TRIBUNA

El coste marginal de la ruina

Toda guerra surge de los flecos de la anterior. No hemos aprendido nada y parecemos incapaces de aprender. El hombre está en guerra consigo mismo

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El presidente ruso Vladimir Putin

El presidente ruso Vladimir Putin / EPC

1. Se veía venir. Durante la pandemia, notamos un exceso de energía negativa que podía desembocar en una guerra. La tensión se palpaba en el ambiente, en la tonalidad de ciertos discursos, en ciertos signos premonitorios. Que no se convierta en una guerra total depende ahora de variables difícilmente controlables. Caminamos sobre un hilo, sin red de protección.

2. La humanidad parecía haber olvidado su vocación de amontonar ruinas sobre las ruinas del pasado. La había reducido en su variante militar, siguiéndola por otros medios: la guerra contra la naturaleza y por el dominio económico. Toda guerra surge de los flecos de la anterior. No hemos aprendido nada y parecemos, como especie, incapaces de aprender. En el fondo, el ser humano está en guerra consigo mismo. Su vocación de barbarie se manifiesta una y otra vez en un eterno retorno hasta el final del torbellino.

3. Dicen que está loco. Quien esté libre de locura que tire la primera piedra. Hasta los psiquiatras políticos se la esconden en el bolsillo. En realidad, tiene otro tipo de locura (y otra racionalidad, con otros límites). Coincide con la nuestra en esto: haber olvidado que el único bien es el bien moral. En cambio, nos dedicamos a perseguir quimeras de poder, crecimiento y flujos de riquezas que aceleran la ruina. La especie es esclava del sistema económico, produciendo y consumiendo cosas que no necesita. Marionetas del teatrillo de la codicia.

4. Su tipo de locura resulta anacrónica y nos asusta. Muy pocos están dispuestos a morir o matar por nada, y mucho menos por la patria, en Occidente. En otras zonas del mundo sigue vivo ese reflejo condicionado. ¿A qué se debe nuestra renuncia a resolver los conflictos mediante la guerra? ¿Es un estadio superior de la civilización? ¿O el hastío del consumidor profesional? Quienes todavía conciben la idea de matar y morir por la patria conocen nuestro miedo a perder esas comodidades. Saber eso es su arma más eficaz. Si una parte de la humanidad no está dispuesta a morir por nada con tal de poder seguir viviendo una vida devaluada, la otra parte acabará imponiéndose.

5. Estamos en un callejón sin salida. Ellos lo saben. En ese callejón nos hemos metido solos, por estupidez, codicia, ceguera. Son monstruos que hemos creado y alimentado durante décadas. El agresor y sus encubridores, que lo justifican ofreciendo un cómodo colchón, son nuestro reflejo en un espejo convexo con un triste punto de fuga. El objetivo de esta guerra, que financiamos nosotros, es demostrar que el poder ya no está donde parecía. (El poder siempre está en otra parte.) Para detener el caos, exigirán una parte mayor del pastel. La nuestra les parece sobrevalorada. Nos aprovechamos de su trabajo y de las condiciones de vida que les permiten ser eficientes. Nuestro beneficio ha sido, a la larga, veneficio. El ánimo de lucro nos ha salido caro. Nos hemos aprovechado de cosas que no queremos ver en casa. Si comercias con gente indeseable, acabas en la ciénaga, manchado de excremento. El sueño de la razón (económica) produce monstruos. Los economistas deberían calcular el coste marginal de la ruina.

6. En Occidente, los seres humanos parecen haber olvidado su condición mortal. Las nuevas generaciones se creen incorpóreas, flujos de datos fuera del espacio y del tiempo. Un materialismo feroz parece haberse tragado el cuerpo que somos. Solo en medio del bombardeo reparamos en que no vivimos en un videojuego, en que somos un cuerpo. La tecnología eclipsa la corporeidad. Economía, tecnología: grandes fagocitadores de humanidad. Los productos del ingenio humano amenazan con arruinarlo por dentro y por fuera: guerras nucleares, desastre ambiental, destrucción por fisión de las conciencias. Todo depende del funcionamiento de sistemas incontrolables. Olvidamos que algunas cosas dependen de nosotros y otras no. Creímos dominarlo todo, en un delirio de omnipotencia, cuando controlábamos menos. Al mismo tiempo, dejamos de lado lo que sí estaba en nuestra mano.

7. En nuestra reacción, la misma violencia larvada. No vamos a entrar en la batalla. Tememos el exterminio, pero les damos ánimos para seguir resistiendo y ofrecemos armas. Con lágrimas en los ojos, contemplamos el gesto heroico, los zapatos que sobresalen de mantas tiradas por las calles. Instintos primarios, viendo la guerra en sesión continua, desde el sillón. ¿Cuánto tiempo podremos seguir así sin que se acerquen las explosiones? Pocos han apelado al espíritu de la no violencia, a la resistencia pacífica. Entrad, venid, tomadlo todo, casas, fábricas, ciudades, campos. Pero no mi conciencia: eso no me lo podéis arrebatar. (Ya se la vendí al señor Mark Zuckerberg.)

8. Todo esto era previsible. Han sido decisiones imprudentes de algunos que callan. Nos hemos vuelto dependientes de ellos, mucho más de lo que dependen de nosotros. Por un puñado de dólares, han puesto nuestro futuro en manos de quienes nunca dudaron en liquidar a sus oponentes con los medios más crudos. Hemos hipotecado la débil mano con la que acariciábamos el mundo, esa mano que ahora es garra que agarra, desgarra y se desgarra. ¡«Autodenominado» sapiens! Creíamos saber. En verdad no sabíamos nada. Olvidamos querer saber, saber que ignorábamos. Perdimos la posición humilde, la única prometedora. Abrazamos el demonio interno en vez de desconfiar de él. Solo queríamos buenas noticias: salud, crecimiento, flujos, desmaterialización, inmortalidad. Pensábamos vivir en un palacio y era una choza. Nos enfangamos en la pocilga del lucro. Somos piezas gastadas de un sistema, sin conciencia, casi sin voluntad. Nos ha faltado la única tecnología realmente útil: la del deseo. La voluntad de poder aniquila. Todas las locuras se corresponden, como las racionalidades y sus límites. Al recomponerse producen caos.

9. Homo nesciens. Pobre criatura dislocada, desfondada, su ser efímero traicionándose, produciendo siempre una entropía de no-ser a su alrededor, engulléndose y engulléndolo todo.

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