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Aquí seguimos todos

Qué hacer cuando el lector se queda en la misma historia

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Adolfo Bioy Casares.

Adolfo Bioy Casares. / JUAN RAMÓN IBORRA

Digamos que ganaste la carrera y que el premio era otra carrera. Que no bebiste el vino de la victoria sino tu propia sal. Que jamás escuchaste vítores sino ladridos de perros. Y que tu sombra, tu propia sombra, fue tu única y desleal competidora.

Digamos que este es un poema de Blanca Varela que se quedó en casa más tiempo de lo que se quedan los poemas que se quedan en esta casa. Todavía está por aquí aunque un poco más escurridizo que antes, últimamente me lo he encontrado en la terraza. 

De un tiempo a esta parte esta casa es una casa muy concurrida. Eso debe explicar el caos que hay en ella. Soñé otro día que Kafka estaba en un laberinto y se buscaba a sí mismo. Justo cuando estaba a punto de encontrarse se despertaba. Kafka despertaba y yo seguía soñando que había un Kafka despierto en mi habitación. Así que ya tenemos una Blanca Varela en la terraza y un Kafka en la habitación. 

Terminé de leer por segunda vez en esos días La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares y anoté en un cuaderno que no sabía si había sido buena idea porque sentí que me había quedado dentro del libro. Anoté que había comprendido muchas más cosas que hacía 25 años. Quizás porque leí como un gato que observa el vuelo del gorrión. Atenta, no se podía estar más atenta. Solo ahora que compruebo que efectivamente me he quedado dentro pienso que quizás yo no estaba siendo el gato sino el gorrión. Así que ahora tenemos un gorrión dentro de casa.

El poema de Blanca Varela sigue en la terraza. El otro día, mientras tomaba el café en ella, comenzó a interrogarme sobre la sombra, mi propia sombra, mi única y desleal competidora. Un interrogatorio intenso que acabó dejándonos a los dos callados y mirando el patio interior al que da mi balcón. Después de un rato en silencio dijo, no hay vida sin ausencia y no hay sombra sin luz. 

Tortura

Kafka no aguantó mucho en el dormitorio. Se instaló en el salón, pero yo intuí que tampoco se quedaría mucho tiempo. Su lugar ahora es la entrada, lo que algunos llaman vestíbulo, de alguna manera supe que Kafka acabaría allí. Pero primero quería charlar. Parece extraño, pero Kafka quería charlar o simplemente tenía algo que decir. Quería hablarme de su tortura al escribir, quería decirme que eso quiso decir cuando dijo "solo así se puede escribir" tras escribir La condena en una sola noche. Me quiso contar cómo se sometía al insomnio y a la parsimonia para crear. 

El gorrión es un gorrión que no se deja atrapar. Es esquivo igual que el libro del que salió. Yo le llamo Morel y lo que más le gusta es picotear trozos de manzana que suelo dejar en un plato en el salón y leer poesía rusa. Pushkin, Blok, Ajmátova, Tsvetáieva, Maiakovski. Le vuelve loco todo lo ruso no sé bien por qué. Encontré un día el aforismo de Carlos Edmundo de Ory que dice, los pájaros son pensamientos perfectos, y me gustó pensar en La invención de Morel como un pensamiento perfecto que encierra toda la complejidad en su vuelo. 

Aquí seguimos todos, no sé si tienen pensado irse próximamente o si van a quedarse mucho más tiempo. Necesitamos cueva cada cierto tiempo, me dijeron cunado les consulté este tema. El "cada cierto tiempo" me hizo pensar que en algún momento también se irán, pero por más seguridad les pregunté. También nos iremos, dijeron sin dudar. 

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