulos muy breves, y numerados, llevan a seguir el hilo como si estuviéramos leyendo telegramas de amor, con sus contrariedades. ¿Cómo nacieron estos planteamientos narrativos?

8. Mientras se lee el libro es natural que el lector se identifique con este o con aquel protagonista, como si eso que ocurre le esté pasando a él. En mi caso, lo confieso, mi héroe, mi alter ego es Witold (¿por qué lo llamó Witold?), aunque no dejo de tener mis simpatías por Beatriz. Me gustaría saber si a lo largo de la escritura, o incluso antes, tuvo usted su propio héroe o heroína y por qué.

9. Nada más arrancar su novela, que parece que va a discurrir sobre un mar tranquilo, el narrador se hace esta pregunta: “¿Por qué todo tendrá que ser tan complicado?”, porque en efecto la vida se complica cada día por circunstancias parecidas a las que usted cuenta. Mi pregunta es, precisamente, si usted también se hace esa pregunta, y qué cuestiones contemporáneas o humanas le llevan a hacérsela, ¿por qué todo tendrá que ser complicado?

[El galimatías puede parecerse a las rayuelas de Julio Cortázar, pero en este caso vale la pena leer lo que escribe Coetzee para englobar en una sola respuesta tan variadas preguntas. Como su libro, lo que aquí se confirma es su impresionante poder de síntesis, que es la marca literaria de la mayor parte de sus libros. Por otro lado, acaso la mejor manera de leer preguntas y respuestas es considerando, como en Rayuela, que unas y otras se lean como a ustedes les venga en gana, dando prioridad, naturalmente, a las respuestas. He aquí, pues, su tanda de primeras (y penúltimas) contestaciones]. 

J. M. Coetzee. Nunca he sentido, y sigo sin sentir, curiosidad por las figuras que pueblan mis ficciones: no me suscita curiosidad de dónde salen (¿son los aspectos de mí mismo, son versiones corregidas de personas a las que he conocido en la vida real, o versiones corregidas de figuras a las que he conocido en novelas?) A veces pienso en ellas como almas no nacidas a las que oigo arañar en las ventanas, suplicando que las dejen entrar.

 Una metáfora interesante: matrona, no progenitor. No pienso en las figuras de mis libros como si fueran mis hijos. Una vez que han nacido al mundo, con tal de que tengan suficiente fuerza de vida interior, afirman su individualidad, su separación de mí. 

"No me interesa preguntarme por qué escribo. No me interesa saber por qué las historias que decido contar se sitúan donde se sitúan y en el tiempo en el que se sitúan"

Esta falta de curiosidad sobre la paternidad de los personajes de mis libros se extiende para incluir otros elementos de mi escritura. Por tanto, no me interesa preguntarme por qué escribo. No me interesa saber por qué las historias que decido contar se sitúan donde se sitúan y en el tiempo en el que se sitúan: en lo que a mí respecta, las historias me llegan de ninguna parte, de forma embrionaria, y mi trabajo consiste en averiguar sus implicaciones, desarrollarlas, hacerlas completas sobre el papel. 

¿Y por qué esta falta de curiosidad? Desde luego, no quiero decir que estas no sean preguntas importantes –cuál es relación entre los personajes de ficción y el mundo real, por qué los contadores de historias escogen las historias que cuentan--. Pero, en mi opinión, esas preguntas pertenecen al ámbito de la crítica literaria, y no siento ninguna obligación de practicar la doble profesión de escritor y crítico de mi propio trabajo. De hecho, es posible que la curiosidad crítica trabaje en contra de la creación literaria al generar una autoconciencia que incapacita.

Respuestas a las preguntas 2, 6. J.M.C. Conozco a escritores que trabajan con música de fondo. Yo lo encuentro un habito incomprensible. Si escucho música mientras estoy componiendo las frases, los ritmos de la música se entrometen en los ritmos de la prosa que intento escribir. Incluso diría que la forma estética de la música interfiere con la forma de la prosa que estoy escribiendo.  

Se me ocurre que no conozco ningún poeta que escriba con música de fondo. ¡Y entiendo por qué! 

"No siento ninguna obligación de practicar la doble profesión de escritor y crítico de mi propio trabajo"

Cuando trabajaba en mi libro En medio de ninguna parte, publicado hace casi medio siglo, experimenté con separar los bloques de prosa narrativa numerándolos. Los numerales no eran más que una herramienta para marcar el principio y el fin de los bloques, no acarreaban significado alguno en sí mismos. Me pareció que el sistema funcionaba y me lo llevé a El polaco. 

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La idea la tomé del cine, de los cortes abruptos que hacen algunos directores, en el proceso de edición, para prescindir del tejido conectivo que forma una parte tan grande de la novela estereotípica, y así acelerar el ritmo de la narración.

END. Así, escribiendo end (fin) al final de sus respuestas, acabó J. M. Coetzee su selección de contestaciones. Dejó una o dos preguntas sin responder, pero debemos decir que no tenían que ver estrictamente con asuntos relacionados con El polaco, lo cual implica, a nuestro modesto modo de entender, una lección de periodismo, al menos, de periodismo literario: las preguntas deben versar sobre los libros y no sobre accidentes que no los expliquen. Gracias, Coetzee, de parte de 'abril'.