OPINIÓN

El amor en los tiempos de Marías

En 'Los enamoramientos', el novelista planteó la vulnerabilidad y ambivalencia radical de las pasiones, colindantes con la violencia

3
Se lee en minutos
El escritor Javier Marías. 

El escritor Javier Marías.  / ARCHIVO

“¿Por qué desplazarán el mismo aire, y con la misma mano, una caricia que un asesinato?”. La desazón que asolaba a Claudio Rodríguez podría servir de pórtico a las reflexiones de Javier Marías sobre los enamoramientos, si no fuera por lo poliédrico y, sobre todo, procesal (como fluido y como fiscalización) de su radical ambivalencia. Para los múltiples palos del amor que tocaba -concentrados en Los enamoramientos, pero sin olvidar los ecos de despechados corazones tan blancos sobre negras espaldas, implorando a su partener: “Mañana, tras su sexo, piensa en mí”-, también le serviría el patético lamento de Paul Éluard a su antigua esposa, Gala, en las cartas que le envió durante años, cuando ésta ya era la pareja de Dalí: “¡Oh, Gala, vuelve... Necesito tu desnudez para poder ver las otras!”. Y, desde el egotismo que otorga a los amantes, juntos y por separado, también le sería útil este razonable enredo que aporta el psicoanalista Manuel Picado: "Yo te amo... Yo me amo a ti... mí te ama a yo". Toda una porosa cerrazón, con que el amor tiene al desamor perpetuamente en vilo. O podría suscribir también el aviso en plato frío de su tan venerado y glosado William Faulkner: “Llega un momento, en las separaciones, en que la persona amada ya no está con nosotros”.

La vecindad entre crimen y pasión amorosa es sólo el gancho más evidente de una trama por la que deambulan el voyeurismo desconsolado hacia las parejas que creemos mejor avenidas; las triangulaciones impunes (Lady Di le sería un buen emblema), o la mímesis de los empoderamientos inseguros: ella no quería tanto seducir a su nuevo amante como meterse en la piel de ella (la antigua amante de éste) para experimentar cómo él la seducía... Y, sobre todo, en un mundo en el que, no pocas veces, A desea a B pero B desea C, el cataplasma de las suplantaciones. Mientras los amantes se creen originales y únicos, reservando una suite exclusiva en la isla de Citerea para su reciente amor insustituible, la narradora de Marías nos enfrenta al zarrapastro de cómo se dan esas afinidades electivas, tan semejantes al viejo juego de la silla de cuando se acababa la música: “Somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, los saldos […] De eso provenimos todos, productos de la casualidad y el conformismo”. Y remacha: “Son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano”.

La vivencia del amor

Noticias relacionadas

Junto a su recurrente Shakespeare, Marías trae a Balzac a una de sus torrenciales digresiones. Es una forma de confirmar la realidad de la vivencia del amor y el desamor, respecto a su coetáneo Stendhal, quien auguraba que lo que llamamos amor no sería más que “la transfiguración de la imagen real del otro, a fuerza de proyectar en él inexistentes perfecciones”; es decir, no más que una quimera en vías de desolación, que vendría a ser su revelado. Marías no lo excluiría como un posible apartado de la biodiversidad del amor actual; pero el inherente acecho del desamor como una parte constitutiva, hace que nos lo muestre como algo de veras flagrante e instantáneo, capaz de transformar a los amantes. No está lejos del Baudelaire que, en los inicios del urbanismo moderno, afirmaba que la razón de ser del amor no era sino “las punzadas de la soledad conminando a invadir una carne ajena". Y en cierto modo, tampoco  se halla lejos del peculiar enfoque de un Theodor Reik, que veía en el impulso amoroso no más que una catarsis de la propia miseria o crisis de autoestima. Lo expresa la propia narradora de Los enamoramientos: “Sentir verdadera debilidad por alguien, eso es lo determinante, que nos impida ser objetivos y nos desarme a perpetuidad y nos haga rendirnos en todos los pleitos”.

En Mi vida como hombre, Philip Roth describe con acidez la vida de una pareja cuya razón de ser estriba en tener a alguien de quien huir todo el tiempo. Seguramente, la observación haría las delicias de quien ya comparte con él para siempre la condición de eterno candidato al Premio Nobel. Pero es más seguro todavía que ambos suscribirían la irreductible alianza que hiciera Louis-Ferdinand Cèline en su Viaje al fin de la noche: "El amor es el infinito al alcance de los perros".