OPINIÓN

Javier Marías: irse para quedarse

Su principal característica de era su unicidad. Su literatura no se parecía a la de nadie

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El escritor Javier Marías. 

El escritor Javier Marías.  / EUROPA PRESS

A raíz de la inesperada y temprana muerte de Javier Marías, se han escrito, como no podía ser de otra manera, océanos de tinta. Y aquellos lectores que sólo se han acercado a las aceradas, y un tanto quejumbrosas, opiniones de sus artículos se pueden preguntar qué hace de Javier Marías un autor indispensable de nuestras letras. Tan indispensable que, dentro del llamado mundo literario, es casi imposible encontrar a quien no tuviera una opinión sobre el escritor y cada una de sus obras alimentaba la discusión literaria. 

La principal característica de Marías era su unicidad. Su literatura no se parecía a la de nadie, ni siquiera a la de Juan Benet, que fue su valedor y maestro. Sus envolventes construcciones literarias, con largas subordinadas y trufadas de reflexiones, sobre todo a partir de Corazón tan blanco, son tan idiosincráticas que cualquiera de sus lectores podría reconocer al autor en una página al azar.

Pero ni la diferencia ni la naturaleza de su prosa explican, por si solas, el mayúsculo prestigio de Marías. Existen otros elementos como la intuición, que lo llevó siempre un paso por delante de las tendencias y a asumir riesgos literarios.

Ya desde su primera novela publicada, Los dominios del lobo, el joven Marías -tenía apenas veinte años- crea una narración, deudora de su inagotable cinefilia, situada en los años veinte en Estados Unidos con personajes marcados por su pasado y que, contrariamente a lo que fue su seña de identidad, está escrita con contundente sequedad, que resultó un soplo de aire fresco en el mustio -y algo provinciano- panorama narrativo de los primeros setenta.

Pero si su estilo empieza a cuajar en Todas las almas, que trasciende la categoría de novela de campus, y con Corazón tan blanco, consigue velar el ensayo dentro de la novela, anticipando un recurso narrativo habitual en nuestros días, es con Negra espalda del tiempo, una novela de no ficción y -al tiempo- una autoficción, con la que rompe las costuras del género novelístico en nuestro país. Costuras que, afortunadamente para los lectores, muchos autores posteriores han decidido no remendar.

Audacia

Pero quizás la mayor audacia la asume con Tu rostro mañana. Tres volúmenes de más de 1.500 páginas: el propio Javier Marías -imagino que extenuado por el titánico esfuerzo- amenazaba con dejar de escribir ficciones tras la publicación de esta novela. Para un escritor que pretendía restarle peso a la historia, embarcarse en una obra de tal magnitud parecía menos que una locura. No obstante, salió a todas luces airoso y el resultado es una soberbia obra con los mejores atributos de Marías, a saber, su manejo del tiempo, sus cavilaciones, los pequeños excursos digresivos y sus cargas de profundidad, todo en estado de auténtica iluminación. 

Pero ciertamente, cualquier intento de explicar qué hace de Javier Marías un autor indispensable deviene, irremediablemente, en un ejercicio reduccionista. Podríamos añadir los constantes dilemas morales, las elipsis, la atmósfera, el humor sutil y, por supuesto, el talento y los destellos de inteligencia pero seguiríamos sin poder verbalizar en puridad ese estado de hipnosis, de embriaguez literaria del que sólo quieres salir para memorizar o subrayar alguna idea o algún pasaje. 

Casi todos los escritores, incluso los que uno admira sobremanera o son venerados en vida, tienden a no pasar el corte de la posteridad e ir diluyéndose tras la muerte del autor. Muy probablemente se olvidarán los artículos de prensa, así como sus disputas filológicas (como la de su vehemente defensa de espúreo frente a espurio), pero Javier Marías se ha ido para quedarse.

Así, si algún lector quiere sumergirse por primera vez en la obra de Javier Marías, sólo le advertiría que sus libros no son compatibles con la lectura precipitada o impaciente y que, escoja la novela que escoja, muy probablemente ese libro esté llamado a ser considerado un clásico de las letras españolas. 

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