MISCELÁNEA

He venido a hablar de mi libro: Francisco Cabezas

K. aprende los códigos para crecer en el oficio. Escribe rápido y se escabulle de la guillotina del cierre

El periodista y escritor Francisco Cabezas.

El periodista y escritor Francisco Cabezas. / JORDI OTIX

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Francisco Cabezas

Escribir no proporciona placer alguno. Es mentira. Es imposible terminar una frase y pensar que es tan perfecta que te faltará tiempo para exhibirla, para alimentar tu ego. Escribir es una tortura a la que, al menos yo, me enfrento para encontrar alivio. 

Escribir duele. Si tengo la ocasión, advierto a todo aquel que decide adentrarse en mi primera novela: "Es oscura, nunca te dejes engañar por un inicio luminoso". "Si tú siempre sonríes, no me vengas con milongas", me responden casi todos .

Hace alrededor de dos décadas que escribo, aunque en periódicos, allí donde la misma maqueta de esos diarios de papel en los que ya pocos reparan te limita y te aprisiona. De ahí la necesidad de encontrar la libertad que sólo una novela te puede otorgar.

Fortuna

Quizá por eso me haya pasado años buscando rendijas por donde colar obsesiones y exorcizar demonios mediante el periodismo deportivo, un oficio que amo con devoción. Y que coloca a quien lo ejerce en una posición especial. ¿O no debe ser afortunado alguien que ha engendrado alrededor de un millar de crónicas de partidos del Barça, que ha cubierto Mundiales, Eurocopas y finales de Champions, y que ha viajado por medio mundo, desde Kaliningrado a Kuwait, haciendo de los palcos de prensa de los estadios un sustituto del hogar?

Aún estudiaba en la Universitat Autònoma de Barcelona cuando inicié las prácticas en la delegación catalana de El Mundo. Los primeros días en aquella redacción me marcaron, no solo porque tuviera que pasar meses copiando de un papel que escupía el viejo fax la lista de los muertos del día, sino porque quien entonces habitaba el despacho me calzó una bronca de aúpa por firmar uno de mis primeros artículos como "Paco Cabezas". Qué más da que todo el mundo me llamara así, aquel no podía ser un nombre digno para la cabecera. Así que volví al DNI, a "Francisco Cabezas", de donde ya no me moví.

De ahí que al protagonista de la novela, un prometedor periodista deportivo, no le dejen firmar como Carlos García, un nombre y un apellido demasiado comunes en un mundo donde las apariencias importan más que los méritos. Se autoimpone llamarse K., pseudónimo que me ayuda a emparentarlo con el agrimensor de El Castillo de Kafka, personaje incapaz de descifrar tanto a las gentes que le rodean como su propio laberinto emocional.

K. enarbola orgulloso la bandera del extrarradio. La del agujero barrial de Sant Ildefons, la antigua Ciudad Satélite de Cornellà. Aquellas mismas calles con nombre de árbol que vieron crecer a los hermanos Muñoz cuando estos, antes de triunfar como Estopa, se fumaban un canuto frente al pub Tijuana. K., que acompasa su crecimiento profesional con la mudanza a la gran ciudad, no es capaz de entender como una victoria salir de allí. El barrio se lleva tan adentro que toda mudanza concluye en el apeadero. De regreso al punto de partida.

Derrotas

Antes, eso sí, K. aprende los códigos para crecer en el oficio. Escribe rápido y se escabulle de la guillotina de los cierres, tormento del cronista. Encuentra a un aliado en Fermín, un Sancho Panza al que la gloria nada le importa. Y se hace un hueco en una redacción donde periodistas con el complejo de Hunter S. Thompson se otorgan grandeza con la nariz cargada de cocaína.

A K. no le hace falta drogarse, sólo beber, enamorarse de Lucía y sus pecas consumidas en crack, asfixiarse en habitaciones de hotel convertidas en calabozos, y pensar que puede encontrar alivio en derrotas que siempre son las de otros: las de sus jefes, compañeros, amigos, amantes, futbolistas. Qué más da. Pero nunca las suyas.

Perder es lo normal. Pero es la única rutina a la que aún tenemos miedo.

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