PERFIL

Emiliano Monge: la violencia como forma de vida (y escritura)

El escritor mexicano Emiliano Monge.

El escritor mexicano Emiliano Monge. / EPE

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Primera aproximación: un narrador malhablado y bien chingado, le está contando al mismísimo autor que su abuelo, Carlos Monge Mckey, simuló su propia muerte metiendo un cadáver (comprado) en su coche, con su pistola al cinto (primordial marca de identidad), y precipitándolo sobre una cantera, propiedad de su malquerido cuñado, trufado de explosivos que todo lo arrasan. Todo, menos el hierro fundido de su revólver/dni. El narrador es su propio tío. La esposa del pretendido difunto cobra una buena póliza de vida y un día el interfecto reaparece sin más en una comisaría, donde también detienen a la viuda que aún llevaba el luto pegado a sus enaguas. Juntos hubieran acabado en el trullo si no fuera por el apellido Mckey, ya me entienden. Este relato se entrelaza con otros dos, igualmente autobiográficos, en un solo libro que el escritor publica como no ficción (No contar todo, Penguin Random House, 2018).

Segunda aproximación: “El retrato de una madre (la suya, marcada por la invisibilidad, la enfermedad, la locura y las violencias, pero también por la resiliencia, la voluntad, los afectos y el cuidado de sí y de los otros) y el mural del mundo en que vivimos”. La familia como eje de la demencia, la violencia, el machismo y el terror, y como nido a la vez de la ternura y los afectos. Justo antes del final se publica en España a mediados de septiembre.

La fiebre de la autoficción

Emiliano Monge, Ciudad de México, enero de 1978, fue profesor universitario de Ciencias Políticas hasta que hace unos años consigue vivir de la literatura, después de una serie de sonados premios y reconocimientos que, literalmente (¿influencia del vecino más al norte?), le sitúan entre los 25 mejores escritores de Latinoamérica ya en su tercer libro (El cielo árido, 2012). Curioso acercamiento al escritor, que denosta la “fiebre” autoficcionadora de la literatura más reciente, culpando de ello a) al consumo abusivo de series de televisión: “Un escritor no puede actuar tal que una cámara (…) el narrador no debe confundirse nunca con el autor, no puede reconocérsele en él (…) el narrador es un personaje más de la ficción”, ha dejado dicho en alguna entrevista. Y b) la historia fracasada y no conclusa de la generación de sus padres, el 68 que en América Latina se tradujo en feroces dictaduras y regresión social: “Lo que ellos no pudieron narrar, ahora lo están contando sus hijos”.

Una se pregunta si no es exactamente lo que Monge hace, al menos en los dos libros reseñados. El segundo relato de No contar todo, es un recorrido por los tiempos violentos de su infancia, la violencia del territorio, como él explica: México no es un lugar violento ahora, no es el narco la causa de tanta criminalidad –viene a decirnos–, sino que lo es intrínsecamente el territorio desde su fundación, o sea la colonización de “una sociedad precolombina ya cotidianamente violenta” a manos de lo peor de cada casa (explicita) que configuraba la soldadesca, la curia y los gobernantes llegados a conquistar un Nuevo Mundo. Una “aculturación”, señala el autor, que generación tras generación desemboca en la violencia masculina que a su juicio caracteriza al polvoriento México.

Acto político

La violencia y la escritura como acto político: “La política es inalienable (a la escritura). Al sentarse ante la página en blanco, la única certeza que se debe tener es la de escribir en un lenguaje diferente al del poder”. El tiempo y el lenguaje como personajes, y la narración nunca lineal, terminan de configurar una escritura absolutamente intransferible.

Escritores como Cormac McCarthy o Roberto Bolaño figuran entre sus referentes a decir de la crítica; él prefiere citar lo aprendido de Rulfo, Dostoievski, Balzac, Benet, Lowry o Joyce, lo que le ha granjeado, esto último, la entrada en la restringida Orden del Finnegans fundada por Enrique Vila-Matas, a quien frecuentó los años que residió en Barcelona donde, dijo, le resultaba demasiado fácil la vida. Echaba de menos el caos. Se marchó, vuelve en septiembre.

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